DE
Algunas apreciaciones de los atravesamientos y emergentes identitarios
en la vida de los niños campesinos*
Universidad Nacional de La Plata (Argentina)
Resumen
Este informe es parte de la tesis de grado: “Los niños y la formación de la identidad
campesina” realizada durante 2006-2007, trabajo de campo realizado en
Serrezuela, Córdoba.
En esta investigación la metodología
como herramienta política de intervención en el campo fue central, llevando más
de un año y medio de trabajo en terreno. Se analiza la formación de la
identidad de los niños entre 6 y 12 años en los espacios donde incide el
movimiento campesino, tomando el caso de Apenoc.
Cómo las prácticas cotidianas de los
niños del noroeste cordobés producen sentido en relación con la tierra, el
agua, el trabajo, el juego, la lucha, la educación, la familia y la
organización. Reconociendo las tensiones y las contradicciones en esta
formación y las diferentes nociones sobre la identidad campesina por parte de
los diferentes actores.
Palabras
clave: Comunicación – Educación – Identidad – Niñez – Campesinado – Cultura
La vida en la naturaleza como motor de aprendizaje
Los niños van
descubriendo, aprendiendo a leer el mundo, frente a semejante inmensidad que
aparece ante sus ojos, todos los sentidos están presentes, el olfato, el gusto,
el tacto, el oído y la vista. Pueden reconocer los frutos por el olor, por su
forma; la madurez de la algarroba por el aviso en forma de grito-canto de los
cogollos; rastrear si han pasado recientemente las cabras por el camino a
partir de las huellas frescas, si se está “desnublando” y puede parar una
tormenta; diferenciar entre los tipos de ubres (“chuchos”) de las cabras, lo
que les permitirá sacar leche con mayor o menor dificultad, y con sus
“antenitas” divisan presencias a lo lejos, como vecinos que entran al campo. En
una primera instancia la familia acompaña y guía ese despertar. La mayoría de
los chicos de las comunidades del noroeste de Córdoba son de familias
numerosas, de muchos hermanos, y gran parte de ellos comparten el techo con sus
abuelos, o la casa de éstos no está muy lejana.
Cuando los pavos y
los gallos anuncian a la familia que hay que despertar, la primera acción del
día es prender fuego en el patio para el desayuno. Los niños se levantan junto
con los grandes y toman el café (lo nombran así, pero puede ser tanto matecocido,
como leche), algunos lo acompañan con torta (que es un pan redondo) y miel,
dulce, o sola.
El patio es el
lugar por excelencia de relaciones entre las familias y las visitas. Todo
sucede en el patio, se cocina afuera, por más de que se tenga cocina a garrafa
adentro (ésta se utiliza más en caso de que el viento no permita encender fuego
o que llueva mucho), se come afuera, se toma mate en el patio, en las galerías
de adobe, se lavan los platos, se alimentan a los animales domésticos. Los
baños también están afuera de la casa, las piezas se utilizan sólo para dormir,
y el comedor o cocina es para comer y mirar televisión a batería, en algunos
casos, o escuchar radio.
Tomando la
articulación campo/habitus que realiza Pierre Bourdieu, se puede inferir que el
patio es un escenario o equipamiento cultural (o campo) que produce
disposiciones subjetivas; ya que preestablece formas, recorridos y prácticas
cotidianas.
El paisaje, las
largas distancias que hay que recorrer de un punto a otro, estructuran el
tiempo de una manera no lineal, sino más bien tendiente a lo circular, el
tiempo no es una acumulación de sucesos que van hacia otros de mayor
envergadura, sino más bien una repetición circular, que en algunos momentos
cambia su fisonomía, sobre todo con la llegada de algunas pautas de la organización, como los viajes,
reuniones y encuentros, que implican otros quehaceres y responsabilidades. Sin
embargo, el día a día en la vida del niño es un continuo, donde la repetición
de algunas tareas es lo que estructura: trabajo/juego-escuela-encuentros de la
organización.
