RADIOGRAFÍA DEL CAPITAL SOCIAL EN ARGENTINA
Universidad Nacional
de La Plata (Argentina)
josjorge@hotmail.com /
Resumen
Al examinar la evolución del capital social de
Palabras clave: capital social, confianza, asociaciones
civiles, trabajo voluntario, instituciones políticas
El concepto de capital
social se ha convertido en uno de los temas más debatidos de las ciencias
sociales y políticas. Durante los últimos años, se han multiplicado los
trabajos de investigación teórica y empírica, así como las iniciativas
gubernamentales y civiles basadas en el uso de la noción en áreas tan dispares
como el desempeño institucional, las políticas de superación de la pobreza o el
desarrollo comunitario.
Una situación
paradójica es que, si bien no hay acuerdo sobre la naturaleza precisa del
capital social –su definición, los elementos que lo integran y sus mecanismos
de formación-, existe un grado mayor de consenso sobre la importancia que
tendrían para la estabilidad política, el desarrollo económico o el
desenvolvimiento social, al menos algunos de los rasgos que se mencionan con
frecuencia entre sus componentes.
Para la teoría
considerada clásica, desarrollada principalmente por Putnam -apoyándose en
trabajos previos de Coleman y en una larga tradición de pensamiento que se
remonta a Alexis de Tocqueville-, el capital social se define como el stock de
asociaciones voluntarias, confianza y normas de reciprocidad del que dispone la
sociedad como recurso para resolver sus problemas de acción colectiva (1).
De acuerdo con esta
interpretación, el capital social contiene tanto elementos de la estructura
social –las asociaciones- como de la cultura –confianza y normas-. Los tres
componentes se influyen recíprocamente: las asociaciones, por ejemplo,
promueven la cooperación y la emergencia de normas que la respaldan; éstas
incrementan la confianza entre los individuos, que, a su vez, refuerza el
círculo virtuoso al inducir un aumento ulterior de la cooperación y la
asociación. La dinámica, sin embargo, puede funcionar de manera inversa y dar
lugar a un círculo vicioso: si predomina en la sociedad la desconfianza entre
las personas, disminuyen la cooperación y el asociacionismo, y ello reduce aún
más la confianza.
Este mecanismo
conduce a dos posibles estados de equilibrio: uno, de “alta intensidad”,
caracterizado por elevados niveles de confianza y densas redes de asociaciones
cívicas; otro, de “baja intensidad”, en el que la sociedad se estabiliza en
niveles deprimidos de confianza y asociación. En el primer caso, la comunidad
tiende a resolver sus problemas colectivos mediante la cooperación; uno de sus
resultados es el buen desempeño de las instituciones democráticas. En el
segundo, predominan las estrategias individualistas o sectoriales, el desempeño
institucional es pobre y, eventualmente, ante la incapacidad de cooperar, la
sociedad cae en algún tipo de “solución”
autoritaria.
Esta teoría,
formulada a comienzos de los años noventa, ha sido objeto de diversas críticas
en los últimos años. Uno de los puntos cuestionados es la relación que postula
entre asociaciones y confianza. Algunos observan que, por el simple hecho de
participar en asociaciones, las personas no confiarán más en la “mayoría de la
gente” –lo que constituye la confianza “generalizada”, distinta de la confianza
“particularizada” en las personas similares a nosotros-. Según esta objeción,
si bien los individuos socialmente más activos suelen confiar más, es la
confianza la que los lleva a participar y no al revés. La confianza misma, por
su parte, ha probado ser un fenómeno elusivo, con una multiplicidad de causas
psicológicas, sociales, culturales e institucionales (2).
Otra cuestión
debatida es el vínculo entre asociaciones civiles y democracia. La respetada
línea de pensamiento que ve en las organizaciones voluntarias la
infraestructura necesaria de la democracia mayor no ha resultado fácil de
probar en la práctica. El problema, en buena medida, reside en que es posible
que distintos tipos de asociaciones tengan efectos diferenciales sobre la
democracia –positivos, negativos o neutros-. Comparando entre países, Inglehart
encontró una correlación entre el tiempo en que las instituciones democráticas
han funcionado en forma ininterrumpida y el porcentaje de la población que
confía en la mayoría de las personas; en cambio, no halló relación entre esa
medida de estabilidad democrática y el porcentaje de la población que participa
en organizaciones voluntarias. Más recientemente, Paxton observó que la
presencia de un tipo específico de asociaciones, las que están conectadas con
el resto de la comunidad –es decir, cuyos miembros pertenecen además a otras
asociaciones-, está vinculada con niveles más elevados de democracia; las
asociaciones aisladas, por el contrario, parecen tener un efecto negativo (3).
