LAS RUTINAS DE SEGURIDAD DE LOS GRUPOS DESAVENTAJADOS

EN LA PERIFERIA DE LA CIUDAD DE LA PLATA (*)

 

 

Esteban Rodríguez

Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

rodriguezalzueta@yahoo.com.ar

 

 

Resumen

Uno de los sectores sociales más perjudicados por el delito, sino el más afectado de todos, por las condiciones materiales en las que se encuentra, es el que reconocemos con los nombres de “vulnerables” o “marginales”, que en este trabajo llamaremos sectores “desaventajados”. Estos grupos son objeto de diferentes hechos de violencia, cada vez más violentos y cada vez más periódicos. Situaciones relevadas como problemáticas, que generan inseguridad entre los habitantes de los barrios de las periferias urbanas. Pero estos sectores marginales se vuelven más desaventajados aún si se tiene en cuenta la imposibilidad para acceder a las agencias judiciales o policiales previstas por el Estado para canalizar (plantear y resolver) dichos conflictos. Sin embargo, el hecho de que estos sectores no puedan acceder a los tribunales o la policía no se haga presente en el barrio ante el reclamo de los vecinos, no significa que tengan que resignarse a las circunstancias que les tocó, no implica que no intenten enfrentar las situaciones problemáticas de otra manera, apelando a otras acciones que, poco a poco, como enseguida se verá, empezarán a formar parte del repertorio cotidiano. El objeto de la investigación que estamos desarrollando, pretende estudiar las diferentes estrategias cotidianas que ponen en juego los grupos desaventajados de un barrio periférico para hacer frente a las situaciones problemáticas percibidas como inseguras.

 

Palabras clave: seguridad ciudadana - estrategias sociales y grupos desaventajados.

 

 

1. Las estrategias vistas desde la perspectiva de los actores

Uno de los sectores sociales más perjudicados por el delito, sino el más afectado de todos, por las condiciones materiales en las que se encuentra (1), es el que reconocemos con los nombres de “vulnerables” o “marginales”, que en este trabajo llamaremos sectores “desaventajados (2).Estos grupos son objeto de diferentes hechos de violencia, cada vez más violentos y cada vez más periódicos (3). Situaciones relevadas como problemáticas, que generan inseguridad entre los habitantes de los barrios de las periferias urbanas (4).

Pero estos sectores marginales se vuelven más desaventajados aún si se tiene en cuenta la imposibilidad para acceder a las agencias judiciales o policiales previstas por el Estado para canalizar (plantear y resolver) dichos conflictos.

Hasta ahora “el derecho a la justicia” en los sectores populares ha sido abordado desde arriba, es decir, desde la perspectiva del Estado. De allí que la problemática haya sido tematizada como “acceso a la justicia”. En ese sentido, se tendrá dicho, que los pobres al no tener los recursos y la información necesarios para acceder a la justicia no pueden resolver sus problemas.

Sin embargo, el hecho de que estos sectores no puedan acceder a los tribunales o la policía no se haga presente en el barrio ante el reclamo de los vecinos, no significa que tengan que resignarse a las circunstancias que les tocó, no implica que no intenten enfrentar las situaciones problemáticas de otra manera, apelando a otras acciones que, poco a poco, como enseguida se verá, empezarán a formar parte del repertorio cotidiano.

En efecto, un lugar común en la teoría social en general a la hora de estudiar a los “pobres” es abordarlos negativamente, a partir de los que les falta, definirlos por sus carencias: los pobres no tienen trabajo, no tienen salud, no tienen educación, no tienen identidades, no tienen vivienda digna y no tienen justicia. Casi nunca los estudiamos en un sentido positivo, es decir, desde lo que tienen. Sin embargo, cuando analizamos las prácticas que desarrollan para encarar estas situaciones problemáticas nos damos cuenta que estos sectores tienen otras cosas. En efecto, cuando estudiamos a estos sectores desde las estrategias que desarrollan para la reproducción de la sociabilidad en la pobreza, podemos advertir que además de víctimas (objetos de…) son protagonistas (sujetos de…) de prácticas a partir de las cuales movilizan experiencias y repertorios previos.

Recuperar el punto de vista de los actores involucrados, como sugiere Clifford Geertz (1997), implica situarnos en la posición y en el conjunto de relaciones desde las cuales las prácticas, las evaluaciones y las creencias sobre la resolución de problemas son construidas e intentar entenderlas desde el punto de vista de esta ubicación (5).

En ese sentido, si miramos de cerca, teniendo en cuenta la perspectiva de los actores involucrados directamente, nos daremos cuenta que, lo que se nos presenta como desorganizado y, por añadidura, inseguro en los barrios marginales, revela ser una manera distinta de organizar la vida social y de producir seguridad en función de los recursos limitados que poseen.

El objeto de la investigación que estamos desarrollando pretende estudiar las diferentes estrategias cotidianas que llevan adelante los grupos desaventajados de un barrio periférico para hacer frente a las situaciones problemáticas percibidas como inseguras.

Con la noción de estrategia, nos proponemos explorar aquellas prácticas. Las estrategias son las prácticas que desarrollan los grupos desaventajados para hacer frente a las situaciones problemáticas de inseguridad. Estrategias para atenuar los conflictos y producir seguridad. Se trata de estudiar las prácticas que desarrollan estos actores en su universo social para gestionar formas locales de reconstrucción de la previsibilidad social. Prácticas destinadas a regular relaciones microsociales carentes de principios de certidumbre y desprovistas de la atención estatal (6).

 

2. Las formas de la inseguridad en las zonas de no derecho

Para entender la importancia que tienen estas prácticas en la vida cotidiana de los grupos desaventajados, la centralidad que empiezan a tener las estrategias en la modelación de la sociabilidad al interior de estos barrios, hay que tener en cuenta el aumento de la conflictividad social.

La inestabilidad laboral crónica, la precarización del trabajo, la desorganización temporal, el desarraigo producido por la constante movilidad migracional y la rotación laboral, el deterioro de las antiguas representaciones sociales (desindicalización y desproletarización), el desgobierno y la desidia institucional (el desenganche de las escuelas, la pereza y la corrupción de los funcionarios municipales, representante políticos y del personal policial), el deterioro y la precariedad de las condiciones de la vida urbana y la incertidumbre general convierten al barrio en un lugar inseguro. Si a eso le sumamos la presencia de “bandas juveniles”, con todo lo que ello implica –real o imaginariamente hablando-, y tenemos en cuenta además las prácticas violentas, abusivas y discriminatorias a través de las cuales la policía se hace presente, el barrio se vuelve además un lugar insoportable.

 

En estos barrios de la periferia marginal, los microilegalismos (robos, hurtos, aprietes y ventajeo o extorsiones a los comerciantes del barrio o cobro de peaje a los niños, señoras, trabajadores o jóvenes no adscriptos al grupo; tráfico y menudeo de droga; palizas de los padres y maridos  violentos, abusos sexuales), así como también las agresiones verbales y las peleas callejeras entre las “barritas”, pero también los habituales enfrentamientos entre la policía y los jóvenes del barrio convierten al barrio en un lugar cada vez más inseguro.

No son esas las únicas situaciones problemáticas para los vecinos del barrio. Hay otros eventos no relevados como conflictivos por las agencias del Estado que suscitan igualmente otros malentendidos y avivan los desencuentros entre los habitantes del barrio. Por ejemplo, los perros que desparraman la basura o los vecinos que la queman y llenan de humo la ropa tendida en el cordel. La música a todo volumen a cualquier hora, las conversaciones y los griteríos hasta altas horas de la noche, el uso de los espacios públicos para consumo ostensible de alcohol y drogas.

La violencia policial, sus patoteadas, las detenciones por averiguación de identidad, el uso de las carpetas modus operandi, la parada de los libros, los allanamientos indiscriminados, los cacheos y el robo de los documentos, las palizas en el patrullero o en la comisaría, las amenazas constantes a través de las miradas discretas; pero también la ausencia policial, su ineficacia, la tolerancia hacia el delito, la demora de su actuación, son otras situaciones percibidas como problemáticas que resienten la inseguridad en el barrio.

Miradas las situaciones problemáticas desde la perspectiva de los vecinos del barrio, los conflictos involucran casi siempre a los mismos actores: la barrita de pibes, la policía y el dealer del barrio. De hecho, en algunos casos, esos actores se transforman en sí mismos en un problema, en una fuente de inseguridad permanente para sus habitantes, sobre todo para las personas mayores.

Todas estas acciones, sumadas al cotidiano precario, convierten al barrio en una “zona de no derecho” (Laurent Bonelli), donde la fuerza está liberada de toda formalidad (Giorgio Agamben), en una “zona de riesgo” (Ulrico Beck).

 

3. Deterioro institucional y desigualdad social: una cartografía de Romero y Las Rosas

Para describir y analizar estas estrategias nos hemos valido de las entrevistas que fuimos realizando a los vecinos del barrio Las Rosas. Se trata de un barrio ubicado en la localidad de Melchor Romero, en el primer cordón, al sudoeste del Partido de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Una localidad reconocida en la región por el hospital neuropsiquiátrico Alejandro Korn, conocido popularmente como “el Melchor Romero” (Ver cuadro 1).

A la hora de trazar un perfil socioeconómico y educativo del barrio fracasaremos en el intento si tenemos que valernos de las estadísticas oficiales, para quien el asentamiento Las Rosas no existe si quiera en los registros catastrales. En los papeles figura como un terreno privado, un descampado a la vera de las vías del ferrocarril. No solo no figuran Las Rosas tampoco otros asentamientos de la localidad, como “Altos del Sol” o “la villa”, lindantes a las vías del ferrocarril, límite por ahora, del barrio.

Como toda la periferia de la ciudad de La Plata, la población de Romero aumentó considerablemente en las últimas dos décadas, primero como consecuencia de la migración del interior país (especialmente de Jujuy, Formosa y Chaco) y de países limítrofes (Paraguay y Bolivia), y después por la reubicación de familias que se habían asentando en el conurbano bonaerense y se trasladaron a regiones menos aglomeradas como los suburbios del Gran La Plata, en busca de mejores oportunidades y de algún tipo de movilidad social a través de la movilidad habitacional. En la actualidad de acuerdo a las cifras que arrojan el Censo Nacional de Población y vivienda de 2001, la localidad cuenta con población de 22.511 habitantes (Ver cuadro 3).