Las pautas familiares como estructurantes primarios en
la vida social del niño
Por lo general hay
una división del trabajo entre la familia y los hermanos que consiste en: darle
de comer a las catas, conejos, patos, pavos, chanchos, pollitos, gallinas,
perros; hacer mamar los cabritos; sacar las cabras del corral para que pasten,
y después volverlas a entrar; hacer las cosas de la casa: lavar, planchar,
cocinar, limpiar, ir a buscar agua, juntar huevos, ir a buscar leña. Estas
acciones varían según la actividad predominante de las familias, en algunas
comunidades es ir a la leña, al hacha, hacer carbón, sembrar y cosechar algodón
y porotos, hacer huerta, cuidar la chacra, hacer adobe y ladrillo (con todas las
tareas internas que eso implica).
En estas
actividades toda la familia participa, aunque hay predominantemente tareas
destinadas a las mujeres, que tienen más que ver con el hogar y las cabras, y
otras que son apropiadas por los hombres: el carbón, el hacha, los ladrillos, y
en lo que es cultivo de la tierra las tareas son compartidas. Los niños son
parte del esquema de trabajo general y sus tareas las cumplen casi
inconcientemente, ellos dicen que no trabajan, que sólo van a la escuela, pero
cuando surge la pregunta acerca de qué hacen en su día, o se los acompaña en
sus quehaceres, se pueden recuperar todas esas actividades.
Lo emergente podría
prejuzgarse como trabajo infantil, pero lo que subyace en las familias es una
puesta en común del esfuerzo que se necesita para sobrevivir, para comer todos
los días y los chicos no son ajenos a este esfuerzo. Por ejemplo, una de las
chicas del campo, juntaba semillas de pasto “buffel grass”, que se vende por
kilo para comprarse, de ese modo, los útiles de la escuela.
El niño es quien
obedece sin preguntar cuando sus padres lo mandan a hacer cosas, es algo que
también tiene consenso en el campo, el mandar al niño a traer diferentes
utensilios, a buscar lo que se ha caído o se ha olvidado. Si bien el chico
puede negarse a realizar la actividad encomendada, por lo general hay mucha
obediencia. En la observación del cotidiano de las familias del campo el
respeto a los mayores continúa siendo un valor (a pesar de las apreciaciones
subjetivas de algunos abuelos y padres acerca de los cambios de comportamientos
de la niñez que ellos transitaron, comparada con la actual).
Los chicos y chicas
están presentes en las charlas familiares de distinto tipo, aunque no tengan
demasiado derecho a opinión, son un testigo atento, que cuenta con mucha
información doméstica y también referida a
la organización.
La comunidad como núcleo organizativo que abre el
círculo de la propia familia
En lo que se
refiere a la vida en comunidad hay algunas prácticas que se convierten en
eventos y excusas para encuentros, como lo son los festejos clásicos de
cumpleaños, bautismos, comuniones, casamientos, que cuentan con gran
preparación y expectativas. Pero también lo son las carneadas, donde participan
amigos y familiares en una actividad que dura tres días y donde comparten lo
elaborado y se realizan abundantes comidas.
Otros motivos de
encuentro son los campeonatos de truco de los grandes, las carreras, la taba,
los bailes y los partidos de fútbol, la mayoría de las comunidades tienen una
cancha de fútbol y la mayoría de los eventos se realizan en ese lugar.
Instituciones claves que interpelan a la familia
campesina
La escuela y la
iglesia continúan siendo instituciones que interpelan fuertemente en el campo.
El maestro y el cura son actores claves en el desarrollo de las comunidades,
sus palabras son autorizadas y respetadas. Al no haber médico fijo en los
territorios, el enfermero también cumple un rol importante.