Autores como Inglehart plantean asimismo que están surgiendo nuevas formas de
capital social, como las manifestaciones, los petitorios, los boicots y otras
expresiones similares de activismo político y social, que funcionan como
alternativas a la inserción en organizaciones voluntarias tradicionales.
Por otra parte, la
versión original de la teoría elaborada por Putnam, luego de estudiar durante
veinte años el caso de los gobiernos regionales de Italia, tiene un fuerte
componente de determinismo histórico. Las diferencias de capital social entre
el norte y el sur de la península, que explicaban el desigual desempeño
político y económico de esas regiones, parecían remontarse hasta el siglo XII.
El cambio institucional acaecido a principios de los años setenta, con la
creación de los gobiernos regionales, no había tenido un efecto apreciable, al
cabo de dos décadas, sobre los stocks
heredados de capital social. Varios investigadores han cuestionado el análisis
histórico de este autor, señalando omisiones e inexactitudes. Otros ponen en
tela de juicio la idea de que la fuente principal de formación de capital
social sea la misma sociedad, y plantean la tesis de que el Estado, a través de
las instituciones políticas, tiene la capacidad de crearlo o destruirlo
(4).
A pesar de estas y
otras objeciones, el trabajo de Putnam y los estudios de él derivados
permanecen como el cuerpo de teoría predominante y el marco conceptual a cuyo
alrededor gira la mayor parte de los debates.
El caso argentino
puede describirse, dentro de este esquema de análisis, como un ejemplo de
equilibrio de baja intensidad. Aun así, en un contexto general de reducida
confianza entre las personas y en las instituciones, el stock de capital social ha experimentado algunas variaciones desde
la recuperación de la democracia, y en sentidos no siempre consistentes, a
primera vista, con la corriente teórica principal. Según los datos disponibles,
mientras la participación en organizaciones voluntarias ha aumentado en los
últimos años, la confianza en la mayoría de las personas viene descendiendo desde
el nivel ya deprimido registrado en 1984. La confianza en las instituciones
muestra asimismo un marcado declive desde la instauración de la democracia;
también ha disminuido, aunque en menor medida, el activismo político no
convencional.
En este trabajo
analizamos, utilizando las bases de datos de
La participación en organizaciones voluntarias
Las sucesivas ondas
de
Cuadro
N° 1
Participación
en Organizaciones Voluntarias 1984-1999
-En % sobre el total de la población-

En los
relevamientos de 1991 y 1999 la encuesta preguntó sobre la “pertenencia” y el
“trabajo voluntario” en asociaciones. Los argentinos que pertenecen a una o más
organizaciones aumentaron del 23% al 42%; los que trabajan en forma voluntaria,
del 16% al 23%. Estos datos son consistentes con otras mediciones: según un
estudio de Gallup, los argentinos que llevaron a cabo algún tipo de actividad
voluntaria aumentaron del 20% en 1997 al 26% en 2000 y al 32% en 2001 (6).
La participación
tiene lugar principalmente en organizaciones de tipo tradicional, encabezadas
por las religiosas y seguidas por las vinculadas con la cultura y el deporte.
En 1999, casi el 16% de los argentinos dijo pertenecer a alguna organización
religiosa, mientras el 9% trabajaba en ellas en forma voluntaria (Cuadro N° 2).
Sólo el 4,5% declaró pertenecer a un partido político y apenas el 2,5% a un
sindicato; estas cifras muestran que, a pesar de sus masivas afiliaciones, ni
los partidos ni los gremios suscitan sentimientos de pertenencia entre sus
miembros formales.
A las asociaciones
relacionadas con la “nueva política” –las ecológicas, de derechos humanos,
feministas y pacifistas-, que en muchos países desarrollados atraen
especialmente a las generaciones jóvenes, pertenece en total el 3,6% de los
argentinos, es decir, algo más del 8% de quienes se insertan en alguna
organización. El grueso de esta participación se concentra en las entidades ecológicas.
