RADIOGRAFÍA DEL CAPITAL SOCIAL EN ARGENTINA

 

 

José Eduardo Jorge

Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

josjorge@hotmail.com / josjorge@sinectis.com.ar

 

Resumen

Al examinar la evolución del capital social de la Argentina desde el retorno de la democracia, se observa que sus dos componentes principales, la participación en organizaciones voluntarias y la confianza en los demás, han seguido trayectorias divergentes. Mientras la participación en asociaciones aumenta, la confianza disminuye. En el período estudiado, la inserción en organizaciones voluntarias no aparece relacionada causalmente con la confianza. En cambio, los modelos de regresión sugieren que la pérdida de confianza en las instituciones políticas ha tenido el efecto de reducir la confianza entre las personas, al afectar negativamente la confiabilidad percibida del entorno social. La fe religiosa y los valores democráticos son determinantes de la confianza en los demás; el nivel educativo, el interés por la política y, nuevamente, la religión, lo son de la participación cívica.

 

Palabras clave: capital social, confianza, asociaciones civiles, trabajo voluntario, instituciones políticas

 

 

El concepto de capital social se ha convertido en uno de los temas más debatidos de las ciencias sociales y políticas. Durante los últimos años, se han multiplicado los trabajos de investigación teórica y empírica, así como las iniciativas gubernamentales y civiles basadas en el uso de la noción en áreas tan dispares como el desempeño institucional, las políticas de superación de la pobreza o el desarrollo comunitario.

Una situación paradójica es que, si bien no hay acuerdo sobre la naturaleza precisa del capital social –su definición, los elementos que lo integran y sus mecanismos de formación-, existe un grado mayor de consenso sobre la importancia que tendrían para la estabilidad política, el desarrollo económico o el desenvolvimiento social, al menos algunos de los rasgos que se mencionan con frecuencia entre sus componentes.

Para la teoría considerada clásica, desarrollada principalmente por Putnam -apoyándose en trabajos previos de Coleman y en una larga tradición de pensamiento que se remonta a Alexis de Tocqueville-, el capital social se define como el stock de asociaciones voluntarias, confianza y normas de reciprocidad del que dispone la sociedad como recurso para resolver sus problemas de acción colectiva (1).

De acuerdo con esta interpretación, el capital social contiene tanto elementos de la estructura social –las asociaciones- como de la cultura –confianza y normas-. Los tres componentes se influyen recíprocamente: las asociaciones, por ejemplo, promueven la cooperación y la emergencia de normas que la respaldan; éstas incrementan la confianza entre los individuos, que, a su vez, refuerza el círculo virtuoso al inducir un aumento ulterior de la cooperación y la asociación. La dinámica, sin embargo, puede funcionar de manera inversa y dar lugar a un círculo vicioso: si predomina en la sociedad la desconfianza entre las personas, disminuyen la cooperación y el asociacionismo, y ello reduce aún más la confianza.

Este mecanismo conduce a dos posibles estados de equilibrio: uno, de “alta intensidad”, caracterizado por elevados niveles de confianza y densas redes de asociaciones cívicas; otro, de “baja intensidad”, en el que la sociedad se estabiliza en niveles deprimidos de confianza y asociación. En el primer caso, la comunidad tiende a resolver sus problemas colectivos mediante la cooperación; uno de sus resultados es el buen desempeño de las instituciones democráticas. En el segundo, predominan las estrategias individualistas o sectoriales, el desempeño institucional es pobre y, eventualmente, ante la incapacidad de cooperar, la sociedad cae en algún tipo de  “solución” autoritaria. 

Esta teoría, formulada a comienzos de los años noventa, ha sido objeto de diversas críticas en los últimos años. Uno de los puntos cuestionados es la relación que postula entre asociaciones y confianza. Algunos observan que, por el simple hecho de participar en asociaciones, las personas no confiarán más en la “mayoría de la gente” –lo que constituye la confianza “generalizada”, distinta de la confianza “particularizada” en las personas similares a nosotros-. Según esta objeción, si bien los individuos socialmente más activos suelen confiar más, es la confianza la que los lleva a participar y no al revés. La confianza misma, por su parte, ha probado ser un fenómeno elusivo, con una multiplicidad de causas psicológicas, sociales, culturales e institucionales (2). 

Otra cuestión debatida es el vínculo entre asociaciones civiles y democracia. La respetada línea de pensamiento que ve en las organizaciones voluntarias la infraestructura necesaria de la democracia mayor no ha resultado fácil de probar en la práctica. El problema, en buena medida, reside en que es posible que distintos tipos de asociaciones tengan efectos diferenciales sobre la democracia –positivos, negativos o neutros-. Comparando entre países, Inglehart encontró una correlación entre el tiempo en que las instituciones democráticas han funcionado en forma ininterrumpida y el porcentaje de la población que confía en la mayoría de las personas; en cambio, no halló relación entre esa medida de estabilidad democrática y el porcentaje de la población que participa en organizaciones voluntarias. Más recientemente, Paxton observó que la presencia de un tipo específico de asociaciones, las que están conectadas con el resto de la comunidad –es decir, cuyos miembros pertenecen además a otras asociaciones-, está vinculada con niveles más elevados de democracia; las asociaciones aisladas, por el contrario, parecen tener un efecto negativo (3). Autores como Inglehart plantean asimismo que están surgiendo nuevas formas de capital social, como las manifestaciones, los petitorios, los boicots y otras expresiones similares de activismo político y social, que funcionan como alternativas a la inserción en organizaciones voluntarias tradicionales.