Dentro de los
cultos religiosos, el evangélico está presente en algunas comunidades, pero en
los casos observados
Por su parte, la
escuela es la institución que instala otro punto de reunión y formación de los
chicos. A veces son de campos alejados entre sí, entonces esta institución,
además de ser el lugar donde aprenden, se convierte en el espacio donde
comparten el juego todos los chicos de la comunidad, donde se encuentran. Es
muy valorado y comentado todo aquello que se realiza en la escuela, tanto lo
bueno como lo malo. Por lo general hay una maestra (1) de plurigrado y de
jardín y los chicos van al comedor y a la escuela.
Los emergentes de
las observaciones llevan a conjeturar que no se respeta el Universo Vocabular
de los niños, no es una práctica cotidiana en las clases partir de sus nociones
y sus vidas para abrir desde ahí a otros mundos y conocimientos. Aprenden con
manuales que hablan y reproducen prácticas de la ciudad, y de una ciudad que
transita la “clase media”. A modo de ejemplo, una actividad de sustantivos que
le dieron a los chicos de una comunidad para completar decía: “yo vivo en la
calle…, número… del barrio… de la ciudad… la escuela está en las calles… mi
papá va a trabajar en…”. Este simple ejercicio no tiene en cuenta las
diferentes apropiaciones espaciales que se generan en la ciudad y en el campo,
a la vez está apuntado para un niño de cierta clase social, que vive en una
calle numerada (no en un asentamiento), que tiene un padre que no está en
situación de desocupación y que trabaja fuera del ámbito familiar, a diferencia
de lo que sucede con un pequeño productor del campo, cuyo “hábitat de
producción” es, en la mayoría de los casos, compartido con el espacio de la
“vida privada”, de la vida en familia.
La organización campesina como polo identitario y
formador de sujetos
Los niños de las
diferentes comunidades con los cuales se hizo el trabajo de campo son niños
inmersos en un proceso organizativo, que implican a la familia en su totalidad,
contando por lo general con miembros más o menos activos dentro de la ella.
Entonces, si la
familia es un factor importante a la hora de acompañar el “leer el mundo” por
parte de los chicos, la organización de la cual forman parte, en este caso
Apenoc, también acompaña (y media, en el sentido de las mediaciones de Martín Barbero) en la
estructuración del Universo Vocabular y del mundo de los niños.
Apenoc ha producido
muchas transformaciones en la subjetividad de los campesinos, ha sabido
interpelar hacia la organización de los campesinos como sector, en un proceso de desatar la palabra, de animar al
hacer con otros, al encontrarse entre comunidades que sufrían las mismas
problemáticas de atropellos a los derechos de posesión de tierras, de defensa
del monte, de lucha por el agua y su más justa distribución, de salud, entre
otras.
Estos niños, a
diferencia de sus padres en su niñez, están formando sus identificaciones en la
dinámica de las reuniones de sus padres, de los encuentros de mujeres de sus
madres, de los encuentros con otros chicos y chicas. Poder nombrarse
“apenoquitos, porque somos chiquititos” implica ser chiquititos en la organización,
lo que conllevaría una continuidad implícita: “ahora somos chiquititos, por eso
somos apenoquitos, después seremos jóvenes Apenoc y después Apenocotes”.
También en esto la
organización ha interpelado a transformar algunas relaciones “que no son del
todo justas”, al decir de una de las coordinadoras de niños, en lo que respecta
a la relación de género que se da en el campo, la cual tiende al machismo, y
donde está naturalizada la violencia hacia las mujeres.
Lo particular para
la formación de los niños es que en los encuentros de mujeres, donde van sus
madres, sus tías, sus vecinas, sus hermanas, se realizan paralelamente
encuentros de niños, para que las mujeres puedan discutir tranquilas, sin estar
atadas a su rol de madre, pero donde los niños transforman su mirada viendo a
esas mujeres fuera del contexto “cotidiano” de la casa, y donde a la vez ellos
pueden conocer e integrarse con otros chicos.
Retomando a
Gilberto Giménez, se puede hablar de la construcción del “Nosotros” y del
“Ellos” en los niños, donde éstos han conformado un grupo de pertenencia, y
desde allí construyen discursos comunes.
