LAS RUTINAS DE SEGURIDAD DE LOS GRUPOS
DESAVENTAJADOS
EN LA PERIFERIA DE LA CIUDAD DE LA PLATA (*)
Universidad Nacional
de La Plata (Argentina)
Resumen
Uno de los
sectores sociales más perjudicados por el delito, sino el más afectado de
todos, por las condiciones materiales en las que se encuentra, es el que
reconocemos con los nombres de “vulnerables” o “marginales”, que en este
trabajo llamaremos sectores “desaventajados”. Estos grupos son objeto de
diferentes hechos de violencia, cada vez más violentos y cada vez más
periódicos. Situaciones relevadas como problemáticas, que generan inseguridad
entre los habitantes de los barrios de las periferias urbanas. Pero estos
sectores marginales se vuelven más desaventajados aún si se tiene en cuenta la
imposibilidad para acceder a las agencias judiciales o policiales previstas por
el Estado para canalizar (plantear y resolver) dichos conflictos. Sin embargo,
el hecho de que estos sectores no puedan acceder a los tribunales o la policía
no se haga presente en el barrio ante el reclamo de los vecinos, no significa
que tengan que resignarse a las circunstancias que les tocó, no implica que no
intenten enfrentar las situaciones problemáticas de otra manera, apelando a
otras acciones que, poco a poco, como enseguida se verá, empezarán a formar
parte del repertorio cotidiano. El objeto de la investigación que estamos
desarrollando, pretende estudiar las diferentes estrategias cotidianas que
ponen en juego los grupos desaventajados de un barrio periférico para hacer
frente a las situaciones problemáticas percibidas como inseguras.
Palabras clave: seguridad ciudadana - estrategias sociales y grupos desaventajados.
1. Las estrategias vistas desde la
perspectiva de los actores
Uno de los sectores sociales más perjudicados por el delito, sino el más
afectado de todos, por las condiciones materiales en las que se encuentra (1),
es el que reconocemos con los nombres de “vulnerables” o “marginales”, que en
este trabajo llamaremos sectores “desaventajados (2).Estos grupos son objeto de
diferentes hechos de violencia, cada vez más violentos y cada vez más
periódicos (3). Situaciones relevadas como problemáticas, que generan
inseguridad entre los habitantes de los barrios de las periferias urbanas (4).
Pero estos sectores marginales se vuelven más desaventajados aún si se
tiene en cuenta la imposibilidad para acceder a las agencias judiciales o
policiales previstas por el Estado para canalizar (plantear y resolver) dichos
conflictos.
Hasta ahora “el derecho a la justicia” en los sectores populares ha sido
abordado desde arriba, es decir, desde la perspectiva del Estado. De allí que
la problemática haya sido tematizada como “acceso a la justicia”. En ese
sentido, se tendrá dicho, que los pobres al no tener los recursos y la
información necesarios para acceder a la justicia no pueden resolver sus
problemas.
Sin embargo, el hecho de que estos sectores no puedan acceder a los
tribunales o la policía no se haga presente en el barrio ante el reclamo de los
vecinos, no significa que tengan que resignarse a las circunstancias que les
tocó, no implica que no intenten enfrentar las situaciones problemáticas de
otra manera, apelando a otras acciones que, poco a poco, como enseguida se
verá, empezarán a formar parte del repertorio cotidiano.
En efecto, un lugar común en la teoría social en general a la hora de
estudiar a los “pobres” es abordarlos negativamente, a partir de los que les
falta, definirlos por sus carencias: los pobres no tienen trabajo, no tienen
salud, no tienen educación, no tienen identidades, no tienen vivienda digna y
no tienen justicia. Casi nunca los estudiamos en un sentido positivo, es decir,
desde lo que tienen. Sin embargo, cuando analizamos las prácticas que
desarrollan para encarar estas situaciones problemáticas nos damos cuenta que
estos sectores tienen otras cosas. En efecto, cuando estudiamos a estos
sectores desde las estrategias que desarrollan para la reproducción de la
sociabilidad en la pobreza, podemos advertir que además de víctimas (objetos
de…) son protagonistas (sujetos de…) de prácticas a partir de las cuales
movilizan experiencias y repertorios previos.
Recuperar el punto de vista de los actores involucrados, como sugiere
Clifford Geertz (1997), implica situarnos en la posición y en el conjunto de
relaciones desde las cuales las prácticas, las evaluaciones y las creencias
sobre la resolución de problemas son construidas e intentar entenderlas desde
el punto de vista de esta ubicación (5).
En ese sentido, si miramos de cerca, teniendo en cuenta la perspectiva de
los actores involucrados directamente, nos daremos cuenta que, lo que se nos
presenta como desorganizado y, por añadidura, inseguro en los barrios
marginales, revela ser una manera distinta de organizar la vida social y de
producir seguridad en función de los recursos limitados que poseen.
El objeto de la investigación que estamos desarrollando pretende estudiar
las diferentes estrategias cotidianas que llevan adelante los grupos
desaventajados de un barrio periférico para hacer frente a las situaciones
problemáticas percibidas como inseguras.
Con la noción de estrategia, nos
proponemos explorar aquellas prácticas. Las estrategias son las prácticas que
desarrollan los grupos desaventajados para hacer frente a las situaciones
problemáticas de inseguridad. Estrategias para atenuar los conflictos y
producir seguridad. Se trata de estudiar las prácticas que desarrollan estos
actores en su universo social para gestionar formas locales de reconstrucción
de la previsibilidad social. Prácticas destinadas a regular relaciones
microsociales carentes de principios de certidumbre y desprovistas de la atención
estatal (6).
2. Las formas de la inseguridad en
las zonas de no derecho
Para entender la importancia que tienen estas prácticas en la vida
cotidiana de los grupos desaventajados, la centralidad que empiezan a tener las
estrategias en la modelación de la sociabilidad al interior de estos barrios,
hay que tener en cuenta el aumento de la conflictividad social.
La inestabilidad laboral crónica, la precarización del trabajo, la
desorganización temporal, el desarraigo producido por la constante movilidad
migracional y la rotación laboral, el deterioro de las antiguas
representaciones sociales (desindicalización y desproletarización), el
desgobierno y la desidia institucional (el desenganche de las escuelas, la
pereza y la corrupción de los funcionarios municipales, representante políticos
y del personal policial), el deterioro y la precariedad de las condiciones de
la vida urbana y la incertidumbre general convierten al barrio en un lugar
inseguro. Si a eso le sumamos la presencia de “bandas juveniles”, con todo lo
que ello implica –real o imaginariamente hablando-, y tenemos en cuenta además
las prácticas violentas, abusivas y discriminatorias a través de las cuales la
policía se hace presente, el barrio se vuelve además un lugar insoportable.
