Por Mateo Blanco
Parecen quedar siempre a salvo de las críticas que, dicho sea de paso, carga el entrenador de turno. Su salvoconducto es nada menos que el precio internacional que se les reconoce en el mercado futbolístico. Sin embargo, desde la era Passarella, pasando por Bielsa, Pekerman, el segundo período de Basile y Maradona, los ricos futbolistas argentinos no han demostrado demasiado. El estereotipo del caro jugador de las ligas europeas es más extraordinario que efectivo a la hora de defender los colores nacionales.
Cuando, domingo a domingo, vemos las síntesis de los partidos de las copas que se disputan en Europa, presenciamos, y ya lo hemos dicho, un recorte de apenas medio minuto que pretende dejar la evidencia sintetizada del rendimiento de un equipo o de los individuos que lo componen durante 90.
Como ese resumen está pensado para la espectacularidad, se construye, casi por regla, desde las jugadas salientes. No hay en las escenas pelotas que rebotan torpemente contra las piernas de los jugadores, no se observan rechazos brutos y solo se ve alguna pifia en aras de coronar la jugada con el gol del vecino.
De esta manera, todos los futbolistas se parecen al precio que valen en la vidriera de la cosmética deportiva. Si a ese condimento se lo puede mechar con algún escándalo, con alguna donación desprendida hacia una ONG o con un romance de barrio rico, el jugador vale todavía más.