LA IDENTIDAD RETIAL Y
EL PERSONISMO DE VICENTE VERDÚ
Universidad Católica
San Antonio (España)
Universidad de
Alicante (España)
Resumen
La llegada de la denominada Web 2.0, y en consecuencia la
aparición de los públicos productores de contenidos, ha modificado
profundamente no sólo las relaciones comerciales, laborales o personales de los
individuos que habitan en la Red, sino que ha redefinido la propia concepción
que ese individuo tiene de su propia identidad. Las redes sociales, los
espacios para la publicación personal o los lugares para el trabajo cooperativo
en red, por citar algunos factores, no fragmentan la identidad como se ha comentado
en varias ocasiones. Muy al contrario, la expanden, articulándola en satélites
cuyo entramado forma la nueva identidad. En este trabajo se propone la
expresión “identidad retial” como la más precisa en nuestra lengua para
referirse a este proceso, a la vez que se realiza un recorrido por la obra del
periodista Vicente Verdú, sociólogo que realiza una acertada aproximación a las
implicaciones de esa identidad en red desde lo que él considera la revolución
cultural del siglo XXI: el personismo.
Palabras
clave: Internet, personismo, redes, sociedad de la información, Vicente Verdú
Introducción
Suele ocurrir en
algunas materias, sobre todo en aquellas tendentes a una aproximación
multidisciplinar, que la nomenclatura sobre un fenómeno avanza mucho más rápido
que su propio análisis. En Internet, el crecimiento de visibles audiencias
participativas en los últimos años del siglo XX y los primeros de la denominada Web 2.0 (a
partir de 2004), ha quedado suficientemente registrado y analizado por
diferentes autores que, si bien han elegido diversos conceptos, en esencia
siempre se estaban refiriendo a una misma realidad. Ya fuera a partir de la
actividad de las smart mobs o
multitudes inteligentes (Rheingold, 2002), los frutos de la inteligencia
colectiva (Lévy, 2004), la sabiduría de las multitudes (Surowiecki, 2004) o la
arquitectura de la participación (O´Reilly, 2005), la idea de una World Live Web siempre ha quedado latente. En
unos casos ha sido a partir de detectar audiencias vigilantes (watchdogs)
y en otros, identificando pequeños grupos señaladores de tendencias (Microtrends,
Mark Penn, 2007). En cualquier caso ambos actores modifican, más allá de
escenarios mediáticos, la cultura misma de nuestro tiempo, entrelazada,
conectada y articulada en red con todas sus consecuencias. Sin embargo, las
repercusiones sobre el sujeto individual y protagonista de esos colectivos no
han alcanzado un análisis similar en la investigación contemporánea.
Si bien encontramos
esbozos de ese análisis, como las referencias hacia sujetos con una identidad
de dominio público (Varela, 2006) o distribuida (De Ugarte, 2007), el relato
más completo sobre las implicaciones de ese sujeto enlazado con su entorno y cultura en red, e indivisible con ésta,
lo encontramos en el concepto de “personismo” de Vicente Verdú, detallado desde
2005 y principalmente en la breve obra Yo
y Tú, objetos de lujo (DeBolsillo, 2007). A partir de esta visión de Verdú
se pretende recoger la narración que mejor muestra las repercusiones sociales
del sujeto en red para, a la vez, proponer un nuevo término que entendemos como
el más apropiado para describir la identidad reconfigurada por Internet: la
identidad retial (1). De esta identidad y después del recorrido que plantea el
texto, proponemos una definición que parte de una premisa: la identidad retial
está basada más en una actitud y un estado de constante actividad que en
acciones concretas.
No muchos autores
han empleado el concepto de personismo para referirse a esta revolución
cultural del siglo XXI (Lara, 2007a; Ortiz, 2008, p. 15), y sin embargo lo
consideramos un relato fiel de la fase que sigue al superindividualismo de la
pasada década. Ahora ese afán de lo individual pierde sentido si se desconecta
de su relación con el otro, si se pierde de vista que millones de relaciones
están teniendo lugar en esos espacios que curiosamente se acuñan a la vez como
el hábitat de los antisociales. Se pregunta Verdú (2007, p. 17),
¿Cómo
creerse vivo intelectualmente sin sentir curiosidad por los cientos de millones
de blogs... por los ochocientos millones de personas enganchadas a los foros...
o por el fenómeno de los más de dos mil millones de mensajes diarios que se
cruzan los móviles?
La respuesta
tradicionalmente ha sido un análisis de la comunidad, la red. Pero, ¿cómo vive,
desarrolla y gestiona cada individuo ese permanente estado de conexión?