En estos barrios de la periferia marginal, los microilegalismos (robos,
hurtos, aprietes y ventajeo o extorsiones a los comerciantes del barrio o cobro
de peaje a los niños, señoras, trabajadores o jóvenes no adscriptos al grupo;
tráfico y menudeo de droga; palizas de los padres y maridos violentos, abusos sexuales), así como también
las agresiones verbales y las peleas callejeras entre las “barritas”, pero
también los habituales enfrentamientos entre la policía y los jóvenes del
barrio convierten al barrio en un lugar cada vez más inseguro.
No son esas las únicas situaciones problemáticas para los vecinos del
barrio. Hay otros eventos no relevados como conflictivos por las agencias del
Estado que suscitan igualmente otros malentendidos y avivan los desencuentros
entre los habitantes del barrio. Por ejemplo, los perros que desparraman la
basura o los vecinos que la queman y llenan de humo la ropa tendida en el
cordel. La música a todo volumen a cualquier hora, las conversaciones y los
griteríos hasta altas horas de la noche, el uso de los espacios públicos para
consumo ostensible de alcohol y drogas.
La violencia policial, sus patoteadas, las detenciones por averiguación de
identidad, el uso de las carpetas modus operandi, la parada de los libros, los
allanamientos indiscriminados, los cacheos y el robo de los documentos, las
palizas en el patrullero o en la comisaría, las amenazas constantes a través de
las miradas discretas; pero también la ausencia policial, su ineficacia, la
tolerancia hacia el delito, la demora de su actuación, son otras situaciones
percibidas como problemáticas que resienten la inseguridad en el barrio.
Miradas las situaciones problemáticas desde la perspectiva de los vecinos
del barrio, los conflictos involucran casi siempre a los mismos actores: la
barrita de pibes, la policía y el dealer
del barrio. De hecho, en algunos casos, esos actores se transforman en sí
mismos en un problema, en una fuente de inseguridad permanente para sus
habitantes, sobre todo para las personas mayores.
Todas estas acciones, sumadas al cotidiano precario, convierten al barrio
en una “zona de no derecho” (Laurent Bonelli), donde la fuerza está liberada de
toda formalidad (Giorgio Agamben), en una “zona de riesgo” (Ulrico Beck).
3. Deterioro institucional y
desigualdad social: una cartografía de Romero y Las Rosas
Para describir y analizar estas estrategias nos hemos valido de las
entrevistas que fuimos realizando a los vecinos del barrio Las Rosas. Se trata
de un barrio ubicado en la localidad de Melchor Romero, en el primer cordón, al
sudoeste del Partido de
A la hora de trazar un perfil socioeconómico y educativo del barrio
fracasaremos en el intento si tenemos que valernos de las estadísticas
oficiales, para quien el asentamiento Las Rosas no existe si quiera en los
registros catastrales. En los papeles figura como un terreno privado, un
descampado a la vera de las vías del ferrocarril. No solo no figuran Las Rosas
tampoco otros asentamientos de la localidad, como “Altos del Sol” o “la villa”,
lindantes a las vías del ferrocarril, límite por ahora, del barrio.
Como toda la periferia de la ciudad de
Esa población se fue estableciendo en
diferentes terrenos privados y fiscales que dieron lugar a distintos
asentamientos o barrios precarios, como por ejemplo, Malvinas, Santa Ana,
Tobas, Don Fabián, el Futuro, Las Rosas, Altos del Sol, etc., distribuidos en
forma perpendicular a la avenida 520 y tomando como eje hacia ambos lados la
calle 155.
Históricamente Romero es una localidad que, a fines del siglo XIX, se fue
poblando alrededor de la calle 516, paralela a la estación del ferrocarril del
ramal provincial Meridiano V, pero que se fue desplazando hacia la avenida 520 después de su cierre a
mediados de los 70.
La planta urbana presenta una
configuración lineal a partir del eje que marca la avenida 520, arteria
principal de conexión entre ésta y la ciudad de
Su tejido, dominantemente semidisperso,
cambia su carácter de urbano a rural en apenas cinco cuadras de distancia de la
avenida 520.
Romero es una zona de quintas de pequeñas extensiones donde se practica la agricultura intensiva (horticultura y floricultura), fuente principal de trabajo en aquellos barrios. En la mayoría de los casos, se trata de pequeños y medianos emprendimientos.
A parte de la agricultura, el cuerpo de enfermería y las tareas de
mantenimiento del Hospital de Romero (Neuropsiquiátrico y el Interzonal de
Agudos y Crónicos) y el frigorífico “Gorina”, ubicado en esa localidad,
adyacente al barrio de Romero, no existe otra fuente de empleo en un radio de
A medida que nos alejamos de la avenida 520, por las cuadras adyacentes, y
del barrio “Las Casitas” al costado del Hospital o de la antigua estación de
tren, las viviendas se vuelven cada vez más frágiles. Si las viviendas y
comercios que dan a la 520 o en sus laterales inmediatas son de ladrillo y
cemento, cuando nos alejamos de ella, las viviendas se construyen con
materiales de peor calidad. En efecto, la precariedad de las viviendas de los
asentamientos, casi siempre a medio terminar, constituyen una imagen repetida
en todo Romero. Se trata de casillas provisorias construidas con materiales
rudimentarios y precarios (madera, chapa, cartón y barro) que se irán
reemplazando por materiales de mejor calidad (ladrillo y cemento) a medida que
sus residentes, con el paso del tiempo, vayan mejorando sus recursos con las
oportunidades laborales estables que se le presenten.
La 520 es una avenida de dos manos muy angosta, con un tráfico muy fluido
por ser la única arteria que conduce a las localidades de Romero y, más allá, a
la localidad de Abasto. No tiene veredas y, por consiguiente, sus habitantes
tienen que desplazarse por el pavimento, sobre todo cuando llueve o después de
las lluvias que anegan las banquinas. De allí la gran cantidad de accidentes
fatales en la zona, incidentes que fueron objeto de sucesivos reclamos por
parte de los vecinos, incluso resultó ser uno de los ejes de lucha locales de
las organizaciones de desocupados de la zona para que
En cuanto al equipamiento educativo
Romero consta de tres escuelas primarias (Nº 13, Nº 39 y Nº 57), dos escuelas
de adultos (Nº 725 y Nº 721), una escuela técnica (Nº 4), dos escuelas
especiales (Nº 516 y Nº 529), una escuela de formación laboral (Nº 3) y un
jardín de infantes (Nº 978). No cuenta con jardines prematernales ni
guarderías.