Por otra parte, la versión original de la teoría elaborada por Putnam, luego de estudiar durante veinte años el caso de los gobiernos regionales de Italia, tiene un fuerte componente de determinismo histórico. Las diferencias de capital social entre el norte y el sur de la península, que explicaban el desigual desempeño político y económico de esas regiones, parecían remontarse hasta el siglo XII. El cambio institucional acaecido a principios de los años setenta, con la creación de los gobiernos regionales, no había tenido un efecto apreciable, al cabo de dos décadas, sobre los stocks heredados de capital social. Varios investigadores han cuestionado el análisis histórico de este autor, señalando omisiones e inexactitudes. Otros ponen en tela de juicio la idea de que la fuente principal de formación de capital social sea la misma sociedad, y plantean la tesis de que el Estado, a través de las instituciones políticas, tiene la capacidad de crearlo o destruirlo (4). 

A pesar de estas y otras objeciones, el trabajo de Putnam y los estudios de él derivados permanecen como el cuerpo de teoría predominante y el marco conceptual a cuyo alrededor gira la mayor parte de los debates.

El caso argentino puede describirse, dentro de este esquema de análisis, como un ejemplo de equilibrio de baja intensidad. Aun así, en un contexto general de reducida confianza entre las personas y en las instituciones, el stock de capital social ha experimentado algunas variaciones desde la recuperación de la democracia, y en sentidos no siempre consistentes, a primera vista, con la corriente teórica principal. Según los datos disponibles, mientras la participación en organizaciones voluntarias ha aumentado en los últimos años, la confianza en la mayoría de las personas viene descendiendo desde el nivel ya deprimido registrado en 1984. La confianza en las instituciones muestra asimismo un marcado declive desde la instauración de la democracia; también ha disminuido, aunque en menor medida, el activismo político no convencional. 

En este trabajo analizamos, utilizando las bases de datos de la Encuesta Mundial de Valores (5), la evolución y estructura de algunos de los principales rasgos del capital social en la Argentina. Examinamos en detalle la pertenencia a organizaciones voluntarias, el trabajo voluntario y la confianza interpersonal, comparamos su magnitud con la de otros países e indagamos, mediante modelos de regresión, sus factores causales entre los argentinos. También exploramos otras formas de capital social, como el activismo no convencional y las relaciones sociales informales. 

 

La participación en organizaciones voluntarias

Las sucesivas ondas de la Encuesta Mundial de Valores permiten apreciar la evolución del asociacionismo en Argentina y cotejar su magnitud con la de otros países. Aunque los cambios en la formulación de las preguntas limitan las comparaciones entre ondas, los resultados muestran con claridad un incremento de la participación en organizaciones voluntarias. Como se observa en el Cuadro N° 1, casi un 57% de los argentinos entrevistados en 1995 declaró ser “miembro” –activo o inactivo- de al menos una organización, frente a un 33% que lo había hecho en 1984. En el mismo período, los miembros “activos” crecieron del 19% al 34%.

 

Cuadro N° 1

Participación en Organizaciones Voluntarias 1984-1999

-En % sobre el total de la población-

 

En los relevamientos de 1991 y 1999 la encuesta preguntó sobre la “pertenencia” y el “trabajo voluntario” en asociaciones. Los argentinos que pertenecen a una o más organizaciones aumentaron del 23% al 42%; los que trabajan en forma voluntaria, del 16% al 23%. Estos datos son consistentes con otras mediciones: según un estudio de Gallup, los argentinos que llevaron a cabo algún tipo de actividad voluntaria aumentaron del 20% en 1997 al 26% en 2000 y al 32% en 2001 (6).

La participación tiene lugar principalmente en organizaciones de tipo tradicional, encabezadas por las religiosas y seguidas por las vinculadas con la cultura y el deporte. En 1999, casi el 16% de los argentinos dijo pertenecer a alguna organización religiosa, mientras el 9% trabajaba en ellas en forma voluntaria (Cuadro N° 2). Sólo el 4,5% declaró pertenecer a un partido político y apenas el 2,5% a un sindicato; estas cifras muestran que, a pesar de sus masivas afiliaciones, ni los partidos ni los gremios suscitan sentimientos de pertenencia entre sus miembros formales.

A las asociaciones relacionadas con la “nueva política” –las ecológicas, de derechos humanos, feministas y pacifistas-, que en muchos países desarrollados atraen especialmente a las generaciones jóvenes, pertenece en total el 3,6% de los argentinos, es decir, algo más del 8% de quienes se insertan en alguna organización. El grueso de esta participación se concentra en las entidades ecológicas. 