En cuanto a la
identificación con el nombre de “campesinos”, hay una historia en esa
apropiación que fue tomando consistencia primero en los padres, porque ser
“campesinos”, según los testimonios, era sinónimo de pobre e ignorante, y era
un término despectivo, entonces la gente se asumía como “trabajador del campo”,
o como “gente que vivía en el campo”, pero no como “campesinos”. El proceso
organizativo hizo también que ese nombre de campesinos los interpelara desde la
lucha por sus derechos, desde la organización campesina, y desde el encuentro
con otros y otras de organizaciones como el Mocase (Movimiento campesino de
Santiago del Estero),
Si
La identificación,
en el proceso educativo, está hecha de adhesión y pertenencia. Los campesinos
comparten un núcleo de símbolos y representaciones sociales comunes. La
organización campesina también ha propuesto nuevos saberes, nuevas prácticas,
que son valoradas. Sin embargo, en el caso de la escuela, sigue siendo muy
importante, sobre todo para los padres, la educación primaria y secundaria impartida
desde el Estado.
Las
prácticas comunicativas: de lo comunitario a lo masivo, de lo local a lo
global, de lo micro a lo macro
Las visitas, el
boca a boca son prácticas muy arraigadas de comunicación en las comunidades,
los acontecimientos e historias vivos en la oralidad, ésos que se narran una y
otra vez para no ser olvidados.
Lo subyacente y lo
no explícito en muchos relatos, tanto de niños como de padres, está
representado por los silencios. Los hechos trágicos y dolorosos forman parte
también de la construcción de la identidad campesina, como la dureza de la vida
sobre la base del trabajo de la tierra, del despojo del que han sido
históricamente objeto. Otros silencios, sobre todo en los mayores, se leen
en la dificultad de valorizar su modo de
vida, y autonombrarse burros, ignorantes. En ellos también opera la identidad
social construida en función de la clase social a la que pertenecen, del
espacio que ocupan como sector y de la desvalorización social existente en la
sociedad urbana con relación al campesinado rural y al trabajo de la tierra.
Con respecto a la
comunicación de medios, está muy presente la radio comunitaria “San Cayetano”
de Serrezuela. La radio convive con las familias, mientras las mujeres hacen
sus trabajos en el patio, mientras están en la cosecha de algodón. Es una radio
que funciona también para mandarse mensajes entre las comunidades, dar saludos
y anunciar eventos. La organización la utiliza mucho para comunicar horarios de
reuniones, encuentros y también tienen un programa semanal que se llama “La voz
que no se escuchaba”.
Es muy impactante
estar ahí, en ese lugar lejos de todo, en el medio del monte, con muchas
desigualdades palpables y encontrar que las familias que tienen televisión a
baterías, tanto niños como grandes, ven las publicidades con beneficios que
nunca les llegan porque no acceden a ese mundo del consumo, aunque lo conozcan.
Las novelas, los noticieros con noticias de choques en Capital Federal, los
robos, estructuran su percepción del mundo y configuran sus prejuicios de la
ciudad también.
Entre los jóvenes
los teléfonos celulares son parte de las paradojas que conforman sus
percepciones, al igual que comunidades como agua de Ramón, donde hay Direct Tv.
Los medios masivos,
están presentes en esos intersticios, formando parte del entramado que
configuran las identificaciones en estos niños a partir de sus consumos
culturales; aunque sus familias no entren en todos los parámetros o cánones de
mercantilización de la vida.
La complejidad y
las búsquedas de “boyas” teóricas que anclen ciertas nociones para hacer hablar
a las prácticas
Analizar los múltiples atravesamientos que existen en la formación de la
identidad campesina en los niños es una tarea que siempre quedará incompleta, y
allí reside su riqueza. Ya que la identidad es un proceso activo y complejo, históricamente
situado y resultante de conflictos y luchas, que se retraen o expanden según
las características. Uno puede intentar
un fogonazo que trate de fijar como en una foto este preciso momento. Tiene que
ver con las representaciones sociales
que el grupo tiene en este momento del “nosotros” y del “ellos”; es decir,
analizar cómo operan en los discursos el principio de diferenciación y el principio complementario de integración unitaria. Siempre teniendo
en cuenta que el proceso colectivo transforma, pero que el sujeto tiene
capacidad creativa de resistirse o adaptarse a la interpelación, en cualquier
caso es lo relacional de la identidad lo que la caracteriza.