Los satélites son
el domicilio
En la búsqueda de
otros análisis que opten por diseccionar al individuo en red antes que
integrarlo como átomo de un ente mayor representado bajo esa audiencia
vigilante y activa (al igual que algunos tipos de colonias de hormigas se
consideran un único y gran ser vivo), encontramos el concepto de “CyBLOG”
(Lara, 2007b). Éste coincide en la identidad retial cuando remarca la paradoja
de que “lo 2.0 fragmenta y a la vez ayuda a construir identidades”. Si bien,
difiere en el punto en el que plantea el blog como domicilio de esa
identidad, como “centro geodésico de nuestra proyección”. Desde la perspectiva
de lo que sería la identidad retial, ésta sólo puede verse plenamente desde la
observación a la vez de varios puntos, cuya importancia bascula en función de
cada ocasión y que individualmente no servirían para ofrecer una imagen
verídica del sujeto pero vistos en su conjunto, ofrecen una fotografía notable
de ese mismo individuo. En este caso la ubicuidad digital no vendría de la
proyección de un punto concreto hacia determinados satélites, sino de la
conexión de éstos formando una red construida por el individuo y habitada por
sus comunidades.
Desde este prisma,
no es extraño que también los medios de comunicación habiliten instrumentos
para adentrarse en la identidad retial del individuo, proponiéndole ámbitos
para la producción de contenidos bajo su paraguas institucional. De esta forma,
mientras el internauta se suma a la comunidad del medio, éste se integra en su
identidad retial, junto al resto de sus perfiles e identidades de usuario (nicks).
Un ejemplo de estos intentos de transversalidad en los medios podemos verlos en
las cuentas de usuario para lectores en medios como Soitu o ADN, entre otros.
El escenario mediático cambia para adaptarse a individuos más conectados entre
sí y con mayor capacidad que nunca para colaborar y compartir contenidos
experiencias, contenidos, ideas o proyectos.
En este sentido,
resulta sintomático comprobar que a menudo, quienes descifran antes las claves
de los escenarios mediáticos tienen una marcada formación multidisciplinar. En
palabras de Álvaro Vargas Llosa (2), esto se explicaría fácilmente ampliando el
punto de vista y destacando que la revolución actual de medios participativos y
audiencias activas no es mediática, sino cultural. No resulta extraño por tanto
que perfiles como el de Vicente Verdú (periodista, escritor, semiólogo,
economista, estadista, ingeniero industrial y con fascinaciones personales por
disciplinas como la arquitectura o la física) (3), puedan ser quienes con mayor
claridad calibren que los retos y cambios mediáticos proceden no de un sector
determinado, sino de la configuración de la sociedad en su conjunto. Así, no es
extraño que este “sociólogo de la vida cotidiana” y siendo más concretos,
“señalador de tendencias” o pathfinder,
haya protagonizado algunas de las más encendidas defensas de la Blogosfera, los
videojuegos o la publicidad, como los nuevos lugares de un aprendizaje no sólo
legítimo, sino imprescindible (Bañuls y Noguera, 2008).
Acciona, elige, reclama y se conecta
A principios del
siglo XXI
la
sociedad está caracterizada por las implicaciones de una comunicación interconectada
en red que abarca ámbitos tan diferentes como la moda, las finanzas, el
periodismo, el empleo, la publicidad o las relaciones sentimentales. Vicente
Verdú (1942) es uno de esos perfiles que se ha dedicado a identificar sin
prejuicios una sociedad posmoderna que está aprendiendo a recibir el hipertexto
como una nueva gramática, a calibrar la importancia de gestionar sus
identidades digitales y a proyectarlas en diversas comunidades y foros que, por
virtuales, no dejan de ser tan reales como las consecuencias diarias que
tienen.
Este universo de
medios sociales, con los blogs como precursores, transcurre a tal velocidad que
ya ha conseguido impregnar de aires de caducidad la “sociedad de la
información”, para adentrarnos plenamente una “sociedad de la conversación”.
Este trabajo se presenta, tras la revisión bibliográfica de este escritor y una
entrevista personal, como una descripción de las consecuencias de dicha
conversación en la reconfiguración de nuestras identidades. Esferas como la
educación, las relaciones personales o el trabajo no escapan en absoluto a
dichas consecuencias.
Verdú, autor de
títulos tan emblemáticos como Emociones
(1997), El planeta americano (1996) o
El estilo del mundo (2003), define el
personismo como el relato de esta nueva cultura protagonizada por un público
que “acciona, elige, reclama, se conecta” (2007, p. 201). Así, conectados,
millones de personas cada día se saltan los intermediarios tradicionales de la
industria del cine, la música o el periodismo, para discutir acerca de sus
películas, canciones o noticias preferidas. Blogs, wikis y foros son los
soportes que diariamente ponen en duda la labor del colectivo profesional de
los medios, que nunca hasta ahora había sentido tal presión y vigilancia
ciudadana hacia sus acciones.