Esa población se fue estableciendo en diferentes terrenos privados y fiscales que dieron lugar a distintos asentamientos o barrios precarios, como por ejemplo, Malvinas, Santa Ana, Tobas, Don Fabián, el Futuro, Las Rosas, Altos del Sol, etc., distribuidos en forma perpendicular a la avenida 520 y tomando como eje hacia ambos lados la calle 155.

Históricamente Romero es una localidad que, a fines del siglo XIX, se fue poblando alrededor de la calle 516, paralela a la estación del ferrocarril del ramal provincial Meridiano V, pero que se fue desplazando hacia la avenida 520 después de su cierre a mediados de los 70.

La planta urbana presenta una configuración lineal a partir del eje que marca la avenida 520, arteria principal de conexión entre ésta y la ciudad de La Plata y la localidad de Abasto y vínculo con las rutas provinciales Nº 2 y Nº 36. La avenida 520, entonces, sirve de conectora interurbana entre la localidad y el casco urbano de La Plata.

Su tejido, dominantemente semidisperso, cambia su carácter de urbano a rural en apenas cinco cuadras de distancia de la avenida 520.

Romero es una zona de quintas de pequeñas extensiones donde se practica la agricultura intensiva (horticultura y floricultura), fuente principal de trabajo en aquellos barrios. En la mayoría de los casos, se trata de pequeños y medianos emprendimientos.

A parte de la agricultura, el cuerpo de enfermería y las tareas de mantenimiento del Hospital de Romero (Neuropsiquiátrico y el Interzonal de Agudos y Crónicos) y el frigorífico “Gorina”, ubicado en esa localidad, adyacente al barrio de Romero, no existe otra fuente de empleo en un radio de 3 km. De allí que casi todos los días, sus habitantes tienen que desplazarse a la ciudad, en busca de otras oportunidades laborales.

A medida que nos alejamos de la avenida 520, por las cuadras adyacentes, y del barrio “Las Casitas” al costado del Hospital o de la antigua estación de tren, las viviendas se vuelven cada vez más frágiles. Si las viviendas y comercios que dan a la 520 o en sus laterales inmediatas son de ladrillo y cemento, cuando nos alejamos de ella, las viviendas se construyen con materiales de peor calidad. En efecto, la precariedad de las viviendas de los asentamientos, casi siempre a medio terminar, constituyen una imagen repetida en todo Romero. Se trata de casillas provisorias construidas con materiales rudimentarios y precarios (madera, chapa, cartón y barro) que se irán reemplazando por materiales de mejor calidad (ladrillo y cemento) a medida que sus residentes, con el paso del tiempo, vayan mejorando sus recursos con las oportunidades laborales estables que se le presenten.

La 520 es una avenida de dos manos muy angosta, con un tráfico muy fluido por ser la única arteria que conduce a las localidades de Romero y, más allá, a la localidad de Abasto. No tiene veredas y, por consiguiente, sus habitantes tienen que desplazarse por el pavimento, sobre todo cuando llueve o después de las lluvias que anegan las banquinas. De allí la gran cantidad de accidentes fatales en la zona, incidentes que fueron objeto de sucesivos reclamos por parte de los vecinos, incluso resultó ser uno de los ejes de lucha locales de las organizaciones de desocupados de la zona para que la Municipalidad realice una senda peatonal y bici-senda a la vera de la avenida que, dicho sea de paso, ya se han realizado los primeros tramos.

En cuanto al equipamiento educativo Romero consta de tres escuelas primarias (Nº 13, Nº 39 y Nº 57), dos escuelas de adultos (Nº 725 y Nº 721), una escuela técnica (Nº 4), dos escuelas especiales (Nº 516 y Nº 529), una escuela de formación laboral (Nº 3) y un jardín de infantes (Nº 978). No cuenta con jardines prematernales ni guarderías.

Respecto al equipamiento sanitario, la localidad cuenta con dos centros de salud de gran importancia, el Hospital Interzonal Especializado en Agudos y Crónicos Dr. A. Korn y el Hospital Subzonal Esp. Psicopedagógico José Ingenieros pero que no contienen las atenciones regulares y principales de los habitantes del barrio. De allí que su población tenga que desplazarse al centro de la ciudad (sea al Hospital de Niños o el General San Martín) para poder atenderse o realizar determinados cuidados o tratamientos.

No hay demasiados espacios de recreación. Solamente existen dos clubes y un par de rentas de canchas de fútbol que congregan a gran cantidad de vecinos durante los fines de semana. No hay bares, ni locales bailables. De modo que la calle se transforma en uno de los espacios de encuentro obligatorios para los jóvenes de estos barrios. La calle es el lugar donde prueban su valía, donde se inician en la cultura de las drogas, donde escuchan música e intercambian información sobre las changas o el fútbol. La calle es el lugar de sociabilidad para los jóvenes del barrio, uno de los ámbitos a través de los cuales se construye pertenencia.

El medio de transporte más difundido en la zona es la bicicleta. Descontando las empresas de remises “truchos”, el único medio de transporte público, que comunica el barrio con el casco urbano, es la línea Oeste que tiene un recorrido acotado y discontinuo al centro de la ciudad. De modo que para llegar de una punta a otra de la ciudad o a las otras localidades de la periferia tienen que tomarse dos o tres micros.

A tres cuadras de la 520, al costado del terraplén de la línea del ex ferrocarril provincial, emplazado entre las calles 520 a 514 y de 157 a 161, se encuentra el barrio Las Rosas (Ver cuadro 2). Se trata de un asentamiento relativamente nuevo. Si bien hay viviendas que tienen más de diez años, las manzanas se poblaron en los últimos cinco años. Será precisamente a partir de este momento, cuando el barrio se extienda, cuando empieza a ser reconocido por los propios moradores con el nombre de Las Rosas, es decir, a ser diferenciado como un barrio particular. Hasta ese entonces, se hablaba de “Romero” en general.

Hablamos de “asentamiento” porque el afincamiento de las viviendas respetó la traza urbana. Esto no fue un hecho azaroso, muchos de los habitantes provenían de villas miserias del conurbano y no querían reproducir la experiencia en Las Rosas. No solo por el estigma que acarrea vivir en una villa, sino por los contratiempos materiales que produce. Si bien la villa es una manera de protegerse contra los abusos policiales, lo cierto es que se transforma en un obstáculo a la hora de solicitar a las autoridades equipamiento urbano o los servicios a las empresas concesionarias. De allí la negativa de los vecinos de Las Rosas para que se establezcan casillas al costado de las vías del tren, por el temor de que se reproduzcan.

En el barrio de Las Rosas no hay gas natural ni una red de agua potable (sólo el 5,7% de los hogares cuentan con el servicio de cloacas), mucho menos una red de agua fluvial. Una de las características de la localidad son las zanjas donde se van estancando las aguas podridas que vierten los vecinos y vuelven soporífero el ambiente, sobre todo durante el verano (Las obras de zanjeo junto al tendido ilegal de cables ilegales, constituye una de las primeras obras colectivas del barrio). El anegamiento de las calles que fueron abiertas por los vecinos, respetando siempre la traza urbana, dificulta no solo la recolección de residuos, la que quedará acotada también a las calles donde llega el asfalto, sino también la circulación de los patrulleros y las ambulancias al barrio que se niegan muchas veces llegar al barrio con la excusa de que se encuentran inundadas y los móviles suelen encajarse.

Desde el barrio Las Rosas hasta la escuela más cercana situada al lado de la comisaría de Romero hay casi 20 cuadras (2 km) de distancia.

Salvo en la 520 y las calles principales, tampoco hay alumbrado público. Cuando llega la noche, o hay que salir a trabajar temprano, el barrio es una boca de lobo, un callejón sin salida, sobre todo al fondo, en la zona lindante al terraplén del ferrocarril.

Un atractivo para los más niños y para los roedores es el arroyo El Gato (7). El brazo del arroyo no se encuentra entubado y hace muchos años que no recibe tareas de dragado y limpieza, por lo cual en varios tramos de su curso el agua se acumula, se descompone y provoca un fuerte olor nauseabundo. Foco infeccioso y de contaminación para el barrio.

Como sucede en toda la periferia de la ciudad, después de las Iglesias Evangelistas, las instituciones dominantes son los comedores barriales, la sala de primeros auxilios (“la salita”) y la delegación municipal, sede de la ayuda social gestionada directamente por el Municipio a través de la red política clientelar que, en los últimos años estuvo bastante desaceitada lo que permitió, entre otras causas, que se desarrollaran otras experiencias sociales vinculadas a las organizaciones de desocupados, como por ejemplo, la Corriente Clasista y Combativa (CCC), el Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, el MTD Justicia y Libertad, el MTD Evita, Barrios Bonaerenses, CTD Quebracho y Barrios de Pie.

 

Cuadro 1

 

 

Cuadro 2

Cuadro 3

 

POBLACION SEGÚN SEXO Y GRANDES GRUPOS DE EDAD.

MELCHOR ROMERO. AÑO 2001

Población Total

Varones

Mujeres

Total

0-14

15-64

65y+

Total

0-14

15-64

65y+

Total

0-14

15-64

65y+

22.511

7.772

13.642

1.097

11.849

3.999

7.331

519

10.662

3.773

6.310

579

 

Fuente: Censo Nacional de Población Hogares y Viviendas 2001. Dir. Provincial de Estadística.

 

4. Las estrategias

Repasemos ahora algunas de las estrategias que pudimos averiguar a partir de nuestro trabajo de campo. Para describir y analizar estas prácticas nos hemos valido de las entrevistas que fuimos realizando a los vecinos del barrio Las Rosas, un asentamiento ubicado en la localidad de Melchor Romero, en el primer cordón, al sudoeste del Partido de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Una localidad reconocida en la región por el hospital neuropsiquiátrico Alejandro Korn, más conocido popularmente como “el Romero” (8).

