Entrevista a Marcelo Urresti (1)

 

JÓVENES, MEDIOS Y VIOLENCIA. LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA

DE LA FIGURA DEL JOVEN MARGINAL COMO ENEMIGO PÚBLICO

 

 

María de la Paz Echeverría

Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

pazecheverria@hotmail.com

 

 

En esta segunda parte de la entrevista (2), el sociólogo Marcelo Urresti plantea algunas de las conclusiones a las que arriba luego de años de indagar en su principal objeto de estudio: la juventud. Con una mirada aguda de esta problemática, propone pensar la construcción histórica de los fenómenos, como modo de deconstruir apreciaciones sobre los jóvenes marginales que los asocian a la delincuencia y que se encuentran fuertemente instauradas en el sentido común.

 

En sus investigaciones sobre jóvenes, indaga especialmente cuestiones relativas a jóvenes marginales. ¿Cómo surge el interés por dedicarse a estudiar este grupo de jóvenes en particular?

 

Marcelo Urresti: Aunque no fue mi preocupación principal, tiene que ver fundamentalmente con una cuestión de época que afectó al grupo de investigación. En la década del 90 empieza justamente ese problema, el de los jóvenes marginales. Si uno toma la bibliografía de principio de la década del 90, los jóvenes se dividen en dos: estudiantes y trabajadores. Esto es muy interesante desde un punto de vista de época. No quiere decir que esa bibliografía estaba equivocada, sino que estaba reflejando lo que pasaba en la sociedad argentina de los 80. Tratándose de jóvenes había dos posibilidades: o trabajaban o estudiaban.

En la década del 90 se empiezan a ver diferentes grupos: los que quieren trabajar y no pueden, y los que quieren trabajar y pueden. Comienza a aparecer ese tercero en discordia que es el joven marginal, que antes de eso era transitorio y que a partir de ahí empieza a ser permanente. Es el joven de la nueva pobreza, es el joven excluido total, es el joven indigente, y ese joven tampoco responde al modelo de encauzamiento de la generaciones menores en el mundo de los adultos, porque el trabajo –clásico canal de inclusión, típico entre los sectores populares– es una vía que se cierra, por lo tanto, se convierte en otra cosa.

 

Y por las experiencias de investigación de ustedes, ¿cuáles son los referentes identitarios  o aquellos elementos a los cuales adscriben  estos jóvenes para construir su identidad?

 

Marcelo Urresti: Bueno, al principio era un enigma, porque estos eran jóvenes desclasados. Nosotros al principio comenzamos a trabajar la temática de los desclasados a partir de su débil inserción en los canales de incorporación social como era el tema del trabajo…

El típico referente identitario de los jóvenes de clase media, estudiante, eventualmente estudiante–trabajador,  y en el caso de los sectores populares: trabajador neto, empezaron a convivir con otras formas en las cuales, por ejemplo, los modelos tradicionales de cesión de patrimonio cultural de padres a hijos estaban cortados. La experiencia sindical, el peronismo, la religiosidad popular católica, todo ese tipo de cuestiones que eran los referentes tradicionales de los sectores trabajadores, que les legaban los padres a sus hijos, estaban entrecortados. De golpe teníamos chicos que con la política no tenían nada que ver, nada…

 

Claro, existe una ruptura en los modos de participación política, tal como se venía dando…

 

Marcelo Urresti: Tenían que ver algo, parcialmente, con lo que había sido en su infancia y adolescencia temprana experiencias con la iglesia, pero con la Iglesia católica, con los misioneros católicos, también con el tiempo desarticuladas. Y la progresiva aparición de cuestiones que afectaban a las minorías –muy puntuales de clase media–, como es la cuestión de las drogas. Y una magnificación de la aparición de la violencia y del delito, pero de un delito desorganizado, de un delito de autodefensa, podríamos decir, que hasta ese momento en los jóvenes no había existido, o si había existido, había sido con una frecuencia absolutamente despreciable en términos numéricos.