Para el escritor
ilicitano, por ejemplo desde el ámbito educativo, el drama radica en que el
docente debe aceptar que el conocimiento que impera ya no procede de los
libros. La educación basada en el relato lineal es un legado de otros tiempos, acostumbrados
al libro, el hilo argumental, el punto de inicio y el punto final. Ahora esa
linealidad carece de sentido en una sociedad que integra la publicidad, el
ocio, la educación o el empleo en el mismo tejido. “No pierdas el hilo,
te decían antes”, pero ahora “hay que perder el hilo porque todo es una
trama” (4). Y desde la trama, desde la superficie (de las pantallas), se
construyen mensajes donde los adultos “no logramos entrar y sentenciamos que no
hay nadie; no llegamos a traducir y deducimos que balbucean, no vemos e
ignoramos la virtud de la transparencia, la sabiduría y el placer de las
superficies” (Verdú, 2007, p. 24).
Desde este punto de
vista, se propone un cambio del modelo de valores en la Escuela y en general,
en ciertos cánones que se mantienen como herencia de épocas donde lo
audiovisual carecía de todo el peso que tiene ahora. “A la población de un país
se la tiene por ignorante si su mitad no lee ni un libro al año. Pero, ¿cómo
sostener esta simpleza en el complejísimo estadio audiovisual?”, así y
siguiendo con el ejemplo anterior, “el videojuego no importa cómo sea, siempre
empobrece, pero el libro, no importa cómo sea, enriquece” (Verdú, 2007, p.
30). Siguiendo con la Universidad, su
primera obligación de conexión debería ser con la actualidad. Y en consecuencia,
en segundo lugar, con la empresa. De nuevo encontramos aquí un choque con el
pensamiento tradicional que ubica la educación universitaria en una esfera
independiente de todo aquello que radique fuera de sus muros, un espacio de
excelencia cuyo signo de distinción es precisamente aportar unos conocimientos
que, por elevados, apenas tienen conexión con la futura vida de los egresados
que produce. España, con el índice más alto de titulados universitarios en
Europa en la franja de los veinte a los treinta y cinco años, contempla cómo
una ínfima parte de esos egresados acaba trabajando en algo relacionado con sus
estudios. Mucha gente titulada, pero no se sabe muy bien con qué fin.
“¿Titulada para qué? (...) ¿En qué lugar de trabajo se está pensando? ¿En la
política? ¿En la Academia de Platón? ¿En la propia Universidad, para reproducir
el proceso ad infinitum?” (Verdú, 2007, p. 42). En la era del
personismo, las conexiones y la identidad retial de cada individuo, la
universidad que pierde su primera obligación de conexión con la actualidad
pierde también el sentido de su formación.
Si los centros
educativos no (se) preparan para unir a las personas con sus instituciones, de
nada servirá que éstas basen sus esperanzas por ejemplo en la publicidad. La
renovada fuerza del cliente-consumidor es que ahora se comunica con sus pares.
A diario. Al instante. Las campañas de marketing
poco pueden hacer si el rumor sobre las deficiencias de un producto se extiende
en los principales foros de conversación de la Red, los mensajes
unidireccionales de los medios de masas apenas tienen calado en organizaciones
reticulares como las que propone Internet, en sistemas que sólo son
superficiales para quienes no perciben la gramática de los hiperenlaces. En la
cultura actual, el valor añadido no viene de la posesión, sino de la extensión,
“lo determinante en cuanto a la posesión de cultura es hallarse conectado”
(Verdú, 2007, p. 26).
Las empresas han
adquirido esa misma premisa y grandes corporaciones como Zara suelen ponerse
como ejemplo de organizaciones que han sabido adaptarse a una llamada economía
en red donde el almacén físico pierde importancia en favor de la conexión de
distribuidores y clientes con el producto. El valor añadido lo da el grado de
conexión. Si éste es alto, la empresa rápidamente captará las tendencias del
mercado, las preferencias de su público y los cambios que debe afrontar su
producto.