 

Cuadro N° 2

Pertenencia y Trabajo Voluntario

según Tipo de Organización 1991-1999

-En % sobre el total de la población-

 

El crecimiento general del asociacionismo se extiende a casi todos los tipos de organización. En términos relativos, sin embargo, la mayor tasa de aumento en los porcentajes de pertenencia corresponde a los grupos ecológicos, que pasan del 0,3% en 1991 al 2,2% en 1999, un incremento de más del 600%. Le siguen las organizaciones de acción local (153%), las religiosas (117%) y las de la tercera edad (100%). Los datos de 1984 y 1995, con una lista menos numerosa de asociaciones, reflejan asimismo una fuerte expansión de los grupos ecológicos y religiosos (ver Cuadros A y B del Apéndice).

La afiliación múltiple -la proporción de argentinos que participa en más de una organización- también sube cuando se mide a través de la membresía activa o inactiva, pero no cuando se pregunta por la pertenencia (Cuadro C del Apéndice).

Haciendo un balance de las ondas 1999 y 1991, la mayor proporción de afiliaciones múltiples se presenta en cuatro tipos específicos de asociaciones: derechos humanos, mujer, acción local y salud. Este tipo de organizaciones “conectadas”, cuyos miembros participan además de otras asociaciones –y, de este modo, tienden puentes entre los diversos grupos sociales-, serían las que, según el estudio de Paxton, tienen efectos positivos para la democracia. La menor densidad de afiliaciones múltiples –que caracteriza a las organizaciones menos conectadas- se observa en las entidades religiosas, deportivas, culturales y sindicales. Estos resultados coinciden en gran parte con los encontrados por Paxton en su investigación sobre 46 países, que incluye a la Argentina (7). Sin embargo, como veremos más adelante, la religión constituye entre los argentinos un factor generador tanto de confianza como de participación cívica. 

¿Cuál es el nivel de participación en asociaciones voluntarias de los argentinos, cuando se examina en el contexto internacional? El Cuadro N° 3 presenta los datos de una selección de países de América Latina, Europa Occidental, Europa del Este, América del Norte y Este de Asia.

 

Cuadro N° 3

Participación en Organizaciones Voluntarias

Periodo 1999-2004

-En % sobre el total de la población-

 

En esta lista, las sociedades con los índices superiores de asociacionismo son Estados Unidos, Canadá y las tres naciones escandinavas -Suecia, Dinamarca y Finlandia-, con cifras de pertenencia que van del 75% al 96% de la población. En el resto de Europa Occidental, España se destaca por un nivel de participación sumamente bajo, igual que la mayoría de las sociedades de Europa del Este, con excepción de la República Checa. Son asimismo reducidos, aunque no en la misma magnitud, los indicadores de Francia e Italia.

La proporción de argentinos que pertenecen al menos a una organización es inferior en un 21% al promedio de la lista; la de quienes realizan trabajo voluntario, un 33% menor. Los niveles asociativos de nuestro país –especialmente en materia de voluntariado- también resultan bajos al cotejarlos con los que muestran otros países latinoamericanos.

Parte de la explicación de esta relativa debilidad de la sociedad civil argentina, aún después de muchos años de democracia, debe buscarse en los efectos destructivos de la última dictadura militar, y puede extenderse en forma plausible al período de inestabilidad institucional y conflictividad social y política iniciado con el golpe de 1955. Como surge de la experiencia histórica de otras sociedades –entre las cuales España es un ejemplo ilustrativo-, la inestabilidad política y los regímenes autoritarios constituyen uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de organizaciones civiles autónomas y de normas de cooperación y solidaridad (8).

El terrorismo de Estado instaurado por el Proceso militar, que implicó la prohibición y represión de un sinnúmero de actividades asociativas, así como la implantación del miedo y la censura, tuvo como lógico resultado la extensión de la apatía, el refugio en la vida privada y la atomización social. Autores como Cavarozzi han señalado, sin embargo, que las pautas culturales autoritarias ya se hallaban difundidas en la sociedad al producirse el golpe de 1976, y contribuyen a explicar la aquiescencia y el respaldo nada despreciables con que contó el régimen (9). Las causas se remontan posiblemente al período inaugurado en 1955, signado por la proscripción del peronismo, los frágiles gobiernos civiles y el intento final, a partir de 1966, de instaurar un régimen autoritario de duración indefinida.

El sistema democrático, con sus libertades de expresión, organización y acción política y social, genera las condiciones apropiadas para el surgimiento y la difusión de las asociaciones voluntarias, si bien las crisis económicas –que la Argentina ha experimentado en forma recurrente en los últimos 30 años- también parecen desalentar, como se ha observado en otros países, el desarrollo de la sociedad civil.

