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Por Luis Rivera
El 16 de julio de 1950, un grupo de jugadores consumaron una de las hazañas más grandes de las que se tenga registro en la historia del fútbol mundial, uno de los impactos más notables que se agigantan con el paso del tiempo.
Basta un nombre para resumir la gesta. Eso, tan sólo eso, dimensiona la cuestión. Cuando se necesita no más que una palabra para definir algo tan grande es porque en realidad lo fue.
Cuando se dice Maracanazo, no hace falta decir nada más. Y en el fútbol, Maracanazo es sinónimo de proeza, de guapeza, de amor propio, de incredulidad.El recuerdo en los uruguayos es permanente. Y la gratitud aún mayor.
Aquel día, cuentan las crónicas, los editores de diarios en Brasil tuvieron que romper miles y miles de páginas que ya estaban listas con las crónicas del Brasil por primera vez campeón del mundo. También se guardaron sin que jamás vieran la luz millones de remeras amarillas que decían “Campeao do mundo”. También quedaron ocultas de por vida las ilusiones de un pueblo futbolero como pocos.
En cambio, se hicieron inmensos e inabarcables los sueños de los uruguayos abarrotados primero en el corazón de Montevideo y desplegados por todo el país unas horas después cuando la hazaña desgañitaba cuanta garganta quedaba todavía en pie.
Ese día es histórico para el fútbol por varias razones: fue el primer hito de un equipo considerado chico ante una verdadera potencia, fue la conquista de un grupo de hombres por el que nadie daba nada, fue el partido que oficialmente tiene el registro más alto de espectadores (170.000 personas dicen las crónicas oficiales y cerca de 200 mil las oficiosas) y fue, sobre todo, el primer nombre propio del fútbol mundial, Maracanazo.Los diarios de Brasil ese día fueron profetas de la fiesta: “Todos al Maracaná porque somos campeones del mundo” decían orgullosos, desafiantes y por qué no, imprudentes.
Es que el aura de ese domingo a orillas del Atlántico era de campeón del mundo: Brasil llegaba como el mejor equipo, su andar era imparable y en la fase final arrasó con Suecia (7 a 1) y España (6 a 1). Le bastaba un empate contra el enjundioso Uruguay para dar esa ansiada vuelta olímpica que el mundo le reclamaba. Sin embargo, la discusión era por cuántos goles ganaría el Scracht ese partido. De ahí la euforia, de ahí la convicción ganadora y el festejo preanunciado. Los menos optimistas creían en cuatro goles de diferencia.
A la hora del partido, se palpaba la consagración. Tanto que el gran capitán charrúa Obdulio Varela juntó a sus muchachos para demostrarles que no había nada que temer y le dio al fútbol una de sus grandes frases inmortales: “En la cancha somos once contra once y los de afuera son de palo”, gritó con su vozarrón impresionante mientras miles, que parecían millones, de brasileños les hacían sentir el poderío del casi campeón.
El partido fue más o menos lo que se pensaba: una clara superioridad de Brasil haciendo gala de su fútbol ofensivo y bien jugado, ante un Uruguay que nunca se salió del libreto y que fue entendiendo que no era un simple partenaire conforme pasaba el tiempo y se mantenía el 0 a 0, lo que hacía que la multitud empezara a impacientarse.
El gol de Friaca a los 2 minutos del complemento desató la fiesta: Brasil ya era campeón. Entre el griterío ensordecedor de los 200 mil espectadores y el idioma natural del inglés George Reader, el Negro Jefe no entendía el reto que le estaban dando: hacía un par de minutos que tenía la pelota debajo de un brazo, retardaba el reinicio del juego y el juez quería rapidez. A Varela no le importaba: buscaba que pasara el temblor. Al público tampoco: ya se sentía campeón.
Pero la hazaña ya estaba escrita. Y ese grupo de hombres de garra charrúa y camiseta celeste cumplió con su destino: veinte minutos después empató el Pepe Schiaffino y las sombras se apoderaron de Río de Janeiro.
Y unos minutos después, la proeza se hizo realidad: un tal Alcides Ghiggia se vistió de héroe, marcó el segundo y escribió la historia. Desde entonces, fue el Maracanazo. No hubo necesidad de agregar nada más.
Ya se cumplieron 60 años. Muchos de los héroes ya hacen gambetas desde ese lado que todos imaginan y nadie conoce. En esa cancha de arriba, siguen sacándole lustre a una chapa inmortal. Y se sigue escuchando la voz grave del Negro Jefe: “Vamos la Celeste que los de afuera son de palo…”
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