Ahora de golpe, empezaba a aparecer este joven amenazador, que al mismo tiempo es un joven amenazado, la típica problemática –diría yo- de los jóvenes de los sectores populares de los conurbanos de las grandes ciudades; algo que nosotros veíamos muy claramente en el conurbano de la ciudad de Buenos Aires y esa especie de “personaje” era el tema de nuevos referentes de construcción identitaria. Nosotros siempre atendimos a los tradicionales: al grupo de pares, a la barra de amigos, pero enmarcada dentro de esas grandes matrices que eran la familia, la clase, la política eventualmente, pero todos ellos referentes de identidad que funcionaban dentro de una economía simbólica relativamente articulada.

 

El sistema educativo también…

 

Marcelo Urresti: Claro, en sectores populares sí, pero más que nada en sectores educativos medios, que valoraban la posibilidad del ascenso social a través de la educación. Todo eso en la década del 90 se destruye. Entonces, la promoción por el trabajo, la promoción por el estudio, el ideal del progreso social básico para la experiencia de cualquier clase en la Argentina, una sociedad donde existía la epopeya de la movilidad social ascendente, ahí se cayó.

 

¿Y cuáles fueron las repercusiones?

 

Marcelo Urresti: Esto produce un cóctel explosivo porque de golpe, a todos estos jóvenes que recibían esa carga tradicional indirecta, la experiencia histórica les mostraba que era inviable obtener esa movilidad; entonces a partir de ahí es que nos empieza a llamar la atención. ¿Cómo construyen su identidad? Y obviamente, postulamos,  a partir de procesos de negativización, lo que se llama en psicología “identidad negativa”: soy el peor, soy el más loco, soy el más bardero, soy el que está fuera. Cuando uno ve eso, después lo encuentra como retórica en el rock, después con el tiempo en la cumbia villera… en parte tiene que ver con esa manera de relatarse, de narrarse a sí mismos que tenían esos jóvenes que nosotros estábamos estudiando: el estudiante sin esperanzas, el trabajador que convive con el desocupado. Todo eso manifiesta una precarización de la vida de las generaciones menores y eso lo tuvimos muy visible en “La juventud es más que una palabra”, que para nosotros evidentemente es más que una palabra, y esa fue la base de lo que después fue “La segregación negada”.

 

¿Y la relación entre jóvenes y violencia?

 

Marcelo Urresti: Y… ya aparecía en los sectores marginales. Por supuesto aparecía en esos jóvenes que con el tiempo llamábamos “excluidos”, después “excluidos totales”, que nosotros encontramos básicamente en la villa, y en lo que se llaman los “fondos de las villas”. Ese trabajo a nivel etnográfico lo desarrollaron especialmente Silvia Kuasñosky y Dalia Szulik, pero muchos de nosotros acompañamos –yo no hice observación sistemática de esos grupos pero acompañé esa investigación, acompañé mucho a Silvia, trabajé con ella-, y después con el tiempo yo hice mis propias armas, un poquito después, porque si bien el grupo de investigación continuó por la discriminación, yo a los jóvenes, en el fondo nunca dejé de investigarlos. Y a partir de ahí tuve tres líneas: la línea que seguía con el grupo, mi línea personal, y la cuestión ensayística con la filosofía. Así que esa vía que iba por el medio me llevó a tratar con jóvenes, en los años 1996, 1997 y 1998 trabajé mucho en la zona de San Miguel, de José C. Paz, con chicos entre los que  ya empezaba a aparecer esa cuestión de la droga, el consumo popular en los jóvenes populares que antes no existía –la droga comienza a aparecer muy visiblemente en ese momento- y no hablo de la marihuana, o del tradicional pegamento, el neoprene que se usaba en otras épocas, sino que empieza a aparecer poco a poco la cocaína que antes no existía o que era muy cara, muy de jóvenes de sectores altos o vinculados con las bohemias artísticas de sectores de intelectuales y de artistas, por lo tanto era algo que estaba muy lejos de los sectores populares y que de pronto empieza a hacerse visible.   

 

¿Y qué otros factores influyeron?