Los clientes ya han
alcanzado ese grado de interconexión y se han convertido en potenciales influenciadores
de la comunidad que les rodea, por tanto la empresa que se desmarque de estos
planteamientos quedará, literalmente, en fuera de juego. Trasladado a la
publicidad, el máximo grado de conexión con el público sería dejar que éste
fuera el protagonista de los mensajes publicitarios y de su difusión, un
concepto básico de la ya extendida publicidad viral. Lo llamativo de esta idea
de conexión permanente, para Verdú, es que redunda en identidades más
complejas, en un individuo conectado con sus pares y enriquecido con las
aportaciones individuales, consciente de sus posibilidades de expresión y
alejado por tanto del tópico de la introversión y el sujeto ajeno a la vida
real encerrado en la pantalla. Muy al contrario, este sujeto se encuentra más conectado que nunca a sus allegados, a
sus intereses y a un catálogo de perspectivas del mundo que efectivamente puede
ser trivial, pero también el más extenso, completo y personalizado nunca
conocido, como apuntó acertadamente el corto futurista Epic 2015 de Robin Sloan
y Matt Thompson.
Sólo aquellos
“paletos intelectuales” (Passé composé,
2008) destacados en vanagloriarse de su desconocimiento sobre las tendencias en
marketing, publicidad o televisión, pueden seguir dibujando estas figuras
apocalípticas de la tecnología, más asentadas sobre los prejuicios y el tópico
que sobre las verificaciones de la realidad. Esa plena expansión de la
identidad, del personismo, se articula con fuerza en una de las comunidades más
activas de la Red, la Blogosfera, que Verdú recuerda en el prólogo de Passé composé (2008), un libro basado en
la recopilación de sus posts publicados en El Boomeran(g): “No hay género en el
blog, sino gente … el blog es personal y es, a la vez, el personal” (2008, p. 16).
En conclusión, el todo no es la suma de las partes
El personismo nos
ofrece una coherente descripción de lo que conlleva la identidad retial. Esta
identidad podría definirse más que como la mera agregación de acciones y
expresiones en un blog, Twitter o Facebook, como un estado de conciencia. Una
actitud donde el individuo sabe que las conexiones son su valor añadido, los
hipervínculos su nueva gramática, los perfiles y avatares la proyección de su
estado de ánimo, y sobre todo, sabe (y siente) que si no está enlazado y conectado,
no está. Aparece aquí una nueva forma de relación individuo–grupo que carga las
tintas en el individuo, pero huyendo del individualismo. No estaría de más
precisar el sentido de ese no-individualismo. De hecho Verdú distingue al sujeto,
de cuyo estudio se encarga la sociología y que él caracteriza como “cínico”,
del ciudadano, que se encargaría de estudiar la ciencia política y que
entiende como “racional y abstracto”, y de las personas, de carácter
emotivo y que para entenderlas habría que remitirse a la comunicación.
La identidad retial
conjuga formación, relaciones personales y proyección profesional, se examina
frente al criterio social de la Red y le saca partido, obteniendo un perfil
definido de cada uno de nosotros, y vosotros. Pero la identidad retial no es
gratuita si quiere ser rentable. Requiere al menos la presencia de tres
elementos: negar el anonimato, tener continuidad y ganar(se) la credibilidad
del otro.
En la misma línea
que sugiere el personismo de Vicente Verdú, la identidad retial es un renovado
interés por los demás a partir de la reivindicación de nuestra presencia en la
Red y en red. Se necesita la sensación de otros digitales para reforzar nuestra
relación. Se necesita “su proximidad, su respiración en el móvil, su parloteo
en el SMS, su diálogo en el chat” (Verdú, 2007, p. 134). La conectividad es el
paradigma que viene a sustituir la propiedad. Con la identidad retial lo que
nos define no es la posesión, sino el estado de nuestras conexiones.
Notas
(1).
Los autores proponen este nuevo concepto, identidad retial,
buscando la derivación más lógica de nuestra lengua, desde el término latino retis (red), y siguiendo el mismo
proceso asimilado en palabras como “bestial”o “celestial”.
(2).
Comunicación personal con el autor, 24 de septiembre de 2008,
Panamá.
(3).
Comunicación personal con los autores, 14 de julio de 2008,
España.
(4).
Comunicación personal con el autor, 16 de septiembre de
2008, España.
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VERDÚ, Vicente
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Es doctor en
Periodismo y profesor de Tecnología de la Información en la Universidad
Católica San Antonio (España). Docente de varios programas de postgrado sobre
comunicación digital, publica el blog La Azotea desde 2004. Autor del libro Blogs y medios (Libros En Red, 2008).
Es licenciado en
Filosofía y doctor en Derecho. Profesor del Departamento de Sociología II de la
Universidad de Alicante (España), es autor de manuales sobre esta materia.
Investigador principal del Grupo de Investigación de la Universidad de Alicante
Sociedad y Valores Cívicos.