 

a. Códigos y rituales

Rosa, Justina y María están preparando el guiso para servir en el comedor que tiene el MTD Aníbal Verón. El comedor queda enfrente de la vía. Es un momento propicio para ponerse a conversar, es el momento en que la charla sigue su propio rumbo, avanzando de aquí para allá, el momento en que los vecinos comparten las novedades del día, repasan los temas pendientes, se cuentan la desgracia ajena. Aprovecho para ponerme a hacer la entrevista y enciendo el grabador. Les comento que los otros días unos vecinos que había entrevistado me habían contado que “los chorros para saber si estabas en tu casa te tiraban piedras al techo….” “Síííííííí”, responden casi al unísono y no saben si reír o ponerse a llorar. No me dejan terminar la frase:

María: “Sí, y un día una amiga estaba viendo televisión y de repente se empezó a ver mal, con lluvia. ‘La antena debe ser, papá’, dice que le dijeron los hijos. Y cuando sale a ver qué pasaba, ahí no más lo agarraron los chorros ¡Fijate lo que hacen los tipos! ¡Se cuelgan de tu antena para que salgas!”.

Rosa: “Sí, se las saben todas. ¿Y sabés qué hacen también? Se meten dos a la casilla y los otros de lejos miran si viene el dueño. Y entonces empiezan a silbar para avisarles que vienen o no vienen. La primera vez que los escuche yo dije ‘que son esos silbidos, qué está pasando’. Y después la vecina me dijo que eran los que estaban haciendo campana para alertar a los compañeros que venía el dueño”.

Justina: “Sí, son re vivos los pibes”.

María: “Y cuando te tiran piedras, y sos mayor, y ellos ya saben, y salís ahí te la dan también”.

A pesar del entorno incierto y por momentos hostil, hay algunos islotes de estabilidad, o de sugerente estabilidad para algunos de los actores del barrio. Son lugares de sociabilidad protegida, como por ejemplo, la iglesia o los comedores sostenidos por las organizaciones sociales. Allí se cultiva la grupalidad, la vida colectiva que se vuelve una suerte de “paraguas” contra los contratiempos. Se trata de auténticas cámaras de oxígenos que aportan los insumos morales para continuar tirando de la cuerda.

Pero no debemos confundirnos, más allá de estos respiraderos, la vida no se halla a la deriva. Lo que a simple vista –para la mirada de alguien de clase media y universitaria- se nos presenta como desorganizado, se encuentra sin embargo, implícitamente estructurado. Existen una serie de prácticas, que suponen otros tantos códigos, que van cifrando la vida cotidiana, las relaciones sociales en el barrio. Códigos que son las síntesis de experiencias acumuladas por los vecinos del barrio. Códigos, más o menos tácitos, que asumen la forma de consejos oportunos que los vecinos se trasmiten boca en boca para estar en el barrio, para circular por la calle, códigos que se van transmitiendo cuando se juntan a conversar en la vereda o en el mercadito de la esquina. 

Estos códigos no son innatos y tampoco se improvisan, no se dan de manera espontánea. Se trata de una capacidad adquirida, producida colectivamente por el miedo; hábitos aprendidos y compartidos ante el temor de sentirse el blanco móvil de un sinnúmero de acciones hostiles que nosotros denominamos “situaciones problemáticas”. Todas estas prácticas nos están informando sobre la capacidad de actuar, la preparación mental para intuir los eventos conflictivos y adelantarse a ellos, sea para contrarrestar sus consecuencias o revertirlos. Códigos que vuelven seguro o más o menos seguro lo que se nos presenta como inseguro; que buscan imprimirle certidumbre a la vida en el barrio, volver previsible un cotidiano que se presenta como caótico, movedizo, violento, incierto.

Lo más probable es que a la mirada entrenada frente al TV, en los buenos modales de la clase media argentina, ajeno a este universo marginal y desaventajado, se les escapen estas prácticas. Es más probable que perciban al cotidiano como una reedición del estado de naturaleza de Hobbes donde el hombre es el lobo del hombre, donde la inseguridad es el dato central de una vida que debe medirse todos los días con la sobrevivencia. La democracia plebeya se caracteriza por su brutalidad; ante la amenaza todos son iguales, se sienten iguales. Cada uno es un enemigo y un competidor del otro. Melchor Romero se presentaría como un territorio fuera de control.

Actos que no son una norma ni un contrato sino, como diría Goffman, “working consensus”. Se trata de una interacción ritualizada (ritos de interacción), prácticas desarrolladas colectivamente que gobiernan tácitamente la calle, la violencia consentida. Interacción regulada por cláusulas no contractuales, como por ejemplo, saber cuándo hay que bajar o voltear la mirada o llevar la mirada bien alta, saber cuándo hay que dedicar una palabra que invite a la risa o relaje la situación. Los vecinos deben aprender a leer estas señales discretas si no quieren convertirse en centro de atención y, lo que es más grave, en víctimas de ventajeos o aprietes.

Poco a poco, la vida en la calle, enseña a leer a sus actores. A fuerza de contratiempos, los actores del barrio amplían la capacidad de percepción que les permite anticiparse a las situaciones problemáticas y, de esa manera, a volverse objetos de acciones violentas y humillantes. Se trata de un saber que ni siquiera será percibido como conocimiento, pero esta racionalidad (aprendida y compartida) se vuelve importante para manejarse en la calle, sobre todo, para relacionarse con los más jóvenes o las personas desconocidas.

 

b. Razones prácticas: anecdotarios y moralejas

Siguiendo a Pierre Bourdieu podemos decir que las estrategias de los vecinos –producto del encuentro entre el hábito securitario y la situación que la ha producido- borran la distinción entre lo racional (o intencionado) y lo habitual (o intuido). Indica el orden de una razón práctica que escapa a la lógica de la elección individual. No hay separación entre teoría y práctica, en consecuencia la decisión sobre las estrategias que se adoptan puede modificarse siempre, de forma que, en rigor, no podríamos denominarla “decisión”.

El enfrentamiento a un cotidiano semejante reclama juicios rápidos y flexibles, “decisiones” oportunas que se toman sobre la base de la experiencia acumulada y compartida; “decisiones” que se adoptan para medirse con actores muy dúctiles también en su carácter, puesto que no serán los mismos según estén solos o en grupo, o los encontremos de noche o de día.

Muchas veces, detrás de los prejuicios de los vecinos se encuentra operando este sentido práctico. Razones aprendidas en la calle, en parte, a partir de su propio derrotero, pero en parte también con los aportes de los derroteros de los otros vecinos.

De esa manera el barrio desarrolla una pedagogía implícita y colectiva que se modela y transmite entre los vecinos a modo de consejos tácitos que se proponen como las moralejas a los rumores de “último momento”. Ese anecdotario colectivo va delimitando los horarios y los lugares prohibidos o no recomendables; va discriminando los actores entre “buenos” y “malos”, entre “trabajadores” y “vagos”; va sugiriendo los “pibes” propensos al delito, las barras de jóvenes de los que debemos estar atentos o las malas influencias para los hijos. “Mínima moralia” que aconseja a los vecinos sobre las formas seguras de estar en el barrio, de moverse en el barrio, de salir del barrio y entrar en él.

Pongamos por caso el relato de Miriam cuando nos cuenta que:

“…el otro día, eso fue un martes, a una chica que venía a una reunión acá por el tema del comedor, vino caminando por allá atrás, por el medio del campo, le robaron pero la intentaron violar también delante de los dos chicos que venían con ella. Y ahora los hijos están con tratamiento psicológico porque quedaron re asustados”.

Por su parte Rosa nos dice:

“En frente donde voy a trabajar, hay una señora que fue a llevar la nena al jardín y cuando regresó encontró la puerta abierta. Le llevaron el televisor, le robaron todo. Todos los vecinos vieron cómo los pibes se llevaban el televisor”.

Se sabe que los rumores son una forma de producir malentendidos, pero también de tomar distancia de aquellos vecinos que aparecen como los personajes principales de semejantes noticias. Los vecinos, a través del “chusmerío”, se convierten en confidentes, consejeros y guardianes. Llaman la atención sobre las “malas yuntas” y sus prácticas habituales, los siguen de lejos, pero no se les escapan sus movimientos, porque nunca saben en qué momento deberán apelar a las estrategias para sortear sus acciones y porque, en última instancia, nunca saben si sus hijos o parientes estarán exentos de ellos.

La propedéutica vecinal es una empresa colectiva porque el anecdotario se nutre con los datos y la imaginación de todos. Nunca se sabe cuál es el límite entre la ficción y la realidad. Nunca se sabe cuánto de mentira hay en los rumores que circulan. Las noticias van y vienen, y con su retorno los detalles se van volviendo más meticulosos. Esa es la manera que tienen los vecinos para compartir sus experiencias y enseñarse mutuamente técnicas y trucos para hacer frente a distintas situaciones problemáticas.

Sin embargo, la corredera de rumores no debe llevarnos a postular relaciones de lealtad vecinal. Son tantos los conflictos en el barrio, como diferentes las oportunidades que tienen para hacer frente a los problemas, que resulta difícil mantener una relación incondicional. Existe, por su puesto, la amistad, pero esa amistad irá transitando por diferentes humores. La inestabilidad económica, en general, se traduce en una inestabilidad emocional que no siempre se puede controlar en situaciones marginales.

 

c. La morbosidad: disposiciones éticas que modelan la moral del barrio

La pedagogía vecinal es una pedagogía morbosa, es decir, una didáctica colectiva que recurre al dolor ajeno para practicarse. Cuanto más sufrimiento contenido haya en la anécdota, mayor replicancia, más oídos atentos encontrará del otro lado, entre sus pares. La morbosidad no es un defecto ni una excentricidad sino la manera de llamar la atención sobre situaciones límites.

Pero el “morbo” también, es la manera de proyectarse sobre la desgracia ajena. Todos saben que lo que le pasó al vecino puede sucederles a ellos. La morbosidad, el dolor del otro, es la manera de reconocer sus angustias, sus temores, las sospechas que vienen elucubrando desde hace mucho tiempo. La manera de recordarse la atención que tienen que prestar para andar por la calle, los recaudos que hay que tomar cuando se ausentan de su casa o están solos en ellas.