El aumento del asociacionismo a partir de 1984 representa, en conclusión, una recuperación del tejido cívico posibilitada por el marco institucional de la democracia, luego de la desintegración social provocada por el Proceso. De la oposición a esa cruenta dictadura surgió, empero, el movimiento de los derechos humanos, que ha instalado en la cultura política argentina un concepto hasta entonces relegado, y dado origen a una clase de organizaciones voluntarias que, por la densidad de sus relaciones comunitarias, cumplen un rol trascendente para profundizar y mejorar la calidad de la democracia.

 

La confianza interpersonal

El otro componente central del capital social es la llamada “confianza interpersonal”, que se mide habitualmente preguntando a los encuestados si confían “en la mayoría de las personas”. Se trata, pues, de confianza “generalizada”, que depositamos en personas distintas de nosotros, no de la confianza “particularizada” que tenemos en gente próxima a nosotros, como los familiares y los amigos. Aunque a esta última se le atribuyen consecuencias positivas -especialmente para el individuo-, la mayoría de los efectos favorables que se han postulado sobre la estabilidad política, el crecimiento económico a largo plazo y la cooperación social a gran escala, se refieren a la confianza generalizada (10).

Argentina, igual que el resto de América Latina, se caracteriza por niveles muy bajos de confianza “en la mayoría de las personas”. Brasil, sin embargo, es un caso excepcional, tanto en la región como en el mundo: en los últimos diez años, la proporción de brasileños que confía en los demás ha oscilado entre el 2% y el 6%.

En casi todas las sociedades, la confianza tiende a ser un rasgo muy estable, aunque suelen producirse variaciones significativas en el largo plazo, así como fluctuaciones bruscas a corto plazo debido a cambios en el contexto social, económico o político. Con los datos de la Encuesta Mundial de Valores y del Estudio Latinobarómetro es posible construir para nuestro país una serie que se extiende desde 1984 hasta 2007 (Gráfico N° 1). Al inicio de la serie, el 27% de los argentinos decía confiar en los demás. Como refleja la línea de tendencia del gráfico, la confianza ha evolucionado siguiendo una trayectoria descendente, en medio de fluctuaciones que alcanzaron un piso de 11% en el año 2000.

 

Gráfico N° 1

Evolución de la Confianza Interpersonal en Argentina 1984-2007

-% de la población que confía “en la mayoría de las personas”-

Fuente: Encuesta Mundial de Valores y Estudio Latinobarómetro.

 

Una primera observación, sobre la que volveremos enseguida, es que, en el período analizado, la evolución del asociacionismo y de la confianza ha sido divergente: mientras el primero aumenta, la segunda disminuye. Naturalmente, esto no refuta sin más la idea de que la participación en organizaciones voluntarias promueve la confianza –es posible que el proceso insuma tiempo, otros factores podrían estar contrarrestando los efectos positivos del asociacionismo, etc.-, pero muestra desde ahora la complejidad del fenómeno.

Comparemos primero el nivel de confianza de la Argentina con el de otros países (Cuadro N° 4). El dato de nuestro país corresponde al año 1999. Es sabido que las sociedades con los indicadores más elevados de confianza son las escandinavas. Aquí, el 67% de los daneses, el 66% de los suecos y el 58% de los finlandeses confían en los demás. Recientemente se ha descubierto que también China es una nación con alta confianza; en esta tabla, su porcentaje es del 55%. Europa (con la excepción de Francia), Estados Unidos y Canadá, se ubican en un nivel intermedio. Los países latinoamericanos y los de Europa del Este tienen, como Filipinas, los porcentajes más bajos de nuestra lista. 

 

Cuadro 4

Confianza Interpersonal 1999-2004

-% de la población que confía en la mayoría de las personas-

 

Entre los factores propuestos como explicativos de las diferencias de confianza observadas entre las naciones, los más importantes son la homogeneidad cultural –étnica, religiosa, lingüística-, el nivel y distribución de la riqueza económica -ingreso por habitante, equidad en la distribución del ingreso-, la calidad del gobierno –nivel de democracia, desempeño de las instituciones, honestidad de los funcionarios-, las normas morales específicas provenientes de la religión y la densidad de asociaciones civiles. Desarrollando modelos de regresión con datos de una muestra de 60 países, Delhey y Newton lograron predecir los niveles de confianza a partir de estas variables, con excepción de las asociaciones voluntarias, que no resultaron significativas (11). Las naciones escandinavas reúnen casi todas estas condiciones simultáneamente. Una cuestión a considerar, sin embargo, es su elevada homogeneidad étnica, pues es más sencillo confiar en los demás cuando todos son semejantes a nosotros –una característica de la confianza particularizada-. Los problemas surgidos recientemente con la inmigración en algunos de estos países plantean interrogantes en ese sentido.  

 

Un análisis causal

Nuestro propósito en este trabajo no es efectuar un análisis sobre una muestra de sociedades, sino indagar las causas de la confianza y de la pertenencia a organizaciones voluntarias de los argentinos en el nivel individual. Intentamos determinar, entre otras cosas, si la participación en organizaciones voluntarias está efectivamente vinculada con la confianza en los demás, cualquiera sea la dirección causal.