¿Podría afirmarse
que la palabra “campesino” es un punto de acolchado, que genera
identificaciones y que las mismas comenzaron en estos grupos sociales a partir
de la entrada en la organización de Apenoc?
En los relatos
aparecen puntos en común al hablar de la organización, palabras que se repiten
como: “unidos es mejor”, “nos conocemos más”, “no tenemos más miedo”. El ser
campesino, entonces, parece ser una construcción mediada por el modo de vida en
la naturaleza, el contacto con los animales, el monte, y por la organización
que “filtra” ciertas significaciones y las traslada al plano principal. Como es
el caso de la construcción del discurso de derechos. Si antes de que existiera
la organización “el cielo” era el culpable de la escasez de agua, hoy se
entiende el agua como un derecho y se reclama al Estado su justa distribución y
se organizan asambleas de agua. Otro ejemplo es la cultura popular rescatada
como saber propio, saber campesino ancestral, donde los niños se forman
sabiendo sobre plantas medicinales, viendo a las abuelas y madres curando
ciertas enfermedades, no escondiéndolo y, a la vez, exigiendo el derecho a la
salud comunitaria.
¿Se podría concluir
en una definición cerrada de campesino?
En este caso, se percibe cómo la palabra “campesino” es una construcción
que, en el caso de esta organización, sedimenta discursos y prácticas que
implican modos de ver y estar en el mundo. Los campesinos son supervivientes,
como dice Berger, porque han resistido en esos lugares, mientras otros
familiares y vecinos han muerto o han debido migrar a las grandes ciudades.
Pero si bien
resisten a esos modos de captación del sistema neoliberal, que plantea el
consumo como motor de las vidas y las identidades, no escapan del mundo del
consumo. No están aislados como burbujas en medio del monte cordobés, sino que
conviven con esas contradicciones, observando modos de vida en sus televisores a batería, que les
proponen un modo de acceso y apropiación desigual de los bienes culturales,
económicos y sociales de
Su condición
subalterna opera en el Habitus de algunos campesinos, en quienes sigue presente
una especie de inferioridad muda entre “ellos”: los que saben y “nosotros”: los
que ignoramos. Y es en el lenguaje donde se generan dominios de poder/saber, en
el que el Estado, los medios de comunicación y los sectores hegemónicos
construyen categorías estigmatizantes que se interiorizan fuertemente en la
cultura popular y en la vida campesina.
Es la organización
campesina la que disputa en este terreno del lenguaje y permite ir anudando
otros significados, haciendo emblema del estigma. Pasando de aceptar la
etiqueta que ponen los “otros”: la de ser un “simple e ignorante campesino”; a
valorarse positivamente como grupo social, con saberes propios y válidos. Para
esto, debieron construir símbolos comunes, que ataran los mismos significados. Es
por eso en todos muy potente la afirmación de la vida en el campo y la negación
de la vida en la ciudad. Sin embargo, entre las justificaciones también se presentan introyectados los
estigmas que los medios de comunicación proyectan día a día de lo que implica
vivir en la ciudad: asesinatos, robos, peligros, desconfianzas. Donde los marginados
tanto de la ciudad como los “corridos” del campo, más allá de las “aparentes”
diferencias, comparten su condición de clase oprimida, de miles de vidas
devaluadas, desechadas del actual modelo de “progreso y desarrollo
sustentable”, la misma que ocupa el lugar de la resistencia, muchas veces
silenciada, enmudecida por el acelerado recalentamiento de la vida en los
parámetros de consumismo extremo. Frente
a eso, más allá de no explicitar, en muchos casos, esta situación comparativa
con quienes viven a los márgenes de la ciudad, hay un reconocimiento de que
muchos hijos, nietos, sobrinos son quienes hoy ocupan esos lugares de “orilla”
en los cordones urbanos.