La efervescencia social que suscitan ciertos hechos en el barrio permite poner a prueba el imaginario que se fue modelando con la composición colectiva del anecdotario. Confirmación que se verifica en el uso de ciertos clichés, como por ejemplo: “ya decía yo”, “no te lo había dicho”, “viste, yo qué te dije”, etc.

La morbosidad moviliza a los vecinos, llama la atención, crea las condiciones subjetivas que les permite hacer patente determinadas situaciones problemáticas (percibir a determinadas situaciones como problemáticas) y a interiorizar algunas estrategias para hacerles frente.

De esa manera la morbosidad sería la disposición ética para hacer suyo el dolor de los otros, para ir modelando una moral barrial sobre lo que está bien y lo que está mal, pero ante todo, sobre la manera de comportarse para evitar caer en las “garras del mal”.

 

d. La sangre fría: umbrales altos de tolerancia

Seguramente los vecinos del barrio Las Rosas tienen mucho más elevado el umbral de tolerancia a las situaciones conflictivas (al abuso y la violencia policial, el delito, el bardeo o las patoteadas de las banditas de pibes) que otros grupos sociales adscriptos a otra clase social, ya que se someten a ellas en forma rutinaria. Todos los días, apenas ponen un pie en la calle, saben que pueden volverse objetos de distintas acciones conflictivas con las que tendrán que lidiar.

Este aprendizaje de la “indiferencia” ante las situaciones conflictivas es inseparable de la adquisición de la “sangre fría”. La socialización en los barrios desaventajados supone cierto tipo de acostumbramiento a las humillaciones por parte de la policía o las banditas de pibes.

Tolerar significa “aceptar a pesar de”, “aceptar con sufrimiento”. Pero no debemos engañarnos y tampoco apresurarnos a sacar conclusiones a partir de lo que vemos a primera vista. No estamos diciendo que las situaciones pasen inadvertidas para los protagonistas o las víctimas del barrio, sino que se despliegan distintos mecanismos psicológicos que les permiten continuar habitando el barrio.

Vaya por caso la “sangre fría”: La supuesta indolencia no sería sino un recurso emocional  desarrollado para evitar que la inseguridad los paralice. La socialización adecuada de los vecinos implica ciertos niveles de acostumbramiento a dichas situaciones problemáticas que, a simple vista –insistimos-, pueden ser leídas en términos de resignación. Pero si se mira bien, tan pronto se empieza a hurgar en la conversación, enseguida se advertirá el malestar que sienten, la afección ante dichas situaciones, el malhumor que le producen todos estos problemas. Esa sensación contrasta con otras actitudes diarias que sugieren frialdad, cuyo reverso es la capacidad para improvisar mañas que desarmen al actor identificado como adversario o problemático o evitar que la situación pase a mayores.

Pongamos el caso de Miriam, que desde hace cinco años vive en el barrio y ya sabe que la noche es el tiempo de las fechorías, el momento escogido por los “rateritos” o “apretadores” para interceptar a los desprevenidos o incursionar en las casas vacías. Lo que sucede a la noche, dice Miriam es comprensible porque…

“…esto es una boca de lobo. Acá de noche no se ve nada, no hay alumbrado público, no hay nada. Ya a la seis o siete de la noche no se puede andar, a la siete de la mañana tampoco. ¡Pero a pleno día…!”.

El umbral de tolerancia lo marcan los chicos en la calle, las compras al mercado. Lo que pasa a la noche se explica en la oscuridad, pero también en las calles sin asfaltar, es decir, en la imposibilidad para que policía patrulle la zona.

Miriam es una referente del MTD Evita que ha puesto un comedor en su propia casa por la que transitan doscientos chicos por día en busca de su copa de leche. Tres veces por semana, esos mismos chicos se llevan un pote lleno de comida para el resto de la familia, porque la casa de Miriam es pequeña y no hay lugar para que todos puedan sentarse a comer al mismo tiempo. “La merienda es distinta porque los chicos no llegan todos juntos, y cuando lo hacen no se demoran en tomar la leche”.

Todo el mundo, sobre todo las mujeres y en particular las madres, saben que la noche no debe sorprenderlos afuera. La noche pero también la esquina y sobre todo el terraplén de la vía del ferrocarril, constituyen los lugares indicados para ponerse a beber o usar drogas. El problema se presenta cuando se hace a plena luz del día y en cualquier lado. A Miriam no se le escapa que la vida en el barrio transcurre en la calle. Las casillas son pequeñas y la vida se proyecta sobre la calle. La calle es el living de su vida. Si los pibes se drogan a la noche, es un problema pero por lo menos sus hijos ya no están en la calle. El problema es cuando lo hacen a plena luz del día y en cualquier parte, es decir, a la vista de todos o de sus hijos.

Aprender a convivir consiste en desarrollar niveles altos de tolerancia, interiorizar una serie de disposiciones mentales que, a la larga, hacen de la vida cotidiana un lugar más seguro, transitable, vivible.

 

e. ¿Quién se queda en casa?

“No dejes la casa sola porque ahí vienen y pum, te la dan. Eso es lo que hacen ellos” –dice Víctor de una manera contundente.  Por eso, agrega Estela, “cuando nos vamos, siempre hay que dejar alguna familia”.

“Nunca dejamos la casa sola” –acota Rosa.

“…Hay que quedarse en casa –dice Daniel-, siempre alguien tiene que quedarse en la casa. Si te vas…

¡preparate para no encontrar nada cuando regreses!”.

La inseguridad ha modificado las pautas de comportamiento de los vecinos, las costumbres del barrio. Una de las conductas típicas es la presencia obligatoria de algún familiar en la casa durante las 24 horas del día. Hay que evitar el ausentismo. No se puede dejar sola la casilla, ni siquiera una hora. Sus miembros se van turnando para custodiar la casa, y cuando todos tengan que salir, habrá que informárselo a los vecinos para que, cada tanto, echen un vistazo y, si es posible, que alguno de sus miembros se trasladen a ella.

Víctor es un inmigrante boliviano que se dedica a la construcción como gran parte de los vecinos, que se asentó en el barrio hace ya casi nueve años. Vive en el fondo del asentamiento, justo allí, “en la boca del lobo” -como suelen decir sus vecinos-, al lado de la vía del ferrocarril. Su casa se ve desde los pastizales del terraplén, que es uno de los puntos de encuentro favorito de las banditas de pibes. No necesitan ocultarse, todo el mundo sabe que están allí, pispeando, aguardando la oportunidad para meterse en alguna casa. Los vecinos lo saben, por eso se resisten a dejar la casa sola.

Este ha sido uno de los temas más discutidos en las asambleas de las organizaciones de desocupados. Cuando la movilización era una acción que se practicaba todas las semanas, los vecinos iban alternando su asistencia al piquete para evitar dejar desabitada la casa. Los planes de lucha era una oportunidad para que los “pibes chorros” hicieran sus fechorías. Y la forma que tenían para conjurar esas incursiones era turnarse entre los familiares o vecinos compañeros o volverse antes del piquete, antes de que caiga la noche.

“Por eso nosotros nunca dejamos sola la casa, siempre dejábamos a alguien”, dice Daniel, otro referente del barrio, que armó otro comedor en su casa, con la mercadería que le entrega el MTD Tierra y Libertad. Esa mercadería y los robos en la zona los llevó a tener que montar guardias, de turnarse entre sus compañeros para no dejar sola toda esa mercadería en la casilla que habían improvisado para almacenarla. 

Como dice Miriam:

“…Yo no salgo a ningún lado. Yo tenía ahora un acto en Romero y no fui porque tengo miedo de dejar la casa sola. Además están los pibes… ¿y si entran y les hacen algo a los pibes? Yo no puedo salir. Mi marido trabaja en construcción y por suerte trabaja acá cerca ahora y va y viene. Pero también está con el corazón en la boca porque no sabe si van a volver o no van a volver.” (…) Te agarra una impotencia. Uno ya no sabe si ir a trabajar o quedarse. Porque si no trabajas te cagas de hambre, y si salís a trabajar lo poco que ganas te lo roban. A mi cuñado, que vive a dos cuadras de acá, ya es la tercera vez que le entran en un mes. Y antes de ayer le intentaron robar otra vez. El pobre ya no tiene nada en la casa”.

Una casa vacía, es una casa abierta, candidata fija al hurto. No son los prejuicios del barrio hacia los más jóvenes sino las experiencias previas, es decir, los robos del que fueron víctimas alguna vez, ellos o sus vecinos. Salir al mercadito o llevar los hijos a la escuela o al jardín, supone no demorarse a conversar con otros vecinos. Sobre todo si no se ve a los vecinos afuera de la casa. Si la calle está vacía, hay que hacerlo todo rápido.

“Pero… yo te digo una cosa… –le dice Daniel a Estela- la culpa la tiene ella, porque deja la casa sola. En lugar de cuidar la casa está todo el día en la casa de la madre y entonces vienen los chorros y te desvalijan en un ratito. No sé, digo yo”.

 

f. Ese extraño: el primer golpe o el bautismo a los nuevos vecinos

Por la misma razón de que el aislamiento, esto es, la falta de “lazos de interconocimiento” genera un sentimiento de inseguridad, la falta de integración será percibida por el resto de los vecinos como una amenaza, otra fuente de riesgo.

Cuando llegan “extraños” a un barrio, se trate de una persona o de una familia entera, se convierten, por así decir, en el centro de todas las miradas. Los extraños son los desconocidos, nadie sabe sus intenciones, su derrotero, las causas y las relaciones que los trajeron hasta allí. Como dice Kessler, “todo desconocido, por definición es poco confiable y hasta amenazante, lo cual hace hipotetizar el aumento de localismo y de una alterofobia creciente, vista como forma de reaseguro” (Kessler; 2007 a: 89).

No sólo se ganan la atención de los vecinos de la cuadra que miran con desconfianza a los nuevos vecinos, sino la atención de las “banditas” del barrio. Para los nuevos vecinos las banditas pasarán inadvertidas, pero como tampoco tienen la confianza suficiente para acercarse a los viejos vecinos a preguntarle por ellas, se encierran en su casa esperando “el momento”.