Para orientarnos en nuestra exploración sobre la confianza, recurrimos a una variedad de teorías, pues numerosos estudios muestran que todas contribuyen a una parte de la explicación. La confianza puede ser concebida, por un lado, como una característica del individuo, producto de su socialización temprana –y, por lo tanto, de su personalidad- o de su circunstancia social: clase, ingreso, educación, edad, etc. Un tercer enfoque consiste en entenderla como un atributo de la sociedad, no de los individuos. Desde este punto de vista, al responder si confían o no en la mayoría de las personas, los individuos no expresarían un rasgo de su personalidad o de su situación social: realizarían una evaluación de la “confiabilidad” del entorno social. La confianza sería así una propiedad colectiva, encarnada en y sustentada por la comunidad, la cultura y las instituciones. La confianza en las instituciones no sería, como suele proponerse, un simple reflejo y consecuencia de la confianza interpersonal. Las instituciones –en la medida que sean o no democráticas, eficaces, justas, imparciales u honestas- tendrían la capacidad de crear o destruir la confianza generalizada entre las personas. Es probable que exista influencia recíproca: la confianza interpersonal facilitaría el desarrollo de buenas instituciones y éstas, a su vez, contribuirían a fortalecer y expandir la confianza. 

Rothstein y Stolle presentaron en 2007 una “teoría institucional de la confianza”, según la cual las instituciones más importantes para la confianza interpersonal no serían las de carácter político-partidario –el gobierno, el parlamento, los partidos-, sino las vinculadas a la estructura administrativa del Estado, como la justicia, la policía y los empleados públicos (12).

En nuestro estudio, hemos procurado contrastar estas hipótesis elaborando un modelo de regresión logística de la confianza a partir de la Base Argentina 1999 de la Encuesta Mundial de Valores, que es la más íntegra y exhaustiva de las cuatro disponibles. Al mismo tiempo, efectuamos una regresión logística de la pertenencia a organizaciones voluntarias. Los resultados generales, con la lista de las variables estadísticamente significativas, se presentan en el Cuadro N° 5; el detalle de los modelos de regresión se encuentra en los Cuadros D y E del Apéndice.

 

Cuadro 5

Predictores de la Confianza Interpersonal y la

Pertenencia a Organizaciones Voluntarias (Argentina 1999)

Análisis de Regresión Logística

 

La primera conclusión es que ni la pertenencia ni el trabajo en organizaciones voluntarias aparecen entre los predictores de la confianza, ni ésta entre los predictores de la pertenencia a organizaciones. En el modelo de regresión de la confianza, no alcanzan significación estadística ni el número de asociaciones voluntarias a las que pertenece o en las que trabaja el entrevistado, ni la combinación de estas dos variables, ni las dicotomías “pertenecer o no” y “trabajar o no” en una organización. Tampoco son significativas las variables que clasifican a las organizaciones como “conectadas” y “no conectadas”, o “políticas” –partidos, sindicatos, asociaciones profesionales- y “sociales” –deportivas, locales, de la mujer, etc.-.

En cambio, surge como un predictor de la confianza el activismo político no convencional, que mide la participación en manifestaciones, petitorios, huelgas y otras acciones que, como señalamos antes, algunos autores consideran formas de capital social alternativas a las asociaciones voluntarias. Para las personas que han realizado al menos una de estas acciones, el odds de confiar en los demás duplica al de aquellos que no la han efectuado (13). ¿Cómo explicar esta relación? Los vínculos que se establecen entre los manifestantes, por ejemplo, no tienen la estabilidad ni la continuidad que caracteriza a los de los miembros de las asociaciones voluntarias. Una posibilidad es que las personas que desarrollan este tipo de acciones tengan la firme creencia de que, por ese medio, pueden alcanzar fines deseables y cambiar la realidad para mejorarla. Serían, pues, “optimistas”, en el sentido de que creen que tienen la capacidad de controlar su vida y mejorar las cosas a través de sus propias acciones. Este sentimiento de optimismo y control ha sido mencionado como una característica de las personas que confían (14). Además, el hecho de haber participado y comprobado los efectos de sus acciones, puede haber reforzado su sentimiento de control.

Entre las medidas tradicionales de capital social, sólo una, referida a las relaciones sociales informales –la frecuencia con que se pasa tiempo con los compañeros de trabajo-, se halla entre los predictores de la confianza.

Como sugieren las teorías institucionales de la confianza, figuran en nuestra lista dos medidas de percepción de la “confiabilidad” del entorno sociopolítico: la calificación del “sistema político” –en una escala de 1 a 10- y la percepción de que en el país hay “mucho” o “algún” respeto por los derechos humanos. Para quienes creen que en la Argentina se respetan los derechos humanos, el odds de confiar en los demás es 1,7 veces mayor que el del resto. Asimismo, el odds de confiar aumenta un 12% por cada punto adicional con que el entrevistado califica positivamente al sistema político “como está en la actualidad”. No es significativa la confianza en las instituciones propuestas por Rothstein y Stolle, en nuestro caso la policía y los funcionarios públicos –pues en 1999 no se preguntó por la confianza en la justicia.