Cuadro
N° 2
Pertenencia
y Trabajo Voluntario
según
Tipo de Organización 1991-1999
-En % sobre el total de la población-

El crecimiento
general del asociacionismo se extiende a casi todos los tipos de organización.
En términos relativos, sin embargo, la mayor tasa de aumento en los porcentajes
de pertenencia corresponde a los grupos ecológicos, que pasan del 0,3% en 1991
al 2,2% en 1999, un incremento de más del 600%. Le siguen las organizaciones de
acción local (153%), las religiosas (117%) y las de la tercera edad (100%). Los
datos de 1984 y 1995, con una lista menos numerosa de asociaciones, reflejan
asimismo una fuerte expansión de los grupos ecológicos y religiosos (ver
Cuadros A y B del Apéndice).
La afiliación
múltiple -la proporción de argentinos que participa en más de una organización-
también sube cuando se mide a través de la membresía activa o inactiva, pero no
cuando se pregunta por la pertenencia (Cuadro C del Apéndice).
Haciendo un balance
de las ondas 1999 y 1991, la mayor proporción de afiliaciones múltiples se
presenta en cuatro tipos específicos de asociaciones: derechos humanos, mujer,
acción local y salud. Este tipo de organizaciones “conectadas”, cuyos miembros
participan además de otras asociaciones –y, de este modo, tienden puentes entre
los diversos grupos sociales-, serían las que, según el estudio de Paxton,
tienen efectos positivos para la democracia. La menor densidad de afiliaciones
múltiples –que caracteriza a las organizaciones menos conectadas- se observa en
las entidades religiosas, deportivas, culturales y sindicales. Estos resultados
coinciden en gran parte con los encontrados por Paxton en su investigación
sobre 46 países, que incluye a
¿Cuál es el nivel
de participación en asociaciones voluntarias de los argentinos, cuando se
examina en el contexto internacional? El Cuadro N° 3 presenta los datos de una
selección de países de América Latina, Europa Occidental, Europa del Este,
América del Norte y Este de Asia.
Cuadro
N° 3
Participación
en Organizaciones Voluntarias
Periodo
1999-2004
-En % sobre el total de la población-

En esta lista, las
sociedades con los índices superiores de asociacionismo son Estados Unidos,
Canadá y las tres naciones escandinavas -Suecia, Dinamarca y Finlandia-, con
cifras de pertenencia que van del 75% al 96% de la población. En el resto de
Europa Occidental, España se destaca por un nivel de participación sumamente
bajo, igual que la mayoría de las sociedades de Europa del Este, con excepción
de
La proporción de
argentinos que pertenecen al menos a una organización es inferior en un 21% al
promedio de la lista; la de quienes realizan trabajo voluntario, un 33% menor.
Los niveles asociativos de nuestro país –especialmente en materia de voluntariado-
también resultan bajos al cotejarlos con los que muestran otros países
latinoamericanos.
Parte de la
explicación de esta relativa debilidad de la sociedad civil argentina, aún
después de muchos años de democracia, debe buscarse en los efectos destructivos
de la última dictadura militar, y puede extenderse en forma plausible al
período de inestabilidad institucional y conflictividad social y política
iniciado con el golpe de 1955. Como surge de la experiencia histórica de otras
sociedades –entre las cuales España es un ejemplo ilustrativo-, la
inestabilidad política y los regímenes autoritarios constituyen uno de los
mayores obstáculos para el desarrollo de organizaciones civiles autónomas y de
normas de cooperación y solidaridad (8).
El terrorismo de
Estado instaurado por el Proceso militar, que implicó la prohibición y
represión de un sinnúmero de actividades asociativas, así como la implantación
del miedo y la censura, tuvo como lógico resultado la extensión de la apatía,
el refugio en la vida privada y la atomización social. Autores como Cavarozzi
han señalado, sin embargo, que las pautas culturales autoritarias ya se
hallaban difundidas en la sociedad al producirse el golpe de 1976, y
contribuyen a explicar la aquiescencia y el respaldo nada despreciables con que
contó el régimen (9). Las causas se remontan posiblemente al período inaugurado
en 1955, signado por la proscripción del peronismo, los frágiles gobiernos
civiles y el intento final, a partir de 1966, de instaurar un régimen autoritario
de duración indefinida.