La familia nueva podrá conocer los códigos, en caso de que venga de otro barrio marginal, pero no sabe nada de los habitantes del barrio. No sabe identificar la mirada atenta de los pibes que desde la otra punta relojean su casilla, lo siguen de cerca, esperando el momento para realizar el golpe.

Ese golpe, sin embargo, será su bautismo en el barrio, una de las formas instituidas por los vecinos para reconocerlo como un par. El golpe, es la marca mediante la cual una persona o grupo de personas (una familia por ejemplo) adquiere el estatus de vecino en el barrio. Se trata de un acontecimiento que le confiere al sujeto en cuestión una posición semejante dentro del barrio. La violencia de la que fue objeto actúa como una marca fundante de reconocimiento. Recién ahí, después del golpe, cuando la policía se hace presente, saldrán los vecinos a curiosear pero también a estrechar las manos de la nueva víctima; recién ahí el resto de los vecinos lo sentirán parte del barrio. De ahora en más se encuentran en igualdad de condiciones; el nuevo vecino habrá pagado su derecho de piso y será considerado uno más.

A partir del robo del que fue víctima el morador “desconocido”, dejará de ser percibido como un “otro”. El robo los junta, lo vuelve “uno mismo”. El robo es el pasaje de la extrañeza a la vecindad. A través del robo, el morador dejará de ser percibido como extraño para ser considerado parte del barrio, para ser tenido en cuenta como uno más. El robo es una suerte de rito de pasaje, a través del cual los vecinos se reconocen como pares, formando parte de la misma comunidad.

 

g. Los perros (no siempre) ladran

Un punto y aparte merecen los perros del barrio. No hay casa que no tenga un perro. El perro forma parte del paisaje junto a los chicos que juegan en la calle. De hecho, para algunos vecinos, los perros se vuelven un problema porque muerden a los niños o desparraman la basura. Pero a pesar de ello, los perros son lo compañía forzosa de los dueños de casa, la alarma más precaria de la que se valen los vecinos del barrio para advertir la presencia de los desconocidos.

Los ladridos de los perros a la noche pondrán alerta al dueño y a sus vecinos, quienes también estarán atentos a la incursión furtiva de gente desconocida. Los ladridos continuos los despiertan, los sacan de la cama para asomarlos afuera, encender las luces, o hacer algún ruido, para que todo ese movimiento desanime al merodeante a realizar cualquier fechoría, para ponerle sobre aviso de que en su interior están los moradores y están despiertos, atentos.

Para decirlo con el testimonio de Estela:

“La otra vez, durante una semana, empezó un domingo la cosa, todas las noches, los perros empezaban a ladrar. Desde las 10 de la noche hasta las 2 o 3 de la madrugada los perros no paraban de ladrar. Algunos vecinos enseguida se dieron cuenta. Nos dijeron que los pibes miraban siempre para este lado y para el almacén de acá al lado”.

Pero cuando se trata de los ladridos de los perros del vecino, los mismos los llevarán a encerrarse cada vez más, a meterse debajo de las mantas; no se les ocurriría asomarse a la noche, aunque no dudarán en acudir al otro día a lo del vecino con preguntas sobre los ladridos del perro.

Ahora bien, los perros no siempre ladran. Algunas veces permanecerán callados. Se sabe, el perro ladra cuando se acerca un desconocido, pero… ¿qué pasa cuando el que merodea la casilla es una persona conocida para el perro? Muchas veces los “delincuentes” son los mismos pibes del barrio, es decir, los pibes que juegan con los perros durante el día. Otras veces, los pibes se la pasan dando vueltas a la manzana, yendo y viniendo, fichando las casas, tomando confianza con los perros, haciéndoseles conocer. De modo que cuando éstos se acerquen a la casa en cuestión, el perro seguirá callado porque estará con gente conocida, no serán percibidos como extraños.

Las palabras del Paraguayo son elocuentes:

“Hoy, antes de irme al hospital a dar las inyecciones, vi a tres pibes que estaban déle pasar para allá. Y se ve que se la iban a dar a la de la esquina. Pero… ¿qué vas a hacer? Era muy temprano. Los perros ya no les ladran porque como pasan siempre son conocidos para ellos”.

Otras veces, los pibes se dan cuenta que los dueños no están en la casa porque los perros no paran de ladrar. Dice Rosa:

“Pero sí, ya desde los otros días venían vigilando esa casa. Cuando venía para acá, al comedor, los vi, y cuando me vieron salieron disparando. Hacía por lo menos quince días que la venían junando. Ellos fichan todo el barrio. Dan vuelta la manzana y miran, miran. Cuando los perros le entran a ladrar es porque no hay nadie”.

Los perros no son siempre el mismo perro. El temperamento de los perros es muy distinto, y habla de la conducta de sus dueños y de sus hábitos. A los pibes no se les escapa el comportamiento ambiguo de esos animales. Por eso no hay que confiarse demasiado en ellos. Lo que a simple vista parece un mecanismo de defensa puede transformarse en una señal para aquellos “rateritos”.

 

h. Seducir o evitar

Carlos es una persona mayor, uruguayo, lo conocen todos porque fue uno de los primeros que se asentó en el barrio. Trabaja haciendo mantenimiento en el Frigorífico de Gorina. Todos los días, cuando regresa en bicicleta a su casa, después de hacer sus changas, se topa con distintas barritas de pibes:

“A veces tenés que agachar la cabeza, no mirar o mirar para otro lado, sobre todo cuando están fumando. Pero otras veces te conviene mirarlos y saludarlos con una sonrisa, que sé yo…, preguntarles por la vieja, gastarlos porque perdió el lobo, depende del momento. Nunca se sabe, tenés que andar con las antenas paradas”.

En efecto, otra de las estrategias que suelen emplear los vecinos del barrio es la seducción que, como dice Carlos, a veces puede ser una sonrisa, otras veces puede ir acompañada con algún intercambio de palabras que funcionan como una suerte de contraseña que les permite sortear a la barra de la esquina y continuar con su camino.

Por ejemplo, en algunos casos, los vecinos preguntarán por la madre o algún familiar enfermo, poniéndoles sobre aviso a la persona en cuestión que sabemos ante quién estamos, pero  también procurando tocar un costado sensible de la persona, buscando desalentar al supuesto “sospechoso” de cualquier fechoría, sorprenderlo y cambiarle el eje. Otras veces, la seducción se puede consumar a través del aporte más o menos espontáneo de alguna moneda para la “birra” o con el convite de algún cigarro.

El vecino suele recurrir a su código o emplear palabras que pertenecen a la jerga de los “pibes”, para desapercibir o disminuir la distancia generacional. La clave está en manifestar cercanía, o sea, no llegar a ser percibido como un “extraño”, alguien que se encuentra en la vereda de enfrente. Allanar la brecha generacional para que el otro no lo perciba precisamente como alguien diferente, alguien que no es del “palo” y, de esa manera, volverse objeto de groserías, peajes o convertirse en centro de un ballet de miradas donde todos empiezan a tomarle el pelo.

En todos los casos hay que saber mostrarse lo más cercano posible a una determinada persona, y por su intermedio, al resto del grupo. Pero en todos los casos se deberá tener especial cuidado de no herir su orgullo, sobre todo cuando éste se encuentre con sus compañeros, porque de esa manera se sentiría desafiado frente a sus pares y tendría que probar su valía y poner a prueba la lealtad con el grupo.

Otra de las estrategias que suelen desarrollar los vecinos del barrio apunta a evitar tomar contacto con “esa gente”. Es lo que Gabriel Kessler (2004) llama estrategias de “evitamiento”. Se trata, precisamente, de sortear al grupo dando un rodeo para llegar a la casa, o cruzando a la vereda de enfrente, bajando la mirada, acelerando el tranco o esquivando la esquina en cuestión.

Se sabe que los “pibes” suelen apostarse en el mismo lugar y que casi siempre lo hacen a determinadas horas del día. De modo que no es difícil averiguar cuándo hay que evitar pasar por ese lugar para no transformarse en objeto de agresión.

 

i. Cuando el miedo es la forma de producir seguridad

Una de las estrategias más difundidas entre los vecinos del barrio es el miedo. El miedo viene a ocupar el lugar que tenía el Estado décadas atrás, cuando la policía estaba para prevenir. Pero cuando el Estado modifica su intervención, y la policía, al menos en esas zonas de “no derecho”, está para contener o controlar la emergencia de la marginalidad, sea regulando el delito o disciplinando a los grupos de pares juveniles que desarrollan prácticas “disfuncionales”, entonces los vecinos de estos barrios encuentran en la policía antes que un interlocutor dispuesto a canalizar sus reclamos, una institución ambigua que puede llegar a agravar dichas situaciones tan sólo con su presencia pasiva.

La íntima convicción que tienen los vecinos de dicha situación les llevará a tomar distancia de la policía cuando se hace presente en el barrio convocada por algún vecino. Cuando la policía carga con todas las sospechas, para qué exponerse de esa manera aportando datos que después pueden volver más vulnerable la vida cotidiana. Porque cuando la policía se retira, y las cosas vuelven a la normalidad (la policía está ausente), los vecinos tienen miedo de la represalia de los “pibes chorros”. Para decirlo con el testimonio de los vecinos: 

Miriam: “A mí me vienen los vecinos, porque como me ven un referente del barrio, vienen los vecinos a decirme que haga reuniones, que llame a la policía, que hagamos una junta… Pero yo tengo miedo también, yo no tengo seguridad para armar algo. Porqué mirá si se enteran y vienen y me cascotean el rancho o me hacen algo a los pibes o me entran cuando voy a buscarlos a la escuela”.

Víctor: “Yo estuve levantando firmas una vez, como setenta firmas juntamos nada más. El resto no quería firmar. Queríamos juntar firmas para hacer una presentación para que saquen a los chorros. Pero la gente tenía miedo de firmar”.

Rosa: “Claro. La gente no se los quiere poner en contra, porque después te pueden prender fuego la casilla”.