Respecto al equipamiento sanitario, la
localidad cuenta con dos centros de salud de gran importancia, el Hospital
Interzonal Especializado en Agudos y Crónicos Dr. A. Korn y el Hospital
Subzonal Esp. Psicopedagógico José Ingenieros pero que no contienen las
atenciones regulares y principales de los habitantes del barrio. De allí que su
población tenga que desplazarse al centro de la ciudad (sea al Hospital de
Niños o el General San Martín) para poder atenderse o realizar determinados
cuidados o tratamientos.
No hay demasiados espacios de recreación. Solamente existen dos clubes y un par de rentas de canchas de fútbol que congregan a gran cantidad de vecinos durante los fines de semana. No hay bares, ni locales bailables. De modo que la calle se transforma en uno de los espacios de encuentro obligatorios para los jóvenes de estos barrios. La calle es el lugar donde prueban su valía, donde se inician en la cultura de las drogas, donde escuchan música e intercambian información sobre las changas o el fútbol. La calle es el lugar de sociabilidad para los jóvenes del barrio, uno de los ámbitos a través de los cuales se construye pertenencia.
El medio de transporte más difundido en la zona es la bicicleta.
Descontando las empresas de remises “truchos”, el único medio de transporte
público, que comunica el barrio con el casco urbano, es la línea Oeste que
tiene un recorrido acotado y discontinuo al centro de la ciudad. De modo que
para llegar de una punta a otra de la ciudad o a las otras localidades de la
periferia tienen que tomarse dos o tres micros.
A tres cuadras de la 520, al costado del terraplén de la línea del ex
ferrocarril provincial, emplazado entre las calles
Hablamos de “asentamiento” porque el afincamiento de las viviendas respetó
la traza urbana. Esto no fue un hecho azaroso, muchos de los habitantes
provenían de villas miserias del conurbano y no querían reproducir la
experiencia en Las Rosas. No solo por el estigma que acarrea vivir en una
villa, sino por los contratiempos materiales que produce. Si bien la villa es
una manera de protegerse contra los abusos policiales, lo cierto es que se transforma
en un obstáculo a la hora de solicitar a las autoridades equipamiento urbano o
los servicios a las empresas concesionarias. De allí la negativa de los vecinos
de Las Rosas para que se establezcan casillas al costado de las vías del tren,
por el temor de que se reproduzcan.
En el barrio de Las Rosas no hay gas natural ni una red de agua potable
(sólo el 5,7% de los
hogares cuentan con el servicio de cloacas), mucho menos una red
de agua fluvial. Una de las características de la localidad son las zanjas
donde se van estancando las aguas podridas que vierten los vecinos y vuelven
soporífero el ambiente, sobre todo durante el verano (Las obras de zanjeo junto
al tendido ilegal de cables ilegales, constituye una de las primeras obras
colectivas del barrio). El anegamiento de las calles que fueron abiertas por
los vecinos, respetando siempre la traza urbana, dificulta no solo la
recolección de residuos, la que quedará acotada también a las calles donde
llega el asfalto, sino también la circulación de los patrulleros y las
ambulancias al barrio que se niegan muchas veces llegar al barrio con la excusa
de que se encuentran inundadas y los móviles suelen encajarse.
Desde el barrio Las Rosas hasta la escuela más cercana situada al lado de
la comisaría de Romero hay casi 20 cuadras (
Salvo en la 520 y las calles principales, tampoco hay alumbrado público.
Cuando llega la noche, o hay que salir a trabajar temprano, el barrio es una
boca de lobo, un callejón sin salida, sobre todo al fondo, en la zona lindante
al terraplén del ferrocarril.
Un atractivo para los más niños y para los roedores es el arroyo El Gato
(7). El brazo del arroyo no se encuentra entubado y hace muchos años que no
recibe tareas de dragado y limpieza, por lo cual en varios tramos de su curso
el agua se acumula, se descompone y provoca un fuerte olor nauseabundo. Foco
infeccioso y de contaminación para el barrio.
Como sucede en toda la periferia de la ciudad, después de las Iglesias
Evangelistas, las instituciones dominantes son los comedores barriales, la sala
de primeros auxilios (“la salita”) y la delegación municipal, sede de la ayuda
social gestionada directamente por el Municipio a través de la red política
clientelar que, en los últimos años estuvo bastante desaceitada lo que
permitió, entre otras causas, que se desarrollaran otras experiencias sociales
vinculadas a las organizaciones de desocupados, como por ejemplo,
Cuadro 1

Cuadro 2

Cuadro 3
|
POBLACION SEGÚN SEXO
Y GRANDES GRUPOS DE EDAD. MELCHOR ROMERO. AÑO
2001 |
|||||||||||
|
Población Total |
Varones |
Mujeres |
|||||||||
|
Total |
0-14 |
15-64 |
65y+ |
Total |
0-14 |
15-64 |
65y+ |
Total |
0-14 |
15-64 |
65y+ |
|
22.511 |
7.772 |
13.642 |
1.097 |
11.849 |
3.999 |
7.331 |
519 |
10.662 |
3.773 |
6.310 |
579 |
|
|
|||||||||||
|
Fuente: Censo Nacional de Población Hogares y Viviendas 2001. Dir.
Provincial de Estadística. |
|||||||||||
4. Las estrategias
Repasemos ahora algunas de las estrategias que pudimos averiguar a partir
de nuestro trabajo de campo. Para describir y analizar estas prácticas nos
hemos valido de las entrevistas que fuimos realizando a los vecinos del barrio
Las Rosas, un asentamiento ubicado en la localidad de Melchor Romero, en el
primer cordón, al sudoeste del Partido de
a. Códigos y rituales
Rosa, Justina y María están preparando el guiso para servir en el comedor
que tiene el MTD Aníbal Verón. El comedor queda enfrente de la vía. Es un
momento propicio para ponerse a conversar, es el momento en que la charla sigue
su propio rumbo, avanzando de aquí para allá, el momento en que los vecinos
comparten las novedades del día, repasan los temas pendientes, se cuentan la
desgracia ajena. Aprovecho para ponerme a hacer la entrevista y enciendo el
grabador. Les comento que los otros días unos vecinos que había entrevistado me
habían contado que “los chorros para saber si estabas en tu casa te tiraban
piedras al techo….” “Síííííííí”, responden casi al unísono y no saben si reír o
ponerse a llorar. No me dejan terminar la frase:
María: “Sí, y un día una amiga estaba viendo televisión y
de repente se empezó a ver mal, con lluvia. ‘La antena debe ser, papá’, dice
que le dijeron los hijos. Y cuando sale a ver qué pasaba, ahí no más lo
agarraron los chorros ¡Fijate lo que hacen los tipos! ¡Se cuelgan de tu antena
para que salgas!”.