El sistema
democrático, con sus libertades de expresión, organización y acción política y
social, genera las condiciones apropiadas para el surgimiento y la difusión de
las asociaciones voluntarias, si bien las crisis económicas –que
El aumento del
asociacionismo a partir de 1984 representa, en conclusión, una recuperación del
tejido cívico posibilitada por el marco institucional de la democracia, luego
de la desintegración social provocada por el Proceso. De la oposición a esa
cruenta dictadura surgió, empero, el movimiento de los derechos humanos, que ha
instalado en la cultura política argentina un concepto hasta entonces relegado,
y dado origen a una clase de organizaciones voluntarias que, por la densidad de
sus relaciones comunitarias, cumplen un rol trascendente para profundizar y
mejorar la calidad de la democracia.
La confianza interpersonal
El otro componente
central del capital social es la llamada “confianza interpersonal”, que se mide
habitualmente preguntando a los encuestados si confían “en la mayoría de las
personas”. Se trata, pues, de confianza “generalizada”, que depositamos en
personas distintas de nosotros, no de la confianza “particularizada” que
tenemos en gente próxima a nosotros, como los familiares y los amigos. Aunque a
esta última se le atribuyen consecuencias positivas -especialmente para el
individuo-, la mayoría de los efectos favorables que se han postulado sobre la
estabilidad política, el crecimiento económico a largo plazo y la cooperación
social a gran escala, se refieren a la confianza generalizada (10).
Argentina, igual que
el resto de América Latina, se caracteriza por niveles muy bajos de confianza
“en la mayoría de las personas”. Brasil, sin embargo, es un caso excepcional,
tanto en la región como en el mundo: en los últimos diez años, la proporción de
brasileños que confía en los demás ha oscilado entre el 2% y el 6%.
En casi todas las
sociedades, la confianza tiende a ser un rasgo muy estable, aunque suelen
producirse variaciones significativas en el largo plazo, así como fluctuaciones
bruscas a corto plazo debido a cambios en el contexto social, económico o
político. Con los datos de
Gráfico
N° 1
Evolución
de
-% de la población que confía “en la
mayoría de las personas”-

Fuente: Encuesta Mundial de Valores y
Estudio Latinobarómetro.
Una primera
observación, sobre la que volveremos enseguida, es que, en el período
analizado, la evolución del asociacionismo y de la confianza ha sido
divergente: mientras el primero aumenta, la segunda disminuye. Naturalmente,
esto no refuta sin más la idea de que la participación en organizaciones
voluntarias promueve la confianza –es posible que el proceso insuma tiempo,
otros factores podrían estar contrarrestando los efectos positivos del
asociacionismo, etc.-, pero muestra desde ahora la complejidad del fenómeno.
Comparemos primero
el nivel de confianza de
Cuadro
N° 4
Confianza
Interpersonal 1999-2004
-% de la población que confía en la mayoría
de las personas-

Entre los factores
propuestos como explicativos de las diferencias de confianza observadas entre
las naciones, los más importantes son la homogeneidad cultural –étnica,
religiosa, lingüística-, el nivel y distribución de la riqueza económica
-ingreso por habitante, equidad en la distribución del ingreso-, la calidad del
gobierno –nivel de democracia, desempeño de las instituciones, honestidad de
los funcionarios-, las normas morales específicas provenientes de la religión y
la densidad de asociaciones civiles. Desarrollando modelos de regresión con
datos de una muestra de 60 países, Delhey y Newton lograron predecir los
niveles de confianza a partir de estas variables, con excepción de las
asociaciones voluntarias, que no resultaron significativas (11). Las naciones escandinavas reúnen casi
todas estas condiciones simultáneamente. Una cuestión a considerar, sin
embargo, es su elevada homogeneidad étnica, pues es más sencillo confiar en los
demás cuando todos son semejantes a nosotros –una característica de la
confianza particularizada-. Los problemas surgidos recientemente con la
inmigración en algunos de estos países plantean interrogantes en ese
sentido.
Un análisis causal
Nuestro propósito
en este trabajo no es efectuar un análisis sobre una muestra de sociedades, sino
indagar las causas de la confianza y de la pertenencia a organizaciones
voluntarias de los argentinos en el nivel individual. Intentamos determinar,
entre otras cosas, si la participación en organizaciones voluntarias está
efectivamente vinculada con la confianza en los demás, cualquiera sea la
dirección causal.