Eso por un lado, porque por el otro, el miedo viene a llenar otro vacío que se produjo ante la desestabilización del mundo del trabajo. “Si suponemos que toda la vida social debe tener principios reguladores, vale la pena recordar el papel regulatorio que tenía la vida obrera y sobre todo fabril en el pasado. La regulación microsocial central de los barrios habitados mayoritariamente por sectores populares estaba marcada por los ritmos de la organización fabril: ésta marcaba sus períodos especiales (las vacaciones, los aguinaldos y su impacto en el comercio local), mantenía en vilo a la comunidad cuando acontecía algún conflicto (la huelga, el cierre o disminución de las fuentes de trabajo” (Kessler; 1999: 235). De modo que la desindustrialización, la desindicalización y el desmantelamiento del Estado social que se descompromete de la relación capital-trabajo tuvo como consecuencia formas de desregulación de la vida local.

En este contexto, la sensación de amenaza, el pánico que cunde entre los vecinos del barrio cuando se sienten expuestos al delito en general o al “bardo”, viene de algún modo a cubrir ese lugar que quedó vacante.

Daniel nos cuenta que a sus hijos siempre…

“…se los acompaña hasta la parada del micro”. “Ahora, hay tanta inseguridad que tendríamos que ir a buscarlos al colegio, pero con el tema del laburo… A mí me da miedo realmente que ella tome sola el colectivo o que venga sola desde la parada hasta la casa. Me da mucho miedo. Pero le decimos que no suban en auto con gente extraña o que si alguien los quiere levantar digan que no, que no le den bolilla. Y si le llegan a decir que vienen de parte de tu papá o tu mamá, que no suban igual. Yo sé que ellos tienen que llegar a la una o una y media, porque tienen el comedor. La otra vez, la cazqué, porque no venía y no venía, yo me asusté, y bueno resultó ser que se había ido a la casa de la tía sin avisar, eran las dos y no venía. Y me pegué un julepe bárbaro”.

Como sugiere Kessler, cuya hipótesis perseguimos también en nuestro trabajo de campo, “la percepción interna de peligro puede ser analizada como una forma de regulación de la vida barrial en numerosas zonas urbanas de la Argentina”. “El temor lleva a la modificación de prácticas, a restringir las salidas, eventualmente a la mudanza, pero también, de una forma más sutil, a la visión compartida de una amenaza para toda la población, hombres y mujeres, y contribuye a la regulación de la vida social, entendida como la producción social de regularidades que pautan el desarrollo de la vida colectiva. El temor delimita en el hogar los horarios de salida y entrada al hogar, se transforma en un tema central de conversación entre vecinos y sirve como criterio de demarcación y exclusión interna entre los peligros y sus potenciales víctimas. El miedo puede también dar origen a prácticas colectivas con distinto grado de formalización, como las distintas formas de ‘vigilancia comunitaria’. En tal sentido, el temor, la visión de un peligro interno omnipresente, más que un problema contextual debe ser analizado como un factor importante en la organización social local ante la implosión generada por la desestabilización del mundo del trabajo” (Kessler; 1999: 236).

No deberíamos apresurarnos a entender el miedo como la respuesta a un estímulo, esto es, la sensación que tiene el vecino cuando su vida transcurre frente al televisor. La explicación de estas conductas debería buscarse en el vacío producido por el descompromiso del Estado y la desestabilización del mundo laboral.

Cuando la policía está ausente, pasa de largo o llega demasiado tarde o muy de vez en cuando, la manera de tomar distancia de la calle, de frecuentar ciertos lugares a cierta hora del día será teniendo miedo, cultivando este sentimiento entre los familiares o los vecinos, sobre todo cuando se trata de los niños.

Se trata de dar rienda suelta a esa sensación muy habitual cuando se vive en un barrio semejante, de sentirse el blanco de todas las miradas. Sensación que hay que saber transmitir a los otros miembros de la familia o vecinos. Porque de eso se trata el miedo: cuando lo hijos tienen que volver solos del colegio, cuando se mueven también solos por el barrio, cuando la calle es un lugar de sociabilidad forzoso, porque es la manera de descongestionar la casilla donde se vive, la manera que tienen los padres de asegurarse la presencia de sus hijos a determinada hora, que sean puntuales o no se alejen demasiado, será incubando el miedo. Cuando la policía está ausente, pero también cuando la mirada de los padres no puede seguir de cerca a los hijos por todos lados, la manera –paradójica por cierto- que tienen los vecinos para “volver seguro” su cotidiano, de sentirse tranquilos por sus hijos, será a través del miedo, transmitiendo miedo.

 

j. Respetado y conocido: el paraguas de las redes sociales

Uno de los rasgos que agrava la situación de vulnerabilidad, que vuelve más desventajosa la vida en el barrio, es el aislamiento. Estar “solo” puede volverse peligroso. La ausencia de lazos sociales transforma nuestra vida en el barrio en una pesadilla. Estos vecinos aislados, desprovistos de contactos, se convierten -o esa es la sensación que tienen- en el centro de las miradas del barrio, se sienten vigilados, desconfiados y, por tanto, el blanco perfecto para cualquier atraco.

En estos barrios, estar protegido significa tener una cantidad más o menos significativa de vínculos sociales. Vincularse significa “conectarse”, es decir, generar los contactos necesarios que lo saquen de ese estado de anonimato. Para decirlo otra vez con las palabras de Kessler: “En algunos lugares complicados estás protegido cuando tenés una cantidad más o menos respetable de vínculos que hacen que seas conocido, puedas negociar, recuperar lo robado, no vuelvas a ser victimizado (…) No ser visto como parte de las tramas locales, ser visto como un extraño en el mismo lugar donde se vive, o como alguien que desprecia los sectores sociales, vulnerabiliza más” (Kessler; 2007 b).

Se trata de volverse “conocido” para ganarse algún tipo de “respeto”. La respetabilidad se construye a partir de los vínculos que se van tejiendo con los vecinos del barrio, al interior de otras experiencias percibidas por sus integrantes como una suerte de paraguas de seguridad.

La manera de acumular capital social, para obtener respetabilidad frente al otro, será adscribiéndose a una red social que puede asumir diferentes formas. Puede que se trate de una red política clientelar, pero también una red religiosa, o a un movimiento social que tiene trabajo territorial en el barrio. Del trabajo en un comedor barrial, en la copa de leche o una huerta o el ropero, se derivan una serie de vínculos que aportan respetabilidad, que lo transforman en un vecino conocido y reconocido. No solo se vuelve visible, sino que la experiencia de la cual forma parte supone una suerte de “paraguas” a través de los cuales obtiene alguna dosis de inmunidad, al menos frente a ciertos actores.

Es lo que le pasa a algunos referentes del barrio. Daniel, por ejemplo, es muy consciente de esta situación:

“A nosotros los pibes del barrio no nos da inseguridad porque los conocemos, porque somos vecinos. Pero a la gente que viene de afuera sí. A mí me pasa que cuando vuelvo del frigorífico de laburar me cruzo con otras barras de pibes de la otra cuadra o acá a la vuelta, y… te da un poco de miedo”.

A diferencia de los demás vecinos del barrio, Daniel no siente miedo en el barrio, un barrio que tiende a acotarlo a las dos cuadras aledañas a su casa. Daniel tiene miedo por sus hijos cuando van o regresan de la escuela, es decir, cuando no están en el barrio. Afuera del barrio a Daniel no lo conocen y el mundo se presenta con toda su incertidumbre, se vuelve inabarcable. Pero en el barrio, Daniel se siente seguro, lo conocen todos, incluso los pibes que se la pasan molestando a la gente. Todos saben que en su casa funciona un comedor y un ropero. Como dice su amigo Miguel:

“…a nosotros nunca nos jodieron. Porque nosotros los apoyamos”.

“Sí, -agrega Daniel- porque alguna vez vinieron a decirnos que ‘mirá loco yo ando así y así’, y si no teníamos algo para ayudarles. Y entonces le dimos mercadería o comida y bueno, te respetan. Todo bien con ellos. Pero igual nosotros no los dejamos entrar aquí.”

“No se meten con los comedores” –dice Estela-. “Una vez rondaban y rondaban, y nosotros pensamos que nos la iban a dar, pero resultó que era para manguearnos. Nosotros siempre le dimos. Ellos saben a quien joder. Saben que nosotros nos organizamos y que ni les conviene aparecer. Pero hay gente, como a esta chica que te decía que la agarran de punto y le roban siempre”.

“¿Tienen miedo?”, le pregunto a Daniel.

No, acá en el barrio no. Ahora, fuera del barrio, sí. Porque ya te digo, porque acá nos conocemos todos. Va, entre los vecinos nos conocemos. Nos cuidamos entre nosotros. A parte los chorritos del barrio se están yendo todos, a prisión se están yendo. El sobrino de mi hermano por ejemplo”.

Pongamos otro caso, el ejemplo de los jóvenes desocupados del barrio. Esos jóvenes se sienten inseguros si se mueven solos afuera del barrio, no solo frente a otra barra de pibes sino sobre todo frente a la policía. Para los jóvenes de estos barrios, estar en grupo, es estar protegido. Cuando se mueven en grupo, se sienten protegidos. La policía no suele detener a los pibes cuando andan en grupo, sino cuando los encuentran solos por la calle. La grupalidad permite sostener una mirada ante la policía. La grupalidad es un paraguas de protección.

A grandes rasgos, podemos agregar, que tanto el “bardo” o la cultura de las “banditas de pibes”, la “ética del aguante”, la militancia religiosa, la cumbia villera, el rock chabón, la devoción religiosa a ciertos íconos masivos (Gilda, Rodrigo, Frente Vital, San La Muerte, Gauchito Gil, etc.), el fútbol, constituyen prácticas que desarrollan los jóvenes (y no solamente los jóvenes) a veces combinadas entre sí, prácticas a través de las cuales se componen vínculos que les permiten no sólo generarse mejores oportunidades (de movilidad vertical), sino también de la contención social (de movilidad horizontal) para hacer frente a ciertas situaciones problemáticas que pueden presentarse en su cotidiano.