Más allá de las
distinciones anteriormente realizadas, en el juego de legitimarse como grupo social,
los campesinos defienden su lugar (el que desde sectores de poder se vislumbra
como un nuevo negocio, y por lo que están desalojando familias) anudando frases
como “acá se vive en libertad”, “es más tranquilo”, “se puede comer todos los
días”, “sobrevivir con lo que se tiene”.
De esta construcción de un ser
colectivo, llamado campesino, participa la familia como núcleo fuerte que está
arraigado en el campo, que se organiza para defender y hacer valer su modo de
vida, es por esto que los niños al ser parte de este núcleo, no pueden
encapsularse en un esterilizado “ser niño”, por fuera de esta construcción del
“ser campesino”. La inocencia y la docilidad quedan de lado y en este caso, las prácticas que se reproducen
de generación en generación, como el “trabajo familiar” no se oponen a su
desarrollo como seres humanos que son, sino que contribuyen a su formación como
sujetos inmersos en un determinado
contexto social, que está signado por las desigualdades. Del mismo modo sus
juegos, los cuentos y sus aventuras tienen que ver con este modo de vida en el
campo.
Si pensamos en los
niños de las comunidades campesinas, vemos que están en un proceso de
socialización, es decir de interiorización de la información que captan como
objetiva de la realidad, y que viene “filtrada”, por decirlo de alguna manera,
o estructurada por las representaciones sociales que han interiorizado sus
padres, pero también en este proceso hay otros factores: estos niños concurren
a
Berger y Luckmann
plantean que las nuevas generaciones traen siempre consigo un problema: el de
legitimar el orden, traen preguntas, inquietudes, que ponen en jaque a los propios
adultos, donde se produce la tensión entre permanencia, conservadorismo o
cambio. Por eso algunos padres cuando se plantean en relación con sus hijos,
demuestran un necesario etnocentrismo de su modo de vida, planteando que sus
hijos deben ser su continuidad, pensando de alguna manera su cultura subalterna
como algo estático, hereditario, y no como una dinámica constante de
identificaciones, donde las generaciones nunca serán iguales entre sí.
Cuando hablamos de
cultura, de identidad de los niños, de los campesinos, nunca podemos deslindar
este concepto (aunque es más amplio) al tema de la ideología y de la hegemonía,
a la imposición de universos simbólicos por parte de los sectores dominantes
que se encuentran del lugar de la estrategia y de la sorda resistencia de los
sectores subalternos, que pese a la homogenización del consumo, de la
globalización del mercado, siguen sosteniendo ciertos polos identitarios
propios, que resemantizan todo el tiempo lo dado por el sistema a sus propias
necesidades, a partir de sus prácticas.
Nada de lo que
aparenta “ser” se sostiene eternamente, salvo falsas totalizaciones que crean
universos asépticos de influencias externas o que se proyectan sobre terrenos
dudosamente seguros, generando trágicos episodios en la vida contemporánea como
holocaustos, dictaduras, que promueven
sectarismos, mesianismos o etnocentrismos, nocivos para la vida en el respeto
de las alteridades. Es por esto que este trabajo busca desentrañar los posibles
modos en que se configuran las identificaciones o identidades de los niños de
Apenoc señalando ciertas boyas en el medio del mar de contingentes
identificaciones. El terreno de la identidad es opaco y desde ese lugar debe
seguirse investigando, para evitar la generalización que trabaja en detrimento
del conocimiento social.
Notas
*El presente trabajo
pertenece al capítulo III de la tesis de Grado “Los niños y la formación de la
identidad campesina”. Trabajo de campo de un año y medio en Serrezuela, Córdoba
en la organización campesina APENOC.
(1) En Aguas de Ramón hay director y
maestra, ya que el número de alumnos es mayor.