Para orientarnos en
nuestra exploración sobre la confianza, recurrimos a una variedad de teorías,
pues numerosos estudios muestran que todas contribuyen a una parte de la
explicación. La confianza puede ser concebida, por un lado, como una
característica del individuo, producto de su socialización temprana –y, por lo
tanto, de su personalidad- o de su circunstancia social: clase, ingreso,
educación, edad, etc. Un tercer enfoque consiste en entenderla como un atributo
de la sociedad, no de los individuos. Desde este punto de vista, al responder
si confían o no en la mayoría de las personas, los individuos no expresarían un
rasgo de su personalidad o de su situación social: realizarían una evaluación
de la “confiabilidad” del entorno social. La confianza sería así una propiedad
colectiva, encarnada en y sustentada por la comunidad, la cultura y las
instituciones. La confianza en las instituciones no sería, como suele
proponerse, un simple reflejo y consecuencia de la confianza interpersonal. Las
instituciones –en la medida que sean o no democráticas, eficaces, justas,
imparciales u honestas- tendrían la capacidad de crear o destruir la confianza
generalizada entre las personas. Es probable que exista influencia recíproca:
la confianza interpersonal facilitaría el desarrollo de buenas instituciones y
éstas, a su vez, contribuirían a fortalecer y expandir la confianza.
Rothstein y Stolle
presentaron en 2007 una “teoría institucional de la confianza”, según la cual
las instituciones más importantes para la confianza interpersonal no serían las
de carácter político-partidario –el gobierno, el parlamento, los partidos-,
sino las vinculadas a la estructura administrativa del Estado, como la
justicia, la policía y los empleados públicos (12).
En nuestro estudio,
hemos procurado contrastar estas hipótesis elaborando un modelo de regresión
logística de la confianza a partir de
Cuadro
N° 5
Predictores
de
Pertenencia
a Organizaciones Voluntarias (Argentina 1999)
Análisis de Regresión Logística

La primera conclusión
es que ni la pertenencia ni el trabajo en organizaciones voluntarias aparecen
entre los predictores de la confianza, ni ésta entre los predictores de la
pertenencia a organizaciones. En el modelo de regresión de la confianza, no
alcanzan significación estadística ni el número de asociaciones voluntarias a
las que pertenece o en las que trabaja el entrevistado, ni la combinación de
estas dos variables, ni las dicotomías “pertenecer o no” y “trabajar o no” en
una organización. Tampoco son significativas las variables que clasifican a las
organizaciones como “conectadas” y “no conectadas”, o “políticas” –partidos,
sindicatos, asociaciones profesionales- y “sociales” –deportivas, locales, de
la mujer, etc.-.
En cambio, surge
como un predictor de la confianza el activismo político no convencional, que
mide la participación en manifestaciones, petitorios, huelgas y otras acciones
que, como señalamos antes, algunos autores consideran formas de capital social
alternativas a las asociaciones voluntarias. Para las personas que han
realizado al menos una de estas acciones, el odds de confiar en los demás
duplica al de aquellos que no la han efectuado (13). ¿Cómo explicar esta
relación? Los vínculos que se establecen entre los manifestantes, por ejemplo,
no tienen la estabilidad ni la continuidad que caracteriza a los de los
miembros de las asociaciones voluntarias. Una posibilidad es que las personas
que desarrollan este tipo de acciones tengan la firme creencia de que, por ese
medio, pueden alcanzar fines deseables y cambiar la realidad para mejorarla.
Serían, pues, “optimistas”, en el sentido de que creen que tienen la capacidad
de controlar su vida y mejorar las cosas a través de sus propias acciones. Este
sentimiento de optimismo y control ha sido mencionado como una característica
de las personas que confían (14). Además, el hecho de haber participado y
comprobado los efectos de sus acciones, puede haber reforzado su sentimiento de
control.
Entre las medidas
tradicionales de capital social, sólo una, referida a las relaciones sociales
informales –la frecuencia con que se pasa tiempo con los compañeros de
trabajo-, se halla entre los predictores de la confianza.