 

Marcelo Urresti: Después, diría yo, la desarticulación de la familia tradicional, que en los años 90 empieza a notarse muy fuertemente. Antes eran familias que estaban azotadas por la pobreza, pero por una pobreza que tenía que ver con una cuestión de ingresos bajos, pero no con una falta de trabajo sistemática, como empieza a haber en los 90. Hay desocupados crónicos, algo que en la Argentina nunca había existido, y menos con ese numerito: era el 26 ó 27 %. Es decir, algo muy complicado desde el punto de vista demográfico, porque además estaba concentrado en los conurbanos. Entonces es una problemática muy compleja y muy grave, la de chicos que ven a los padres que no trabajan, familias que se desarman, presencia de drogas, marginalidad y –poco a poco- la aparición de armas, que antes no existían.

Todo empieza a pasar en ese momento, según el registro que yo recuerdo y que nosotros teníamos.  Entonces, poco a poco, comienza a aparecer en la agenda de los medios el tema de la violencia de los jóvenes, que si uno la recorre hoy en día esa violencia de los jóvenes era un chiste. Pero los jóvenes se convierten en víctimas de una represión bastante sistemática, básicamente de parte de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y en menor medida de la Policía Federal, pero especialmente en el conurbano, donde empiezan las famosas muertes de los chicos del conurbano, cuyas estadísticas son escalofriantes.

Yo creo que es en ese contexto que se comienza a forjar todo esto, donde aparece el joven como un enemigo público; ese joven, no cualquiera, el joven pobre, desclasado, vinculado con las drogas, con la marginalidad urbana, la escasez de condiciones de vida digna en términos de vivienda, asentamiento informal,  drogas duras y, finalmente, armas. Todo eso junto da origen a ese victimario social, porque de golpe, aparecía como la gran amenaza para el resto de la sociedad. Y fue reprimido fuertemente. Los registros de la CORREPI (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional) son terribles a este respecto. Casi todas muertes irregulares, a veces en enfrentamientos fraguados…

 

¿Y por qué te parece que surge este “ensañamiento”, por decirlo de alguna forma, esta cuestión mediática –y no sólo mediática– de designar a los jóvenes como propietarios de la violencia? 

 

Marcelo Urresti: Lo que pasa es que cuando uno analiza estadísticas, en parte es cierto. No mienten los medios cuando dicen que la violencia es juvenil. Es juvenil y no es juvenil, pero es juvenil. No es exclusivamente juvenil. No están mintiendo, están enfatizando un aspecto parcial que está obnubilando el resto de la verdad. Pero es verdad que también hubo una política represiva muy fuerte de señalamiento del victimario joven, convertido en un blanco policial.

Un equipo de investigación que trabajó para UNICEF en un proyecto que yo lideré cuando estaba a cargo del área de adolescencia, hizo un estudio sobre cómo evolucionó a lo largo del siglo XX el foco prioritario de acción policial, y ese foco prioritario de acción policial en los manuales de procedimiento, en el reconocimiento de las líneas básicas del delito, fue cambiando de figura a lo largo del siglo y pasando de una hipótesis de política nacional a principios del siglo, donde el principal agresor del orden público era el anarquista, el obrero sindicalizado, el huelguista, el terrorista. Todo aquel  que tuviera alguna de esas características,  atraía todas las sospechas sobre él; por lo tanto, tuviera que ver o no, ya estaba señalado por la política represiva, y ése es el problema de la visión paranoica que tienen las políticas represivas: si uno es perseguido, entonces actúa en consecuencia como perseguido, entonces o se defiende, o se anticipa, o se negativiza. Es muy difícil separarse de eso.

 

¿Cómo se pasa del extranjero al joven como foco de acción policial?

 

Marcelo Urresti: Es una historia compleja, el foco con los años va cambiando. En la medida en que, obviamente, los extranjeros se van nacionalizando, pierden peligrosidad y esas figuras se van volviendo previsibles. Ahí empiezan a aparecer otras figuras delictivas, como la de los estafadores, los traficantes, etcétera, etcétera, que también están dentro del cuño “nación-extranjero”, pero que no son políticamente disolventes, sino comunitaria y moralmente disolventes, entonces ahí la definición empieza a pasar por otro lado, siempre es un extranjero que de alguna manera atenta contra las normas que nos rigen a todos: aparece el famoso estafador o el contrabandista o el falsificador, los tratantes de blancas judíos, los uruguayos ladrones de bancos.