Rosa: “Sí, se las saben todas. ¿Y sabés qué hacen
también? Se meten dos a la casilla y los otros de lejos miran si viene el
dueño. Y entonces empiezan a silbar para avisarles que vienen o no vienen. La
primera vez que los escuche yo dije ‘que son esos silbidos, qué está pasando’.
Y después la vecina me dijo que eran los que estaban haciendo campana para
alertar a los compañeros que venía el dueño”.
Justina: “Sí, son re vivos los pibes”.
María: “Y cuando te tiran piedras, y sos mayor, y ellos
ya saben, y salís ahí te la dan también”.
A pesar del entorno incierto y por momentos hostil, hay algunos islotes de
estabilidad, o de sugerente estabilidad para algunos de los actores del barrio.
Son lugares de sociabilidad protegida, como por ejemplo, la iglesia o los
comedores sostenidos por las organizaciones sociales. Allí se cultiva la
grupalidad, la vida colectiva que se vuelve una suerte de “paraguas” contra los
contratiempos. Se trata de auténticas cámaras de oxígenos que aportan los
insumos morales para continuar tirando de la cuerda.
Pero no debemos confundirnos, más allá de estos respiraderos, la vida no se
halla a la deriva. Lo que a simple vista –para la mirada de alguien de clase
media y universitaria- se nos presenta como desorganizado, se encuentra sin
embargo, implícitamente estructurado. Existen una serie de prácticas, que
suponen otros tantos códigos, que van cifrando la vida cotidiana, las
relaciones sociales en el barrio. Códigos que son las síntesis de experiencias
acumuladas por los vecinos del barrio. Códigos, más o menos tácitos, que asumen
la forma de consejos oportunos que los vecinos se trasmiten boca en boca para
estar en el barrio, para circular por la calle, códigos que se van
transmitiendo cuando se juntan a conversar en la vereda o en el mercadito de la
esquina.
Estos códigos no son innatos y tampoco se improvisan, no se dan de manera
espontánea. Se trata de una capacidad adquirida, producida colectivamente por
el miedo; hábitos aprendidos y compartidos ante el temor de sentirse el blanco
móvil de un sinnúmero de acciones hostiles que nosotros denominamos
“situaciones problemáticas”. Todas estas prácticas nos están informando sobre
la capacidad de actuar, la preparación mental para intuir los eventos
conflictivos y adelantarse a ellos, sea para contrarrestar sus consecuencias o
revertirlos. Códigos que vuelven seguro o más o menos seguro lo que se nos
presenta como inseguro; que buscan imprimirle certidumbre a la vida en el
barrio, volver previsible un cotidiano que se presenta como caótico, movedizo,
violento, incierto.
Lo más probable es que a la mirada entrenada frente al TV, en los buenos
modales de la clase media argentina, ajeno a este universo marginal y
desaventajado, se les escapen estas prácticas. Es más probable que perciban al
cotidiano como una reedición del estado de naturaleza de Hobbes donde el hombre
es el lobo del hombre, donde la inseguridad es el dato central de una vida que
debe medirse todos los días con la sobrevivencia. La democracia plebeya se
caracteriza por su brutalidad; ante la amenaza todos son iguales, se sienten
iguales. Cada uno es un enemigo y un competidor del otro. Melchor Romero se presentaría
como un territorio fuera de control.
Actos que no son una norma ni un contrato sino, como diría Goffman, “working consensus”. Se trata de una
interacción ritualizada (ritos de interacción), prácticas desarrolladas
colectivamente que gobiernan tácitamente la calle, la violencia consentida.
Interacción regulada por cláusulas no contractuales, como por ejemplo, saber
cuándo hay que bajar o voltear la mirada o llevar la mirada bien alta, saber
cuándo hay que dedicar una palabra que invite a la risa o relaje la situación.
Los vecinos deben aprender a leer estas señales discretas si no quieren
convertirse en centro de atención y, lo que es más grave, en víctimas de
ventajeos o aprietes.
Poco a poco, la vida en la calle, enseña a leer a sus actores. A fuerza de
contratiempos, los actores del barrio amplían la capacidad de percepción que
les permite anticiparse a las situaciones problemáticas y, de esa manera, a
volverse objetos de acciones violentas y humillantes. Se trata de un saber que
ni siquiera será percibido como conocimiento, pero esta racionalidad (aprendida
y compartida) se vuelve importante para manejarse en la calle, sobre todo, para
relacionarse con los más jóvenes o las personas desconocidas.
b. Razones prácticas: anecdotarios
y moralejas
Siguiendo a Pierre Bourdieu podemos decir que las estrategias de los
vecinos –producto del encuentro entre el hábito securitario y la situación que la ha producido- borran la
distinción entre lo racional (o intencionado) y lo habitual (o intuido). Indica
el orden de una razón práctica que
escapa a la lógica de la elección individual. No hay separación entre teoría y
práctica, en consecuencia la decisión sobre las estrategias que se adoptan
puede modificarse siempre, de forma que, en rigor, no podríamos denominarla
“decisión”.
El enfrentamiento a un cotidiano semejante reclama juicios rápidos y
flexibles, “decisiones” oportunas que se toman sobre la base de la experiencia
acumulada y compartida; “decisiones” que se adoptan para medirse con actores
muy dúctiles también en su carácter, puesto que no serán los mismos según estén
solos o en grupo, o los encontremos de noche o de día.
Muchas veces, detrás de los prejuicios de los vecinos se encuentra operando
este sentido práctico. Razones aprendidas en la calle, en parte, a partir de su
propio derrotero, pero en parte también con los aportes de los derroteros de
los otros vecinos.