Como sugieren las
teorías institucionales de la confianza, figuran en nuestra lista dos medidas de
percepción de la “confiabilidad” del entorno sociopolítico: la calificación del
“sistema político” –en una escala de
Estos resultados
son de gran importancia, pues en el caso de
El modelo muestra
además la relevancia de una serie de características individuales. Una es la fe
religiosa, que refleja la influencia de preceptos morales: los entrevistados
que la eligieron entre una lista de cualidades deseables en la formación de los
niños tienden a confiar más que los demás. Lo mismo ocurre con los encuestados
que obtienen puntajes altos en una escala de Adhesión a Valores Democráticos,
según su grado de desacuerdo con las siguientes frases: "En democracia, el
sistema económico funciona mal"; "Las democracias son indecisas y hay
mucha disputa"; "Las democracias no son buenas para mantener el
orden". Como las personas que poseen valores democráticos tienden a estar
en desacuerdo con las tres frases, el índice promedio varía entre 1 –total
acuerdo con las tres proposiciones y mínima adhesión a valores democráticos- y
4 –total desacuerdo y adhesión máxima-. Cuanto más elevado es el valor del
índice, mayor es la probabilidad de que la persona confíe en los demás.
Otras variables se
refieren a atributos del individuo que dependen de su situación social. De
acuerdo con una teoría, las personas que han salido airosas en la vida y gozan
de bienestar, tienden a confiar más. En nuestro modelo, quienes poseen empleos
de tiempo completo y los que se consideran a sí mismos pertenecientes a la
“clase media alta”, tienen más probabilidad de manifestar confianza
generalizada. El nivel de ingreso del encuestado, en cambio, no es
significativo. La misma hipótesis señala que los divorciados o separados
deberían confiar menos que los casados; curiosamente, empero, la regresión
arroja aquí el resultado opuesto.
Un resultado
sugestivo es que la exposición elevada a la televisión –más de tres horas
diarias durante los días de semana- está asociada negativamente a la confianza:
el odds de confiar para quienes miran mucha TV es poco más que la mitad del
odds de quienes miran menos de tres horas diarias. Permanecer demasiado tiempo
en la casa mirando televisión tendría el efecto de aislar al individuo,
reduciendo sus contactos sociales, su inserción en organizaciones y su
confianza en los demás.
Finalmente, en las
localidades muy pequeñas -y también, aunque en menor medida, en los aglomerados
urbanos más populosos-, la probabilidad de confiar es mayor que en el resto de
las ciudades. En las ciudades chicas, donde “todo el mundo se conoce” y
funcionan los controles sociales informales, es más probable confiar “en la
mayoría de la gente”, pues esto se asemeja a la confianza “particularizada”.
Más difícil es interpretar el fenómeno en los grandes centros urbanos; la
existencia de algunas áreas densamente pobladas relativamente homogéneas desde
el punto de vista social y económico puede ser parte de la explicación.
Al examinar el
modelo de regresión para la pertenencia a organizaciones voluntarias, surge el
hecho destacable de que el nivel educativo es aquí un fuerte predictor,
mientras que no figura entre los factores que explican la confianza. El odds de
pertenecer a una organización entre las personas de educación alta
–universitario completo o incompleto- triplica al de quienes poseen un nivel
educativo bajo –hasta secundario incompleto-. La diferencia es mucho menor para
los encuestados de educación media –de secundario completo hasta terciario
completo-.
La fe religiosa es
la única variable presente en las dos listas de predictores; aquí, los
individuos más religiosos casi duplican el odds de los restantes de pertenecer
a una asociación. Un correlato de este resultado es la importancia, que ya
hemos observado, de las organizaciones religiosas.
El interés por la
política es otra variable de peso: quienes se interesan “mucho” o “bastante”
tienen un odds dos veces mayor de insertarse en una organización que los “nada”
interesados. En otro artículo, mostramos que la pertenencia y el trabajo en
asociaciones civiles –aún excluyendo a los partidos y los sindicatos- se
hallaban relacionados significativamente con el interés por la política (16).
La hipótesis es que la participación en asociaciones, aunque éstas no sean de
naturaleza específicamente política, promueve entre sus integrantes el interés
por la cosa pública. Lo inverso también es plausible: quienes sienten
inclinación por las cuestiones de interés general, tienden a participar más en
organizaciones voluntarias.
Como ocurrió con
los compañeros de trabajo en el modelo de la confianza, encontramos ahora otra
medida de sociabilidad informal: pasar tiempo con amigos. Quienes se reúnen con
amigos todas las semanas, o incluso una o dos veces por mes, se involucran más
en asociaciones que aquellos que lo hacen raramente o nunca.