Estos resultados son de gran importancia, pues en el caso de la Argentina la pérdida de confianza en las instituciones está claramente asociada a las crisis económicas, sociales y políticas de los últimos años. Como apuntamos en otro artículo (15), en 1984, con el regreso de la democracia, las instituciones gozaban de un elevado grado de credibilidad. Ese año, por ejemplo, el 73% de los argentinos confiaba en el parlamento; esta cifra se desplomó al 17% en la siguiente medición de 1991 y desde entonces no se ha recuperado. El mismo fenómeno, aunque en forma aún más pronunciada, se presenta con los partidos políticos. No parece plausible, en este contexto, el mecanismo que explicaría el declive de la confianza en las instituciones por la caída de la confianza interpersonal. Todo sugiere el efecto contrario: la pérdida de confianza en las instituciones ha afectado negativamente la confianza entre los argentinos.

El modelo muestra además la relevancia de una serie de características individuales. Una es la fe religiosa, que refleja la influencia de preceptos morales: los entrevistados que la eligieron entre una lista de cualidades deseables en la formación de los niños tienden a confiar más que los demás. Lo mismo ocurre con los encuestados que obtienen puntajes altos en una escala de Adhesión a Valores Democráticos, según su grado de desacuerdo con las siguientes frases: "En democracia, el sistema económico funciona mal"; "Las democracias son indecisas y hay mucha disputa"; "Las democracias no son buenas para mantener el orden". Como las personas que poseen valores democráticos tienden a estar en desacuerdo con las tres frases, el índice promedio varía entre 1 –total acuerdo con las tres proposiciones y mínima adhesión a valores democráticos- y 4 –total desacuerdo y adhesión máxima-. Cuanto más elevado es el valor del índice, mayor es la probabilidad de que la persona confíe en los demás.

Otras variables se refieren a atributos del individuo que dependen de su situación social. De acuerdo con una teoría, las personas que han salido airosas en la vida y gozan de bienestar, tienden a confiar más. En nuestro modelo, quienes poseen empleos de tiempo completo y los que se consideran a sí mismos pertenecientes a la “clase media alta”, tienen más probabilidad de manifestar confianza generalizada. El nivel de ingreso del encuestado, en cambio, no es significativo. La misma hipótesis señala que los divorciados o separados deberían confiar menos que los casados; curiosamente, empero, la regresión arroja aquí el resultado opuesto.

Un resultado sugestivo es que la exposición elevada a la televisión –más de tres horas diarias durante los días de semana- está asociada negativamente a la confianza: el odds de confiar para quienes miran mucha TV es poco más que la mitad del odds de quienes miran menos de tres horas diarias. Permanecer demasiado tiempo en la casa mirando televisión tendría el efecto de aislar al individuo, reduciendo sus contactos sociales, su inserción en organizaciones y su confianza en los demás.

Finalmente, en las localidades muy pequeñas -y también, aunque en menor medida, en los aglomerados urbanos más populosos-, la probabilidad de confiar es mayor que en el resto de las ciudades. En las ciudades chicas, donde “todo el mundo se conoce” y funcionan los controles sociales informales, es más probable confiar “en la mayoría de la gente”, pues esto se asemeja a la confianza “particularizada”. Más difícil es interpretar el fenómeno en los grandes centros urbanos; la existencia de algunas áreas densamente pobladas relativamente homogéneas desde el punto de vista social y económico puede ser parte de la explicación. 

Al examinar el modelo de regresión para la pertenencia a organizaciones voluntarias, surge el hecho destacable de que el nivel educativo es aquí un fuerte predictor, mientras que no figura entre los factores que explican la confianza. El odds de pertenecer a una organización entre las personas de educación alta –universitario completo o incompleto- triplica al de quienes poseen un nivel educativo bajo –hasta secundario incompleto-. La diferencia es mucho menor para los encuestados de educación media –de secundario completo hasta terciario completo-.

La fe religiosa es la única variable presente en las dos listas de predictores; aquí, los individuos más religiosos casi duplican el odds de los restantes de pertenecer a una asociación. Un correlato de este resultado es la importancia, que ya hemos observado, de las organizaciones religiosas.

El interés por la política es otra variable de peso: quienes se interesan “mucho” o “bastante” tienen un odds dos veces mayor de insertarse en una organización que los “nada” interesados. En otro artículo, mostramos que la pertenencia y el trabajo en asociaciones civiles –aún excluyendo a los partidos y los sindicatos- se hallaban relacionados significativamente con el interés por la política (16). La hipótesis es que la participación en asociaciones, aunque éstas no sean de naturaleza específicamente política, promueve entre sus integrantes el interés por la cosa pública. Lo inverso también es plausible: quienes sienten inclinación por las cuestiones de interés general, tienden a participar más en organizaciones voluntarias.