De esa manera el barrio desarrolla una pedagogía implícita y colectiva que
se modela y transmite entre los vecinos a modo de consejos tácitos que se
proponen como las moralejas a los rumores de “último momento”. Ese anecdotario
colectivo va delimitando los horarios y los lugares prohibidos o no
recomendables; va discriminando los actores entre “buenos” y “malos”, entre
“trabajadores” y “vagos”; va sugiriendo los “pibes” propensos al delito, las
barras de jóvenes de los que debemos estar atentos o las malas influencias para
los hijos. “Mínima moralia” que aconseja a los vecinos sobre las formas seguras
de estar en el barrio, de moverse en el barrio, de salir del barrio y entrar en
él.
Pongamos por caso el relato de Miriam cuando nos cuenta que:
“…el otro día, eso fue un martes, a una chica que venía a
una reunión acá por el tema del comedor, vino caminando por allá atrás, por el
medio del campo, le robaron pero la intentaron violar también delante de los
dos chicos que venían con ella. Y ahora los hijos están con tratamiento
psicológico porque quedaron re asustados”.
Por su parte Rosa nos dice:
“En frente donde voy a trabajar, hay una señora que fue a
llevar la nena al jardín y cuando regresó encontró la puerta abierta. Le
llevaron el televisor, le robaron todo. Todos los vecinos vieron cómo los pibes
se llevaban el televisor”.
Se sabe que los rumores son una forma de producir malentendidos, pero
también de tomar distancia de aquellos vecinos que aparecen como los personajes
principales de semejantes noticias. Los vecinos, a través del “chusmerío”, se
convierten en confidentes, consejeros y guardianes. Llaman la atención sobre
las “malas yuntas” y sus prácticas habituales, los siguen de lejos, pero no se
les escapan sus movimientos, porque nunca saben en qué momento deberán apelar a
las estrategias para sortear sus acciones y porque, en última instancia, nunca
saben si sus hijos o parientes estarán exentos de ellos.
La propedéutica vecinal es una empresa colectiva porque el anecdotario se
nutre con los datos y la imaginación de todos. Nunca se sabe cuál es el límite
entre la ficción y la realidad. Nunca se sabe cuánto de mentira hay en los rumores
que circulan. Las noticias van y vienen, y con su retorno los detalles se van
volviendo más meticulosos. Esa es la manera que tienen los vecinos para
compartir sus experiencias y enseñarse mutuamente técnicas y trucos para hacer
frente a distintas situaciones problemáticas.
Sin embargo, la corredera de rumores no debe llevarnos a postular
relaciones de lealtad vecinal. Son tantos los conflictos en el barrio, como
diferentes las oportunidades que tienen para hacer frente a los problemas, que
resulta difícil mantener una relación incondicional. Existe, por su puesto, la
amistad, pero esa amistad irá transitando por diferentes humores. La
inestabilidad económica, en general, se traduce en una inestabilidad emocional
que no siempre se puede controlar en situaciones marginales.
c. La morbosidad: disposiciones
éticas que modelan la moral del barrio
La pedagogía vecinal es una pedagogía morbosa, es decir, una didáctica
colectiva que recurre al dolor ajeno para practicarse. Cuanto más sufrimiento
contenido haya en la anécdota, mayor replicancia, más oídos atentos encontrará
del otro lado, entre sus pares. La morbosidad no es un defecto ni una
excentricidad sino la manera de llamar la atención sobre situaciones límites.
Pero el “morbo” también, es la manera de proyectarse sobre la desgracia
ajena. Todos saben que lo que le pasó al vecino puede sucederles a ellos. La
morbosidad, el dolor del otro, es la manera de reconocer sus angustias, sus
temores, las sospechas que vienen elucubrando desde hace mucho tiempo. La
manera de recordarse la atención que tienen que prestar para andar por la
calle, los recaudos que hay que tomar cuando se ausentan de su casa o están
solos en ellas.
La efervescencia social que suscitan ciertos hechos en el barrio permite poner
a prueba el imaginario que se fue modelando con la composición colectiva del
anecdotario. Confirmación que se verifica en el uso de ciertos clichés, como
por ejemplo: “ya decía yo”, “no te lo había dicho”, “viste, yo qué te dije”,
etc.
La morbosidad moviliza a los vecinos, llama la atención, crea las
condiciones subjetivas que les permite hacer patente determinadas situaciones
problemáticas (percibir a determinadas situaciones como problemáticas) y a
interiorizar algunas estrategias para hacerles frente.
De esa manera la morbosidad sería la disposición
ética para hacer suyo el dolor de los otros, para ir modelando una moral barrial sobre lo que está bien y
lo que está mal, pero ante todo, sobre la manera de comportarse para evitar caer
en las “garras del mal”.
d. La sangre fría: umbrales altos
de tolerancia
Seguramente los vecinos del barrio Las Rosas tienen mucho más elevado el
umbral de tolerancia a las situaciones conflictivas (al abuso y la violencia
policial, el delito, el bardeo o las patoteadas de las banditas de pibes) que
otros grupos sociales adscriptos a otra clase social, ya que se someten a ellas
en forma rutinaria. Todos los días, apenas ponen un pie en la calle, saben que
pueden volverse objetos de distintas acciones conflictivas con las que tendrán
que lidiar.
Este aprendizaje de la “indiferencia” ante las situaciones conflictivas es
inseparable de la adquisición de la “sangre fría”. La socialización en los
barrios desaventajados supone cierto tipo de acostumbramiento a las
humillaciones por parte de la policía o las banditas de pibes.
Tolerar significa “aceptar a pesar de”, “aceptar con sufrimiento”. Pero no
debemos engañarnos y tampoco apresurarnos a sacar conclusiones a partir de lo
que vemos a primera vista. No estamos diciendo que las situaciones pasen
inadvertidas para los protagonistas o las víctimas del barrio, sino que se
despliegan distintos mecanismos psicológicos que les permiten continuar
habitando el barrio.
Vaya por caso la “sangre fría”: La supuesta indolencia no sería sino un
recurso emocional desarrollado para
evitar que la inseguridad los paralice. La socialización adecuada de los
vecinos implica ciertos niveles de acostumbramiento a dichas situaciones problemáticas
que, a simple vista –insistimos-, pueden ser leídas en términos de resignación.