Por último, un
predictor de la pertenencia a grupos voluntarios es el Índice de Post
Materialismo de Ronald Inglehart. Los encuestados son clasificados como “post
materialistas” si, entre una lista de 12 objetivos, tienden a considerar
importantes cuestiones como aumentar la participación de los ciudadanos,
proteger la libertad de expresión, avanzar hacia una sociedad más humana y
otros semejantes. En cambio, son “materialistas” si tienden a optar por
aspectos como combatir la inflación, mantener el orden de la nación, luchar
contra la delincuencia y similares (17). El índice procura medir un síndrome de
cambios valorativos, que tienen lugar en la sociedad cuando las nuevas
generaciones crecen en un entorno de seguridad material, debido a la
prosperidad económica y la estabilidad política.
En la teoría de
Inglehart, las personas con valores post materialistas –numerosas en los países
industrializados, pero también en algunos estratos sociales de las sociedades
en vías de desarrollo- tienden a priorizar cuestiones vinculadas con la auto
expresión y la calidad de vida, entre ellas una mayor participación, que tiende
a generar niveles elevados de activismo social y político. En nuestro modelo,
en efecto, el odds de pertenecer a organizaciones voluntarias crece un 25% por
cada punto de aumento del índice de post materialismo.
Como comentario
final, debemos hacer notar que la edad no es una variable significativa en
ninguno de los dos modelos. Esto sugiere que el aumento de la participación en
organizaciones voluntarias se está difundiendo entre todos los grupos etarios,
pero que también lo hace la disminución paulatina de la confianza. En otras
palabras, no parecen existir diferencias de capital social entre las distintas
generaciones de argentinos.
Otras formas de capital social
Las acciones
políticas no convencionales han experimentado en
Cuadro
N° 6
Activismo
No Convencional 1984-1999
-En % sobre el total de la población-

Cuadro
N° 7
Activismo
Político No Convencional 1999-2004
-En % sobre el total de la población-

Las relaciones
sociales informales, que, como se ha visto, cumplen un papel en la generación
de confianza y en la participación en organizaciones voluntarias –así como en
el interés por la política-, constituyen una parte importante de la cultura de
los argentinos. El 51% de los entrevistados en 1999 pasaba tiempo con amigos
todas las semanas; el 24% lo hacía con compañeros de trabajo, fuera del
trabajo; el 14% con gente en clubes y asociaciones, y el 18% con personas en
Cuadro
N° 8
Relaciones
Sociales Informales 1999-2004
-En % sobre el total de la población-

Conclusiones
Al examinar la
evolución del capital social de los argentinos desde el retorno de la
democracia, hemos observado que, mientras la participación en organizaciones
voluntarias ha venido aumentando a partir de 1984, la confianza interpersonal
sigue, por el contrario, una línea descendente. La situación puede
caracterizarse como un equilibrio de baja intensidad, con niveles deprimidos de
confianza interpersonal e institucional. La pertenencia a asociaciones se halla
ahora más próxima al promedio internacional, aunque sigue siendo inferior a la
de varios países latinoamericanos; el voluntariado, por su parte, tiene más
camino por recorrer.
La participación se
canaliza fundamentalmente en organizaciones voluntarias tradicionales; las más
importantes son las religiosas, las culturales y las deportivas. A pesar de
representar un pequeño porcentaje de la participación, el mayor crecimiento
corresponde a los grupos ecológicos, seguidos por los religiosos. Las
asociaciones más conectadas con la comunidad son las de derechos humanos.
La confianza
interpersonal y la pertenencia a organizaciones no aparecen relacionadas entre
sí. El análisis sugiere que la confianza entre las personas se ha visto
negativamente afectada por la pérdida de credibilidad en las instituciones
políticas, debido a que esta última ha reducido la confiabilidad percibida del
entorno social.
La confianza se
halla vinculada con formas alternativas de activismo político –petitorios,
manifestaciones, etc.-, que muestran, al mismo tiempo, una evolución
descendente. También depende de características individuales, como la fe
religiosa, la adhesión a valores democráticos y el bienestar.
La pertenencia a organizaciones
voluntarias está influida por el nivel educativo, que no es significativo como
determinante de la confianza. El interés por la política y, nuevamente, la fe
religiosa, promueven asimismo la participación en asociaciones.
Las relaciones sociales
informales, una forma de capital social característica de la cultura argentina,
cumplen su papel en la generación de confianza y de participación, a través de
los encuentros con compañeros de trabajo y las reuniones con amigos.