Y esa figura, la del foco de atención represiva, empieza a juvenilizarse en los años 60 y 70, cuando vuelve a aparecer, en contra de las dictaduras en ese momento, una cierta efervescencia política de los jóvenes. Entonces ahí comienza el señalamiento del joven: a partir de entonces, el principal sospechoso es joven, ese joven que es subversivo, con ideas políticas extrajeras o extranjerizantes, un joven sin arraigo y sin moral, capaz de cualquier cosa. La matriz en el fondo es siempre la misma: es alguien que por más que esté adentro, viene siempre de afuera. En los años 80, una vez que se desarticula completamente la amenaza que eso podría representar –la represión del proceso claramente se orienta en ese sentido- queda un vacío en la acción represiva de la policía, porque no está muy claro quién es ese enemigo del orden general. Con el tiempo, ese espacio es llenado con todas las letras por el joven de sectores populares, marginal, vinculado con la droga y con las armas.

 

¿Qué representa el joven en esos momentos?

 

Marcelo Urresti: Es una figura “exquisita”, podría decirse, desde el punto de vista policial, porque tiene todos los elementos negativos: es joven, por lo tanto, le temen los niños y le temen los adultos; es pobre, por lo tanto es un virtual expropiador; está vinculado con las drogas, por lo tanto es alguien que no tiene posesión de sus plenas facultades; y tiene armas, por lo tanto es violento. El resultado es que hay que actuar y con urgencia. Pero eso es un producto de la década del 90. Es imposible encontrar ese joven en los años 80, porque no existía. Es un producto de los años 90 que cambió el foco de la visión de la policía y con el tiempo, incluso de la política de seguridad en general. Entonces, yo diría, es parte de la realidad existente, es parte de una visión paranoica desde el poder y como dije anteriormente cuando la visión paranoica está enmarañada en el poder se convierte en productiva. No es lo mismo que yo tenga una visión paranoica de determinado sujeto amenazante, es un problema privado. Ahora, si es el Estado quien la tiene, es un problema de orden público.

 

¿Esta sería entonces la principal causa?

 

Marcelo Urresti: A mí me parece que es parte del asunto, y después, obviamente, los medios masivos de comunicación –que los hay de todos colores- hacen, proponiéndoselo o no, el resto. Los que están en contra de la visión paranoica del Estado y los que están a favor porque forma parte de su negocio, y especialmente éstos porque hacen un señalamiento, porque hacen campañas y porque el temor vende, entonces ésa es otra de las cuestiones a tener presente: para ellos, encontrar el objeto amenazante es como una manera de generar una cierta vacuna, que explica en términos simbólicos, por qué nos va mal a todos, por qué todos podemos ser presa en cualquier momento de algún suceso desestructurante. Y si es el joven el que tiene todos los elementos amenazadores, entonces funciona plenamente. En el caso de los medios que no compran las versiones paranoicas, siempre les queda la tarea difícil de discutir contra las “evidencias” que surgen de la magnificación pero que se apoyan en una cierta base empírica, dos veces difícil de discutir. La agenda está fijada y ellos responden con una contextualización, pero no pueden cambiar el tema. Por lo tanto, diría yo que son todas esas cosas juntas.

 

A eso se suma, en términos económicos también, el poder vender soluciones a esos problemas

 

Marcelo Urresti: Además, porque por otro lado está claro que muchas de estas cosas no se hicieron inocentemente ni siquiera en el tema mismo de la seguridad. Campañas de “policiamiento” de los conflictos sociales, y no estoy pensando si los piqueteros usan o no la calle, esa es una cuestión política en todo caso, sino de las acciones de “policiamiento”, que son típicas, clásicas de las era post-reaganiana y post-tatcherista, que van generando condiciones de control extremadamente fuertes de la población, de encarcelamiento de esta población pobre que merodea las calles, que recorre los ambientes urbanos, que son los nuevos parias –eso lo muestra muy bien Wacquant (3)-. Este investigador, muestra además muy bien todo el submundo que hay por detrás, los intereses creados, las cárceles privadas, la generación de compañías de seguridad privadas, que evidentemente lucran con todo esto, que después cotizan en bolsa y que sus acciones suben cuando sube la sensación popular de inseguridad, porque aumenta la necesidad política de responderle a eso rápidamente, y se va generando una agenda, va asignando una parte del presupuesto del Estado que después se gasta en eso. Y obviamente estamos ante la visión paranoica de un poder que termina construyendo aquello que ve.