Este tipo de estrategias suelen ser paradójicas para los vecinos del barrio, pues lo que para algunos (pongamos por caso los más jóvenes) constituye una manera de hacer frente a determinados problemas; para los otros (pongamos por caso las mujeres mayores o ancianos) constituye la causa de los problemas o de determinados problemas para los cuales tienen que desarrollar otras estrategias.

 

k. El encierro y restricciones de movimientos

Una estrategia estrechamente vinculada a la ausencia de lazos sociales es el encierro o las restricciones de los movimientos. Dice Kessler: “En algunos lugares, quienes no tienen respeto o conocimiento, como estrategia encierran a los hijos” (Kessler: 2007 b). Quienes se encuentran solos en el barrio, ausente de las tramas locales, tienden a encerrarse en el barrio.

El déficit de integración social, lleva muchas veces a clausurar la vida de los miembros de una familia al perímetro de su vivienda. Este aislamiento no solo vuelve más vulnerable la vida de aquellos miembros, sino que puede ser la causa de una serie de malentendidos. Muchas veces estos malentendidos se producen como consecuencia de determinados prejuicios alimentados por la vida solitaria

Pero no basta con encerrarse en su propia casa, a veces tampoco conviene salir del barrio. Hay que evitar que la noche te sorprenda. No solo porque es muy difícil encontrar un colectivo que te lleve de regreso, sino porque hay zonas que se vuelven intransitables por la oscuridad.

Por otro lado, cuando sos joven, salir del barrio significa volverse objeto de detención por parte de la policía. Casi todos los pibes del barrio no suelen ir al centro de la ciudad, y si lo hacen siempre es en grupo. Saben que si van solos o de a dos, la policía los va a detener. Muchos de ellos conocieron el centro de la ciudad recién cuando se movilizaron con la organización frente al Ministerio o la Municipalidad. Saben que pueden visitarlo cada 19 de noviembre cuando se festeja el aniversario de la ciudad y el municipio organiza mega recitales o el día de la primavera cuando todo el mundo anda por las plazas y los parques. Pero casi todos evitan llegar al centro de la ciudad. Saben que se vuelven centro de atención y no solo de la policía sino también de los vecinos que los miran con desconfiaza.

“Vos ves como la gente se cruza de vereda o agarra el bolsa contra el cuerpo”, dice Pablo.

Esa desconfianza y la humillación la experimentan cuando tienen que acercarse al Banco a cobrar el Plan Trabajar. Dice Gabriel:

“Cada vez que iba al Banco a cobrar me paraba la policía, por la facha nomás. Y a veces cuando salía también me paraba y arrojaba todo en el capo del coche y me preguntaban delante de todo el mundo que pasaba por ahí de dónde había sacado esa plata. Y yo les decía ‘Pero si vengo de cobrá, ¿Qué, tengo cara de chorro yo? Mirá, acá está el documento.”

 

5. La construcción social de estrategias de seguridad: algunas conclusiones provisorias

Dijimos que las estrategias son las prácticas llevadas a cabo por los grupos desaventajados para configurar “soluciones” a los problemas percibidos dentro o fuera del marco de las culturas dominantes. Los modos de vida adoptados por los sectores marginales para encarar un cotidiano contradictorio, para abordar las situaciones inseguras que tienen que afrontar en la vida diaria. Esos modos de vida son modos de obrar, sentir y percibir que los actores del barrio desarrollan durante la interacción con otros actores del mismo barrio o de fuera del barrio. Todo eso supone aprehender determinados códigos, es decir, saber utilizar lenguajes, maneras de vestir, el cultivo de determinadas relaciones (acumulación de contactos). Dicho de otra manera, son las prácticas más o menos espontáneas que fueron desplegando, sobre la base de repertorios y experiencias previas, propias o ajenas, para hacer frente a la dinámica que genera la exclusión social.

Estas estrategias, como pudimos ver, si bien son contradictorias no son excluyentes entre sí. Los vecinos del barrio alternan unas y otras según el caso. Depende la situación en la que se encuentran, esto es, la hora o el lugar, si están solos o acompañados, pondrán en juego determinadas estrategias. No es lo mismo andar sólo por la calle que venir acompañado de un amigo o andar con los hijos. O estar cerca o lejos de la casa, de día o de noche.

Las estrategias son múltiples. Hay estrategias reactivas, que despliegan preventivamente, antes de que se suscite la situación problemática; y hay estrategias pro-activas, que se despliegan una vez acontecida la situación problemática. Entre las primeras habría que nombrar el miedo, la estigmatización, el evitamiento o el distanciamiento forzado, la seducción, la sumisión, la vigilancia solidaria, o el uso de los perros. En las segundas se pueden contar al escrache y al linchamiento, auténticas formas de justicia popular que forman parte de las costumbres en común de estos sectores (9).

Habría también que tener presente los padrinazgos que suelen desarrollarse entre los actores y punteros del barrio o policías de la zona a la hora de hacer frente a dichas situaciones. En efecto, también la red de resoluciones de problemas (el clientelismo político) constituye un espacio para plantear las situaciones problemáticas y aventurar alguna solución a partir de los contactos que puedan tener los respectivos mediadores (o punteros) con la policía o autoridades judiciales o municipales. Lo mismo puede decirse de las organizaciones religiosas o sociales del barrio, constituyen un ámbito para debatir las situaciones problemáticas de que son objeto diario, procurando buscar y desarrollar estrategias colectivas en algunos casos, para hacer frente a dichas situaciones.

Por eso mismo, estas estrategias son individuales pero también colectivas, en la medida que pueden involucrar o arrastrar al barrio entero o parte del barrio, como por ejemplo en las acciones de linchamiento; o cuando intervienen las organizaciones sociales o políticas del barrio a partir del requerimiento de sus integrantes. Esas estrategias varían según estemos ante hombres o mujeres y adultos o jóvenes, incluso en cada uno de estos grupos las prácticas varían también.

Las estrategias constituyen un proceso que se desarrolla a lo largo de la vida, donde las decisiones pasadas pueden influir en las presentes y anticipan las futuras. Los actores incorporan recursos que son las experiencias pasadas y, más específicamente, como sugirió Bourdieu, la historia de la acumulación del capital hecho cuerpo. Pensar en las estrategias es tener en cuenta las condiciones objetivas incorporadas en forma de hábitus, esquemas de percepción, de apreciación y de acción, que constituyen sistemas de disposición a pensar, a percibir y a actuar, ligadas a una definición práctica de lo posible y de lo imposible, de lo pensable y de lo impensable (10).

Las estrategias consisten en la movilización de capital social (contactos) y cultural (información, experiencias previas) para hacer frente a los conflictos, imprimiéndoles certidumbre a las relaciones sociales, asegurando, por añadidura, su cotidiano familiar. La organización de los recursos en función de ciertos objetivos o proyectos; objetivos no necesariamente explícitos; ni recursos necesariamente calculados, pero que están siempre presentes. Lo que no significa que estemos ante prácticas espontáneas. Si bien el despliegue de este tipo de estrategias no requiere necesariamente –es decir tampoco excluye- que los actores movilicen una determinada racionalidad en lo que respecta a la consecución de ciertos fines y la instrumentación de determinados medios, lo cierto es que están presentes en las conversaciones diarias al interior del grupo, entre los vecinos del barrio.

Estamos ante estrategias que ni siquiera serán percibidas como estrategias, prácticas que se encuentran tan afincadas en la vida diaria que difícilmente puedan ser reconocidas o identificadas por sus protagonistas como “estrategias”, sino como pautas de comportamientos compartidas, la manera correcta o segura de habitar el barrio, o de moverse afuera del barrio.

El desdibujamiento del Estado y la doble vida de la policía, llevará a los sectores vulnerables a poner en práctica estrategias para hacer frente a las distintas situaciones problemáticas que se les presentan todos los días. Se trata de gestionar formas locales de reconstrucción de la previsibilidad social. Prácticas destinadas a regular relaciones microsociales carentes de principios de certidumbre, desprovistas de la atención estatal.

A través de estas estrategias los sectores desaventajados encaran los conflictos o se anticipan a ellos para evitarlos, a pesar de las restricciones que les impone el contexto en el que se encuentran. Estamos haciendo referencia a un conjunto de actividades desarrolladas para obtener seguridad e imprimir alguna certidumbre a la vida cotidiana haciendo frente a las presiones del medio. Estrategias para la reproducción de la sociabilidad. Prácticas implementadas, entonces, por los individuos o grupos de individuos que ocupan las posiciones más bajas del espacio social para preservar la vida y sus bienes.

Estas estrategias no son más que manifestaciones de una transformación más profunda de sus tejidos socioeconómicos e institucionales; a veces, un indicador de la fragmentación social y el desmantelamiento del Estado social, y otras veces, la expresión de nuevas prácticas de solidaridad que, por muy precarias o efímeras puedan ser, dan cuenta de las hábitos en común que despliegan para hacer frente una serie de situaciones problemáticas que no son incorporadas en la agenda del Estado o lo son pero de manera secundaria y subordinada a otros ítems de aquella agenda.

 

 

Notas

(*) El presente trabajo forma parte de una investigación colectiva denominada “Acceso a la justicia. Las estrategias de los pobres frente a los conflictos en barrios de La Plata y Gran La Plata”, realizado en el marco de los Proyectos de Investigación de la UNLP. El director del proyecto es la Dra. Olga Luisa Salanueva y la unidad ejecutora es el Instituto de Cultura Jurídica de la Facultad de Ciencias Jurídica y Sociales de la UNLP.  El trabajo de campo se está realizando en los barrios “Malvinas”, “La Unión”, “El Mercadito” y “Las Rosas” que es, dicho sea de paso, el lugar que escogimos para nuestra exploración.

(1) Según Gabriel Kessler (Sociología del delito amateur, Paidós, Bs. As., 2004) “datos oficiales de 1997 ubicaban al 50 por ciento de las víctimas como pertenecientes a la clase baja y sectores con necesidades básicas insatisfechas; un 15 por ciento eran considerados de clase alta, media alta y profesionales independientes, y un 35 por ciento, de clase media baja” (p. 25/6).