Pero si se mira bien, tan pronto se empieza a hurgar en la conversación,
enseguida se advertirá el malestar que sienten, la afección ante dichas
situaciones, el malhumor que le producen todos estos problemas. Esa sensación
contrasta con otras actitudes diarias que sugieren frialdad, cuyo reverso es la
capacidad para improvisar mañas que desarmen al actor identificado como
adversario o problemático o evitar que la situación pase a mayores.
Pongamos el caso de Miriam, que desde hace cinco años vive en el barrio y
ya sabe que la noche es el tiempo de las fechorías, el momento escogido por los
“rateritos” o “apretadores” para interceptar a los desprevenidos o incursionar
en las casas vacías. Lo que sucede a la noche, dice Miriam es comprensible
porque…
“…esto es una boca de lobo. Acá de noche no se ve nada,
no hay alumbrado público, no hay nada. Ya a la seis o siete de la noche no se
puede andar, a la siete de la mañana tampoco. ¡Pero a pleno día…!”.
El umbral de tolerancia lo marcan los chicos en la calle, las compras al
mercado. Lo que pasa a la noche se explica en la oscuridad, pero también en las
calles sin asfaltar, es decir, en la imposibilidad para que policía patrulle la
zona.
Miriam es una referente del MTD Evita que ha puesto un comedor en su propia
casa por la que transitan doscientos chicos por día en busca de su copa de
leche. Tres veces por semana, esos mismos chicos se llevan un pote lleno de
comida para el resto de la familia, porque la casa de Miriam es pequeña y no
hay lugar para que todos puedan sentarse a comer al mismo tiempo. “La merienda
es distinta porque los chicos no llegan todos juntos, y cuando lo hacen no se
demoran en tomar la leche”.
Todo el mundo, sobre todo las mujeres y en particular las madres, saben que
la noche no debe sorprenderlos afuera. La noche pero también la esquina y sobre
todo el terraplén de la vía del ferrocarril, constituyen los lugares indicados
para ponerse a beber o usar drogas. El problema se presenta cuando se hace a
plena luz del día y en cualquier lado. A Miriam no se le escapa que la vida en
el barrio transcurre en la calle. Las casillas son pequeñas y la vida se
proyecta sobre la calle. La calle es el living de su vida. Si los pibes se
drogan a la noche, es un problema pero por lo menos sus hijos ya no están en la
calle. El problema es cuando lo hacen a plena luz del día y en cualquier parte,
es decir, a la vista de todos o de sus hijos.
Aprender a convivir consiste en desarrollar niveles altos de tolerancia, interiorizar
una serie de disposiciones mentales que, a la larga, hacen de la vida cotidiana
un lugar más seguro, transitable, vivible.
e. ¿Quién se queda en casa?
“No dejes la casa sola porque ahí vienen y pum, te la
dan. Eso es lo que hacen ellos” –dice Víctor de una manera contundente. Por eso, agrega Estela, “cuando nos vamos,
siempre hay que dejar alguna familia”.
“Nunca dejamos la casa sola” –acota Rosa.
“…Hay que quedarse en casa –dice Daniel-, siempre alguien
tiene que quedarse en la casa. Si te vas…
¡preparate para no encontrar nada cuando regreses!”.
La inseguridad ha modificado las pautas de comportamiento de los vecinos,
las costumbres del barrio. Una de las conductas típicas es la presencia
obligatoria de algún familiar en la casa durante las 24 horas del día. Hay que
evitar el ausentismo. No se puede dejar sola la casilla, ni siquiera una hora.
Sus miembros se van turnando para custodiar la casa, y cuando todos tengan que
salir, habrá que informárselo a los vecinos para que, cada tanto, echen un
vistazo y, si es posible, que alguno de sus miembros se trasladen a ella.
Víctor es un inmigrante boliviano que se dedica a la construcción como gran
parte de los vecinos, que se asentó en el barrio hace ya casi nueve años. Vive
en el fondo del asentamiento, justo allí, “en
la boca del lobo” -como suelen decir sus vecinos-, al lado de la vía del
ferrocarril. Su casa se ve desde los pastizales del terraplén, que es uno de
los puntos de encuentro favorito de las banditas de pibes. No necesitan
ocultarse, todo el mundo sabe que están allí, pispeando, aguardando la
oportunidad para meterse en alguna casa. Los vecinos lo saben, por eso se
resisten a dejar la casa sola.
Este ha sido uno de los temas más discutidos en las asambleas de las
organizaciones de desocupados. Cuando la movilización era una acción que se
practicaba todas las semanas, los vecinos iban alternando su asistencia al
piquete para evitar dejar desabitada la casa. Los planes de lucha era una
oportunidad para que los “pibes chorros” hicieran sus fechorías. Y la forma que
tenían para conjurar esas incursiones era turnarse entre los familiares o
vecinos compañeros o volverse antes del piquete, antes de que caiga la noche.
“Por eso nosotros nunca dejamos sola la casa, siempre dejábamos a alguien”,
dice Daniel, otro referente del barrio, que armó otro comedor en su casa, con
la mercadería que le entrega el MTD Tierra y Libertad. Esa mercadería y los
robos en la zona los llevó a tener que montar guardias, de turnarse entre sus
compañeros para no dejar sola toda esa mercadería en la casilla que habían
improvisado para almacenarla.
Como dice Miriam:
“…Yo no salgo a ningún lado. Yo tenía ahora un acto en
Romero y no fui porque tengo miedo de dejar la casa sola. Además están los
pibes… ¿y si entran y les hacen algo a los pibes? Yo no puedo salir. Mi marido
trabaja en construcción y por suerte trabaja acá cerca ahora y va y viene. Pero
también está con el corazón en la boca porque no sabe si van a volver o no van
a volver.” (…) Te agarra una impotencia. Uno ya no sabe si ir a trabajar o
quedarse. Porque si no trabajas te cagas de hambre, y si salís a trabajar lo
poco que ganas te lo roban. A mi cuñado, que vive a dos cuadras de acá, ya es
la tercera vez que le entran en un mes. Y antes de ayer le intentaron robar
otra vez. El pobre ya no tiene nada en la casa”.
Una casa vacía, es una casa abierta, candidata fija al hurto. No son los
prejuicios del barrio hacia los más jóvenes sino las experiencias previas, es
decir, los robos del que fueron víctimas alguna vez, ellos o sus vecinos. Salir
al mercadito o llevar los hijos a la escuela o al jardín, supone no demorarse a
conversar con otros vecinos. Sobre todo si no se ve a los vecinos afuera de la
casa. Si la calle está vacía, hay que hacerlo todo rápido.