 

¿Cómo sería esta lógica?

 

Marcelo Urresti: Esto significa que si yo te veo a vos como un enemigo, te obligo a que te defiendas. Es como hace EEUU con la política internacional, yo te voy a atacar, entonces si yo te veo como un enemigo, va a ser mejor que empieces a defenderte o te pliegues incondicionalmente a mí. Si empezás a defenderte, luego yo tengo la visión productiva de vos como enemigo mío. Cuando toda la sociedad se organiza en contra de uno, como chivo emisario, ese chivo emisario tiene dos posibilidades: se entrega o perece. De las dos maneras perece, está en una situación de la cual no se le permite salir.

 

¿Qué se podría hacer desde los medios masivos para no reproducir esto?

 

Marcelo Urresti: Y el medio que se dedique a desmentir todo eso tiene que jugar dos partidas muy fuertes: primero, tiene que rebatir los argumentos en contra; y después, tiene que ofrecer argumentos a favor de los condenados socialmente; es decir, en contra de la condena previa, paranoicamente construida. Con lo cual, para el medio o el periodista crítico se le está invirtiendo dos veces la carga de la prueba y el terreno –por supuesto- es muy dificultoso. Hay intereses económicos pero también hay intereses de posicionamiento discursivo para los medios que en algún punto vuelven la postura crítica muy difícil de sostener. Vuelve inviable un medio, porque lo pone en el lugar cognitivo del error sistemático, de la lectura interesada o de la contra-intuición, cuando en realidad todos los que tienen error sistemático en la observación e interés espurio en la aproximación son los que están “haciendo la campaña”.  Entonces, a mí me parece que este es un punto interesante para ver un ejemplo sobre el modo en que estas cosas se impusieron en las agendas policiales, políticas y mediáticas y hoy son parte del sentido común.

Algún tiempo atrás, con una compañera de UNICEF, hacíamos un ejercicio: siempre que se robaba a alguien, la primera pregunta que se hacía era ¿era joven? ¿cuántos años tenía? Era extraño eso, porque nunca nadie decía ¿era mujer? ¿de qué color tenía el pelo? ¿corto o largo? ¿te fijaste si le faltaba una mano? No, no. Siempre la pregunta era y es: ¿cuántos años tenía? Porque estaba presupuesto en el consenso de que son jóvenes los que roban. Y eso se impuso. Es parte de la verdad, sin dudas, pero no es toda la verdad.

 

 

Notas

(1) Estudió Sociología y Filosofía en la UBA. Realizó estudios de postgrado en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Universidad Humboldt de Berlín. Actualmente completa el Doctorado en Sociología en la UBA. Es docente en la materia Sociología de la Cultura e investigador del Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Ha publicado artículos especialmente dedicados al tratamiento de las juventudes, sus prácticas y consumos culturales en libros y revistas especializadas -nacionales e internacionales- y los libros: La segregación negada. Cultura y discriminación social, año 1999, La cultura en la Argentina de fin de siglo, año 1998, Familia, hábitat y sexualidad, año 2007 todos editados en colaboración con Mario Margulis y recientemente “Ciberculturas juveniles”, año 2008.

(2) Ver “Hay que devolverles la juventud a las clases populares”, en Question Nº 18, Sección Entrevista.

(3) Loïc Wacquant es profesor de sociología en la Universidad de California, Berkeley, e investigador en el Centre de Sociologie Européenne, en París. Es cofundador de la revista interdisciplinaria Ethnography. Ha publicado varios trabajos sobre desigualdad urbana, dominación racial, estados policíacos en las principales metrópolis capitalistas y teoría sociológica. Entre ellos figuran Las cárceles de la miseria, Parias urbanos y Repensar los Estados Unidos.