(2) Nuestro punto de partida son los grupos desaventajados, es decir, aquellos grupos de personas que, por las particulares circunstancias en las que se encuentran en la estructura social, por la posición que tienen en las relaciones de producción, no pueden hacer frente a determinados problemas cotidianos a través de los canales formales que prevé el Estado. Grupos de personas formales o informales que se encuentran en una situación de desventaja respecto de otros grupos sociales, que no tienen las mismas oportunidades, que no cuentan con los mismos recursos (económicos, sociales y culturales) para manifestar sus problemas e intentar resolverlos de acuerdo con los mecanismos institucionales previstos por el Estado alguna vez. Como señala el constitucionalista Roberto Gargarella, las voces de estos grupos “resultan sistemáticamente ausentes de la discusión pública (es decir, muchos grupos de inmigrantes); grupos que siempre aparecen alienados dentro de minorías muy reducidas (es decir, ciertos grupos de aborígenes); grupos sobre los cuales se ciernen persistentes amenazas que, por alguna razón, el poder judicial se resiste a reconocer (es decir, los más pobres)” (Gargarella; 1999: 17). De esa manera, la utilización de esta categoría nos permite concentrar no solo en los grupos marginales, sino pensar su relación con el Estado, es decir, nos lleva a prestar atención a la relación desigual y muchas veces contradictoria que mantiene con las distintas agencias que componen el Estado y a las trayectorias que se diagraman a partir de la manera que se hace presente el Estado en los barrios donde residen estos grupos desaventajados.

(3) Las situaciones problemáticas no son circunstancias objetivas e identificables, sino el resultado de procesos de definiciones colectivas de la situación no nueva. De allí que consideremos a las situaciones problemáticas como situaciones etiquetadas o definidas por los actores involucrados en un universo social determinado como problemáticas. Es preciso que una situación sea definida como problemática para desarrollar estrategias (individuales o colectivas) para encararlas. Las situaciones problemáticas de las que nos ocuparemos son aquellas que versan sobre la inseguridad. Las situaciones problemáticas de inseguridad son construcciones sociales y simbólicas que se van modelando en función de la vida cotidiana con la que tienen que medirse los actores. Como ha dicho Pierre Bourdieu, el movimiento social es un movimiento simbólico. Cuando los actores entran en relación lo hacen poniendo en juego una serie de símbolos que fueron aprendiendo, decidiendo, en su propia experimentación con el campo junto con otros y/o contra otros actores. De modo que las situaciones problemáticas no constituyen necesariamente situaciones concretas. Pueden ser problemas potenciales, es decir, representaciones subjetivas sobre la inseguridad. Ahora bien, el hecho de que sean subjetivas no significa que sean menos ingenuas. Desde el momento que estas representaciones subjetivas son empleadas para percibir y nombrar el mundo, para interactuar con los otros, ya están produciendo efectos de realidad.

(4) Aquí retomamos la distinción que plantea Alberto Binder entre las dimensiones objetivas y subjetivas de la inseguridad. La dimensión objetiva de la inseguridad consiste en “la cantidad de hechos de violencia, robos, secuestros, etc., que se producen en un espacio determinado (una ciudad, un pueblo, un barrio) y en el número y calidad de respuestas institucionales a esos hechos (si son investigados, castigados, permitidos o incluso asentados). Todo esto se puede medir y estudiar sobre la base de datos objetivos, tanto de los fenómenos ocurridos como de las respuestas institucionales a cada uno de ellos; siempre debemos considerar ambas variables en conjunto”. Por el contrario, la dimensión subjetiva de la inseguridad o la “sensación de inseguridad” consiste “en el temor, la incertidumbre, el miedo al otro o el sentimiento de fragilidad que producen tanto los hechos reales como otros múltiples factores difíciles de mensurar” (Binder; 2004: 15). Tener presente esta distinción, nos permite decir que la dimensión subjetiva no es el reflejo exacto de la dimensión objetiva, que la dimensión subjetiva nos está informando no solo de las experiencias vividas directa o indirectamente sino también de los rumores del barrio, rumores que se construyen en función de las representaciones que los medios de comunicación masiva hacen de la problemática en cuestión. Muchas veces la inseguridad subjetiva deriva de la inseguridad objetiva, pero en otras oportunidades, el sentimiento de inseguridad se va componiendo con otros insumos que remiten a la vida precaria, a la agenda de los mass medias y también al descreimiento de la sociedad en general con las instituciones.

(5) Malinowski sostenía que dar sentido a un término es definirlo a través del análisis y de los múltiples contextos que lo animan. Detalles que están al servicio del punto de vista teórico que intentamos defender. Las estrategias adquieren sentido en la medida en que seamos capaces de describir los contextos en que es vivido, en que son experimentados por sus propios protagonistas. Partimos del supuesto de que el sentido no está disociado de la forma, de que aquello que se dice no puede ser separado de lo que se hace. La palabra busca estar ligada al contexto de situación en que fue producida. De allí que para dar cuenta de los contextos de situación habremos de tener en cuenta el punto de vista de los actores involucrados. Recuperar el punto de vista de los actores involucrados, como sugiere Clifford Geertz (1997), implica situarnos en la posición y en el conjunto de relaciones desde las cuales las prácticas, las evaluaciones y las creencias sobre la resolución de problemas son construidas e intentar entenderlas desde el punto de vista de esta ubicación.

(6) Para pensar en aquellas estratégicas nos valdremos de las dimensiones propuestas por el modelo elaborado por Charles Tilly para pensar la acción colectiva de protesta. Nosotros diremos que aquellas prácticas son también “interacciones estratégicas entre múltiples actores dentro de un marco de repertorio de acción específico” (Tilly; 1990: 195). Pensar en términos de interacción estratégica supone considerar los lazos sociales, especialmente los que se dan entre las partes antagonistas, como un lugar de comunicación y negociación más o menos continua que siguen una lógica estratégica o racional cuyas consecuencias transforma la estructura y el contenido de esos lazos. Por otro lado, supone considerar a los actores involucrados con una cantidad específica de información y un tipo de información sobre las identidades, las acciones y los intereses de los otros. Como sugiere Tilly, este modelo requiere especificaciones sobre los actores, sus intereses, las reglas de decisión adoptadas por cada actor, los valores corrientes presentes en esas reglas, pero también los costes y beneficios probables de las distintas secuencias de acción disponibles para cada actor. En segundo lugar, el modelo de interacción estratégica hace pensar en los repertorios, es decir, en las formas estables de interacción, en las acciones rutinarias que tienden a repetirlas para comunicarse y negociar. Analizar las estrategias supone identificar las regularidades, un conjunto limitado de rutinas que no son espontáneas sino que fueron aprendidas, compartidas y ejercitadas mediante un proceso de selección relativamente deliberado. Es decir, los repertorios son creaciones culturales aprendidas que emergen de las interacciones entre los distintos actores que pugnan en el cotidiano. Como se puede ver la noción de repertorio ubica a la cultura en el centro de nuestras preocupaciones y nos lleva a hacer foco en los hábitos adoptados por los distintos actores y en las formas que toman esas interacciones como resultados de las expectativas compartidas e improvisaciones aprendidas. Ello supone aprehender determinados códigos, es decir, saber utilizar lenguajes, maneras de vestir, el cultivo de determinadas relaciones (acumulación de contactos). Dicho de otra manera, son las prácticas más o menos espontáneas que fueron desarrollando, sobre la base de repertorios y experiencias previas, propias o ajenas, para hacer frente a la dinámica que genera la exclusión social.

(7) Otro arroyo que atraviesa la localidad de Romero, definiendo una franja inmediata de terrenos anegables, es el arroyo Rodríguez. 

(8) Las entrevistas fueron realizadas a vecinos del barrio vinculados a distintas organizaciones sociales. Todavía quedan por realizar las entrevistas a los agentes policiales y a los jóvenes que forma parte de las denominadas “barritas de la esquina”. Nos parecen fundamentales estas entrevistas, toda vez que se trata de analizar las estrategias que se van modelando en las interacciones sociales entre los distintos actores. De allí que las conclusiones de este trabajo siguen siendo provisorias.

(9) Este tema, que ya lo hemos detectado en las entrevistas que realizamos, todavía no lo hemos analizado.

(10) Por otro lado, como dice Alicia Gutiérrez, “es el hábitus el que posibilita explicar y comprender que gente que ocupa la misma posición actual, actúe, sin embargo, de manera diferente, a partir de la diferenciación del mismo pasado objetivado como recurso externo y como recurso incorporado, fundante de sentidos prácticos específicos que son resultado de historias de acumulación específica” (Gutiérrez; 2004: 400).

 

Bibliografía

Binder, Alberto; Policías y ladrones. La inseguridad en cuestión. Bs. As., Capital Intelectual, 2004.

Bonelli, Laurent; “Obsesión securitaria e ilegalismos populares en Francia, desde principios de 1980” en Política criminal de la guerra (coords. Roberto Bergalli e Iñaki Rivera Beiras). Barcelona, Anthropos Editorial, 2005.

Clifford, Geertz, La interpretación de la cultura. Barcelona, Gedisa, 1997.

Gargarella, Roberto; Derecho y grupos desaventajados. Barcelona, Editorial Gedisa, 1999.

Gutiérrez, Alicia; Pobre’, como siempre… Estrategias de reproducción social en la pobreza. Un estudio de caso. Córdoba, Ferreira Editor, 2004.

Kessler, Gabriel; “Miedo al crimen. Representaciones colectivas, comportamientos individuales y acciones públicas” en En los márgenes de la ley. Inseguridad y violencia en el Cono Sur (Alejandro Isla, Comp.). Bs. As., Paidós, 2007 a.

Kessler, Gabriel; “Sociología del miedo”, entrevista de Cristian Alarcón, publicada en el diario Página/12, Bs. As., 2007 b.

Kessler, Gabriel; Sociología del delito amateur. Bs. As., Paidós, 2004.

Tilly, Charles; “Modelos y realidades de la acción colectiva popular.” Revista Zona Abierta, Nº 54/55, Madrid, 1990, p. 167/195.