APÉNDICE
Cuadro
A
Miembros
Activos e Inactivos según
Tipo
de Organización Voluntaria 1984-1995
-En % sobre el total de la población-

Cuadro
B
Pertenencia
y Trabajo Voluntario
según
Tipo de Organización 1991-1999
-En % sobre el total de la población-

Cuadro
C
Participación
en más de una Organización Voluntaria 1984-1999
-En % sobre el total que pertenece, trabaja
o es miembro-

Cuadro
D
Confianza
Interpersonal 1999
Análisis
de Regresión Logística

Cuadro
E
Pertenencia
a Organizaciones Voluntarias 1999
Análisis
de Regresión Logística

Notas
(1) Ver Putnam, Robert: Making Democracy Work: Civic
Traditions in Modern Italy. Princeton University Press, Princeton, 1993.
(2) Ver Newton, Kenneth: “Social Trust: Individual and
Cross-National Approaches”, Portuguese Journal of Social Sciences, Vol. 3, Nº
1, 2004, pp. 15-35. También Uslaner, Eric: The Moral Foundations of Trust.
Cambridge University Press, Cambridge, 2002.
(3) Paxton, Pamela: “Social Capital and Democracy: An
Interdependent Relationship”, American Sociological Review, Vol. 67, N° 2, Apr.
2001, pp. 254-277. La distinción entre organizaciones “conectadas” y “no
conectadas” es equivalente a la realizada por Putnam entre capital social de
tipo “bridging” y “bonding”.
(4) Ver, por ejemplo, Tarrow, Sydney: “Making Social
Science Work Across Space and Time: A Critical Reflection on Robert Putnam’s
Making Democracy Work”, American Political Science Review, 90, pp. 389-397. También
Skocpol, Theda, and Fiorina, Morris (eds.): Civic Engagement in American
Democracy, The Brookings Institution /
Russell Sage Foundation, Washington, 1999.
(5) Se han
completado hasta el presente cuatro ondas de
(6) Instituto
Gallup: Perfil de los Trabajadores Voluntarios, Buenos Aires, 2002.
(7) En el trabajo de
Paxton, la muestra de 46 países arroja que las organizaciones más conectadas
son las pacifistas, de derechos humanos, ecológicas, de acción local, de
derechos de los animales y de salud; las menos conectadas, las sindicales,
deportivas y religiosas.
(8) Torcal, Mariano, and Montero, José Ramón: Facets
of Social Capital in New Democracies. The Formation and consequences of Social
Capital in Spain, Kellogg Institute, Working Paper 259, 1998.
(9) Cavarozzi, Marcelo: Autoritarismo y Democracia
(1955-1983), Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983.
(10) Jorge, José Eduardo: “La confianza interpersonal
en Argentina”, Question Nº 12, primavera 2006.
(11) Ver Delhey, Jan, and Newton, Kenneth: Social
Trust: Global Pattern or Nordic Exceptionalism?, WZB, Berlín, 2004. También
Delhey, Jan, and Newton, Kenneth: Who Trusts? The Originis of Social Trust in
Seven Nations, Social Science Research Center Berlin, Berlín, 2002.
(12) Rothstein, Bo and Stolle, Dietlind: The Quality
of Government and Social Capital: A Theory of Political Institutions and
Generalized Trust, QoG Working Paper Series 2007-2, Goteborg University, 2007.
(13) El odds es una medida proporcional pero no igual a la
probabilidad. Así, por ejemplo, la probabilidad de sacar un tres al tirar el
dado es 1/6, mientras que la probabilidad de no sacar un tres es 5/6. El “odds”
es el cociente de estas probabilidades: 1/6 ÷ 5/6, lo que da 1/5.
(14) Uslaner, op.
Cit.
(15) Jorge, José
Eduardo: “La confianza en las instituciones políticas, la crisis de los
partidos y el rol de los medios”, Question, Vol. 16, diciembre 2007.
(16) Jorge, José
Eduardo: “Factores que influyen en el interés por la política entre los
argentinos. Un análisis basado en evidencia
empírica”, Question, Vol. 17, marzo 2008.
(17) Ver Inglehart, Ronald: Modernization and
Postmodernization. Cultural, Economic, and Political Change in Forty-Three
Societies. Princeton University Press, Princeton, 1997,
pp. 108-130.
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