“Pero… yo te digo una cosa… –le dice Daniel a Estela- la
culpa la tiene ella, porque deja la casa sola. En lugar de cuidar la casa está
todo el día en la casa de la madre y entonces vienen los chorros y te
desvalijan en un ratito. No sé, digo yo”.
f. Ese extraño: el primer golpe o
el bautismo a los nuevos vecinos
Por la misma razón de que el aislamiento, esto es, la falta de “lazos de
interconocimiento” genera un sentimiento de inseguridad, la falta de
integración será percibida por el resto de los vecinos como una amenaza, otra
fuente de riesgo.
Cuando llegan “extraños” a un barrio, se trate de una persona o de una
familia entera, se convierten, por así decir, en el centro de todas las
miradas. Los extraños son los desconocidos, nadie sabe sus intenciones, su
derrotero, las causas y las relaciones que los trajeron hasta allí. Como dice
Kessler, “todo desconocido, por definición es poco confiable y hasta
amenazante, lo cual hace hipotetizar el aumento de localismo y de una alterofobia
creciente, vista como forma de reaseguro” (Kessler; 2007 a: 89).
No sólo se ganan la atención de los vecinos de la cuadra que miran con
desconfianza a los nuevos vecinos, sino la atención de las “banditas” del
barrio. Para los nuevos vecinos las banditas pasarán inadvertidas, pero como
tampoco tienen la confianza suficiente para acercarse a los viejos vecinos a
preguntarle por ellas, se encierran en su casa esperando “el momento”.
La familia nueva podrá conocer los códigos, en caso de que venga de otro
barrio marginal, pero no sabe nada de los habitantes del barrio. No sabe
identificar la mirada atenta de los pibes que desde la otra punta relojean su
casilla, lo siguen de cerca, esperando el momento para realizar el golpe.
Ese golpe, sin embargo, será su bautismo en el barrio, una de las formas
instituidas por los vecinos para reconocerlo como un par. El golpe, es la marca
mediante la cual una persona o grupo de personas (una familia por ejemplo)
adquiere el estatus de vecino en el barrio. Se trata de un acontecimiento que
le confiere al sujeto en cuestión una posición semejante dentro del barrio. La
violencia de la que fue objeto actúa como una marca fundante de reconocimiento.
Recién ahí, después del golpe, cuando la policía se hace presente, saldrán los
vecinos a curiosear pero también a estrechar las manos de la nueva víctima;
recién ahí el resto de los vecinos lo sentirán parte del barrio. De ahora en
más se encuentran en igualdad de condiciones; el nuevo vecino habrá pagado su
derecho de piso y será considerado uno más.
A partir del robo del que fue víctima el morador “desconocido”, dejará de
ser percibido como un “otro”. El robo los junta, lo vuelve “uno mismo”. El robo
es el pasaje de la extrañeza a la vecindad. A través del robo, el morador
dejará de ser percibido como extraño para ser considerado parte del barrio,
para ser tenido en cuenta como uno más. El robo es una suerte de rito de
pasaje, a través del cual los vecinos se reconocen como pares, formando parte
de la misma comunidad.
g. Los perros (no siempre) ladran
Un punto y aparte merecen los perros del barrio. No hay casa que no tenga
un perro. El perro forma parte del paisaje junto a los chicos que juegan en la
calle. De hecho, para algunos vecinos, los perros se vuelven un problema porque
muerden a los niños o desparraman la basura. Pero a pesar de ello, los perros
son lo compañía forzosa de los dueños de casa, la alarma más precaria de la que
se valen los vecinos del barrio para advertir la presencia de los desconocidos.
Los ladridos de los perros a la noche pondrán alerta al dueño y a sus
vecinos, quienes también estarán atentos a la incursión furtiva de gente
desconocida. Los ladridos continuos los despiertan, los sacan de la cama para
asomarlos afuera, encender las luces, o hacer algún ruido, para que todo ese
movimiento desanime al merodeante a realizar cualquier fechoría, para ponerle
sobre aviso de que en su interior están los moradores y están despiertos,
atentos.
Para decirlo con el testimonio de Estela:
“La otra vez, durante una semana, empezó un domingo la
cosa, todas las noches, los perros empezaban a ladrar. Desde las 10 de la noche
hasta las 2 o 3 de la madrugada los perros no paraban de ladrar. Algunos
vecinos enseguida se dieron cuenta. Nos dijeron que los pibes miraban siempre
para este lado y para el almacén de acá al lado”.
Pero cuando se trata de los ladridos de los perros del vecino, los mismos
los llevarán a encerrarse cada vez más, a meterse debajo de las mantas; no se
les ocurriría asomarse a la noche, aunque no dudarán en acudir al otro día a lo
del vecino con preguntas sobre los ladridos del perro.
Ahora bien, los perros no siempre ladran. Algunas veces permanecerán
callados. Se sabe, el perro ladra cuando se acerca un desconocido, pero… ¿qué
pasa cuando el que merodea la casilla es una persona conocida para el perro?
Muchas veces los “delincuentes” son los mismos pibes del barrio, es decir, los
pibes que juegan con los perros durante el día. Otras veces, los pibes se la
pasan dando vueltas a la manzana, yendo y viniendo, fichando las casas, tomando
confianza con los perros, haciéndoseles conocer. De modo que cuando éstos se
acerquen a la casa en cuestión, el perro seguirá callado porque estará con
gente conocida, no serán percibidos como extraños.
Las palabras del Paraguayo son elocuentes:
“Hoy, antes de irme al hospital a dar las inyecciones, vi
a tres pibes que estaban déle pasar para allá. Y se ve que se la iban a dar a
la de la esquina. Pero… ¿qué vas a hacer? Era muy temprano. Los perros ya no
les ladran porque como pasan siempre son conocidos para ellos”.
Otras veces, los pibes se dan cuenta que los dueños no están en la casa
porque los perros no paran de ladrar. Dice Rosa:
“Pero sí, ya desde los otros días venían vigilando esa
casa. Cuando venía para acá, al comedor, los vi, y cuando me vieron salieron
disparando. Hacía por lo menos quince días que la venían junando. Ellos fichan
todo el barrio. Dan vuelta la manzana y miran, miran. Cuando los perros le
entran a ladrar es porque no hay nadie”.