Como ocurrió con los compañeros de trabajo en el modelo de la confianza, encontramos ahora otra medida de sociabilidad informal: pasar tiempo con amigos. Quienes se reúnen con amigos todas las semanas, o incluso una o dos veces por mes, se involucran más en asociaciones que aquellos que lo hacen raramente o nunca.

Por último, un predictor de la pertenencia a grupos voluntarios es el Índice de Post Materialismo de Ronald Inglehart. Los encuestados son clasificados como “post materialistas” si, entre una lista de 12 objetivos, tienden a considerar importantes cuestiones como aumentar la participación de los ciudadanos, proteger la libertad de expresión, avanzar hacia una sociedad más humana y otros semejantes. En cambio, son “materialistas” si tienden a optar por aspectos como combatir la inflación, mantener el orden de la nación, luchar contra la delincuencia y similares (17). El índice procura medir un síndrome de cambios valorativos, que tienen lugar en la sociedad cuando las nuevas generaciones crecen en un entorno de seguridad material, debido a la prosperidad económica y la estabilidad política.

En la teoría de Inglehart, las personas con valores post materialistas –numerosas en los países industrializados, pero también en algunos estratos sociales de las sociedades en vías de desarrollo- tienden a priorizar cuestiones vinculadas con la auto expresión y la calidad de vida, entre ellas una mayor participación, que tiende a generar niveles elevados de activismo social y político. En nuestro modelo, en efecto, el odds de pertenecer a organizaciones voluntarias crece un 25% por cada punto de aumento del índice de post materialismo.

Como comentario final, debemos hacer notar que la edad no es una variable significativa en ninguno de los dos modelos. Esto sugiere que el aumento de la participación en organizaciones voluntarias se está difundiendo entre todos los grupos etarios, pero que también lo hace la disminución paulatina de la confianza. En otras palabras, no parecen existir diferencias de capital social entre las distintas generaciones de argentinos.

 

Otras formas de capital social

Las acciones políticas no convencionales han experimentado en la Argentina una tendencia declinante. En 1984, el 35% de los argentinos declaró haber firmado un petitorio; en 1999, la cifra había bajado al 23%. En el mismo período, los entrevistados que participaron de una manifestación se redujeron del 23% al 13%. Mientras la participación en organizaciones voluntarias aumenta, estas formas alternativas de capital social se hallan en disminución. En general, el porcentaje de quienes realizaron al menos una acción política no convencional cayó del 37% al 28%, si bien se registró un resurgimiento del activismo en 1995 (Cuadro N° 6). Los niveles de activismo de los argentinos se ubican bastante por debajo del promedio internacional (Cuadro N° 7).

 

Cuadro N° 6

Activismo No Convencional 1984-1999

-En % sobre el total de la población-

 

Cuadro 7

Activismo Político No Convencional 1999-2004

-En % sobre el total de la población-

 

Las relaciones sociales informales, que, como se ha visto, cumplen un papel en la generación de confianza y en la participación en organizaciones voluntarias –así como en el interés por la política-, constituyen una parte importante de la cultura de los argentinos. El 51% de los entrevistados en 1999 pasaba tiempo con amigos todas las semanas; el 24% lo hacía con compañeros de trabajo, fuera del trabajo; el 14% con gente en clubes y asociaciones, y el 18% con personas en la Iglesia. Estos indicadores son equivalentes a las medias internacionales (Cuadro N° 8).

 

Cuadro N° 8

Relaciones Sociales Informales 1999-2004

-En % sobre el total de la población-

 

Conclusiones

Al examinar la evolución del capital social de los argentinos desde el retorno de la democracia, hemos observado que, mientras la participación en organizaciones voluntarias ha venido aumentando a partir de 1984, la confianza interpersonal sigue, por el contrario, una línea descendente. La situación puede caracterizarse como un equilibrio de baja intensidad, con niveles deprimidos de confianza interpersonal e institucional. La pertenencia a asociaciones se halla ahora más próxima al promedio internacional, aunque sigue siendo inferior a la de varios países latinoamericanos; el voluntariado, por su parte, tiene más camino por recorrer.

La participación se canaliza fundamentalmente en organizaciones voluntarias tradicionales; las más importantes son las religiosas, las culturales y las deportivas. A pesar de representar un pequeño porcentaje de la participación, el mayor crecimiento corresponde a los grupos ecológicos, seguidos por los religiosos. Las asociaciones más conectadas con la comunidad son las de derechos humanos.

La confianza interpersonal y la pertenencia a organizaciones no aparecen relacionadas entre sí. El análisis sugiere que la confianza entre las personas se ha visto negativamente afectada por la pérdida de credibilidad en las instituciones políticas, debido a que esta última ha reducido la confiabilidad percibida del entorno social.  

La confianza se halla vinculada con formas alternativas de activismo político –petitorios, manifestaciones, etc.-, que muestran, al mismo tiempo, una evolución descendente. También depende de características individuales, como la fe religiosa, la adhesión a valores democráticos y el bienestar.

La pertenencia a organizaciones voluntarias está influida por el nivel educativo, que no es significativo como determinante de la confianza. El interés por la política y, nuevamente, la fe religiosa, promueven asimismo la participación en asociaciones.

Las relaciones sociales informales, una forma de capital social característica de la cultura argentina, cumplen su papel en la generación de confianza y de participación, a través de los encuentros con compañeros de trabajo y las reuniones con amigos.

 

APÉNDICE

 

Cuadro A

Miembros Activos e Inactivos según

Tipo de Organización Voluntaria 1984-1995

-En % sobre el total de la población-

Cuadro B

Pertenencia y Trabajo Voluntario

según Tipo de Organización 1991-1999

-En % sobre el total de la población-

Cuadro C

Participación en más de una Organización Voluntaria 1984-1999

-En % sobre el total que pertenece, trabaja o es miembro-

 

Cuadro D

Confianza Interpersonal 1999

Análisis de Regresión Logística

 

Cuadro E

Pertenencia a Organizaciones Voluntarias 1999

Análisis de Regresión Logística

 

 

Notas

(1) Ver Putnam, Robert: Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton University Press, Princeton, 1993.

(2) Ver Newton, Kenneth: “Social Trust: Individual and Cross-National Approaches”, Portuguese Journal of Social Sciences, Vol. 3, Nº 1, 2004, pp. 15-35. También Uslaner, Eric: The Moral Foundations of Trust. Cambridge University Press, Cambridge, 2002.

(3) Paxton, Pamela: “Social Capital and Democracy: An Interdependent Relationship”, American Sociological Review, Vol. 67, N° 2, Apr. 2001, pp. 254-277. La distinción entre organizaciones “conectadas” y “no conectadas” es equivalente a la realizada por Putnam entre capital social de tipo “bridging” y “bonding”.

(4) Ver, por ejemplo, Tarrow, Sydney: “Making Social Science Work Across Space and Time: A Critical Reflection on Robert Putnam’s Making Democracy Work”, American Political Science Review, 90, pp. 389-397. También Skocpol, Theda, and Fiorina, Morris (eds.): Civic Engagement in American Democracy,  The Brookings Institution / Russell Sage Foundation, Washington, 1999.

(5) Se han completado hasta el presente cuatro ondas de la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey): 1981-84, que se extendió a 22 sociedades; 1990-91 (43 sociedades), 1995-98 (55) y 1999-2001 (65). La Argentina fue relevada en las cuatro ondas, en los años 1984, 1991, 1995 y 1999. Nuestros procesamientos se efectuaron sobre la base integrada de 268.000 casos editada en 2006: The European Values Study Foundation and World Values Survey Association: “European and World Values Surveys Four-Wave Integrated Data File, 1981-2004”, v.20060423, 2006.

(6) Instituto Gallup: Perfil de los Trabajadores Voluntarios, Buenos Aires, 2002.

(7) En el trabajo de Paxton, la muestra de 46 países arroja que las organizaciones más conectadas son las pacifistas, de derechos humanos, ecológicas, de acción local, de derechos de los animales y de salud; las menos conectadas, las sindicales, deportivas y religiosas. 

(8) Torcal, Mariano, and Montero, José Ramón: Facets of Social Capital in New Democracies. The Formation and consequences of Social Capital in Spain, Kellogg Institute, Working Paper 259, 1998.

(9) Cavarozzi, Marcelo: Autoritarismo y Democracia (1955-1983), Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983. 

(10) Jorge, José Eduardo: “La confianza interpersonal en Argentina”, Question Nº 12, primavera 2006. 

(11) Ver Delhey, Jan, and Newton, Kenneth: Social Trust: Global Pattern or Nordic Exceptionalism?, WZB, Berlín, 2004. También Delhey, Jan, and Newton, Kenneth: Who Trusts? The Originis of Social Trust in Seven Nations, Social Science Research Center Berlin, Berlín, 2002.

(12) Rothstein, Bo and Stolle, Dietlind: The Quality of Government and Social Capital: A Theory of Political Institutions and Generalized Trust, QoG Working Paper Series 2007-2, Goteborg University, 2007.

(13) El odds es una medida proporcional pero no igual a la probabilidad. Así, por ejemplo, la probabilidad de sacar un tres al tirar el dado es 1/6, mientras que la probabilidad de no sacar un tres es 5/6. El “odds” es el cociente de estas probabilidades: 1/6 ÷ 5/6, lo que da 1/5.

(14) Uslaner, op. Cit.

(15) Jorge, José Eduardo: “La confianza en las instituciones políticas, la crisis de los partidos y el rol de los medios”, Question, Vol. 16, diciembre 2007. 

(16) Jorge, José Eduardo: “Factores que influyen en el interés por la política entre los argentinos. Un análisis basado en evidencia empírica”, Question, Vol. 17, marzo 2008. 

(17) Ver Inglehart, Ronald: Modernization and Postmodernization. Cultural, Economic, and Political Change in Forty-Three Societies. Princeton University Press, Princeton, 1997, pp. 108-130. 

 

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