Los perros no son siempre el mismo perro. El temperamento de los perros es
muy distinto, y habla de la conducta de sus dueños y de sus hábitos. A los
pibes no se les escapa el comportamiento ambiguo de esos animales. Por eso no
hay que confiarse demasiado en ellos. Lo que a simple vista parece un mecanismo
de defensa puede transformarse en una señal para aquellos “rateritos”.
h. Seducir o evitar
Carlos es una persona mayor, uruguayo, lo conocen todos porque fue uno de
los primeros que se asentó en el barrio. Trabaja haciendo mantenimiento en el
Frigorífico de Gorina. Todos los días, cuando regresa en bicicleta a su casa,
después de hacer sus changas, se topa con distintas barritas de pibes:
“A veces tenés que agachar la cabeza, no mirar o mirar
para otro lado, sobre todo cuando están fumando. Pero otras veces te conviene
mirarlos y saludarlos con una sonrisa, que sé yo…, preguntarles por la vieja,
gastarlos porque perdió el lobo, depende del momento. Nunca se sabe, tenés que
andar con las antenas paradas”.
En efecto, otra de las estrategias que suelen emplear los vecinos del
barrio es la seducción que, como dice Carlos, a veces puede ser una sonrisa,
otras veces puede ir acompañada con algún intercambio de palabras que funcionan
como una suerte de contraseña que les permite sortear a la barra de la esquina
y continuar con su camino.
Por ejemplo, en algunos casos, los vecinos preguntarán por la madre o algún
familiar enfermo, poniéndoles sobre aviso a la persona en cuestión que sabemos
ante quién estamos, pero también
procurando tocar un costado sensible de la persona, buscando desalentar al
supuesto “sospechoso” de cualquier fechoría, sorprenderlo y cambiarle el eje.
Otras veces, la seducción se puede consumar a través del aporte más o menos
espontáneo de alguna moneda para la “birra” o con el convite de algún cigarro.
El vecino suele recurrir a su código o emplear palabras que pertenecen a la
jerga de los “pibes”, para desapercibir o disminuir la distancia generacional.
La clave está en manifestar cercanía, o sea, no llegar a ser percibido como un
“extraño”, alguien que se encuentra en la vereda de enfrente. Allanar la brecha
generacional para que el otro no lo perciba precisamente como alguien
diferente, alguien que no es del “palo” y, de esa manera, volverse objeto de
groserías, peajes o convertirse en centro de un ballet de miradas donde todos empiezan a tomarle el pelo.
En todos los casos hay que saber mostrarse lo más cercano posible a una
determinada persona, y por su intermedio, al resto del grupo. Pero en todos los
casos se deberá tener especial cuidado de no herir su orgullo, sobre todo
cuando éste se encuentre con sus compañeros, porque de esa manera se sentiría
desafiado frente a sus pares y tendría que probar su valía y poner a prueba la
lealtad con el grupo.
Otra de las estrategias que suelen desarrollar los vecinos del barrio
apunta a evitar tomar contacto con “esa gente”. Es lo que Gabriel Kessler
(2004) llama estrategias de “evitamiento”. Se trata, precisamente, de sortear
al grupo dando un rodeo para llegar a la casa, o cruzando a la vereda de
enfrente, bajando la mirada, acelerando el tranco o esquivando la esquina en
cuestión.
Se sabe que los “pibes” suelen apostarse en el mismo lugar y que casi
siempre lo hacen a determinadas horas del día. De modo que no es difícil
averiguar cuándo hay que evitar pasar por ese lugar para no transformarse en
objeto de agresión.
i. Cuando el miedo es la forma de
producir seguridad
Una de las estrategias más difundidas entre los vecinos del barrio es el
miedo. El miedo viene a ocupar el lugar que tenía el Estado décadas atrás,
cuando la policía estaba para prevenir. Pero cuando el Estado modifica su
intervención, y la policía, al menos en esas zonas de “no derecho”, está para
contener o controlar la emergencia de la marginalidad, sea regulando el delito
o disciplinando a los grupos de pares juveniles que desarrollan prácticas
“disfuncionales”, entonces los vecinos de estos barrios encuentran en la
policía antes que un interlocutor dispuesto a canalizar sus reclamos, una
institución ambigua que puede llegar a agravar dichas situaciones tan sólo con
su presencia pasiva.
La íntima convicción que tienen los vecinos de dicha situación les llevará
a tomar distancia de la policía cuando se hace presente en el barrio convocada
por algún vecino. Cuando la policía carga con todas las sospechas, para qué
exponerse de esa manera aportando datos que después pueden volver más
vulnerable la vida cotidiana. Porque cuando la policía se retira, y las cosas
vuelven a la normalidad (la policía está ausente), los vecinos tienen miedo de
la represalia de los “pibes chorros”. Para decirlo con el testimonio de los
vecinos:
Miriam: “A mí me vienen los vecinos, porque como me ven
un referente del barrio, vienen los vecinos a decirme que haga reuniones, que
llame a la policía, que hagamos una junta… Pero yo tengo miedo también, yo no
tengo seguridad para armar algo. Porqué mirá si se enteran y vienen y me
cascotean el rancho o me hacen algo a los pibes o me entran cuando voy a
buscarlos a la escuela”.
Víctor: “Yo estuve levantando firmas una vez, como
setenta firmas juntamos nada más. El resto no quería firmar. Queríamos juntar
firmas para hacer una presentación para que saquen a los chorros. Pero la gente
tenía miedo de firmar”.
Rosa: “Claro. La gente no se los quiere poner en contra,
porque después te pueden prender fuego la casilla”.
Eso por un lado, porque por el otro, el miedo viene a llenar otro vacío que
se produjo ante la desestabilización del mundo del trabajo. “Si suponemos que
toda la vida social debe tener principios reguladores, vale la pena recordar el
papel regulatorio que tenía la vida obrera y sobre todo fabril en el pasado. La
regulación microsocial central de los barrios habitados mayoritariamente por
sectores populares estaba marcada por los ritmos de la organización fabril:
ésta marcaba sus períodos especiales (las vacaciones, los aguinaldos y su
impacto en el comercio local), mantenía en vilo a la comunidad cuando acontecía
algún conflicto (la huelga, el cierre o disminución de las fuentes de trabajo”
(Kessler; 1999: 235). De modo que la desindustrialización, la desindicalización
y el desmantelamiento del Estado social que se descompromete de la relación
capital-trabajo tuvo como consecuencia formas de desregulación de la vida
local.
En este contexto, la sensación de amenaza, el pánico que cunde entre los
vecinos del barrio cuando se sienten expuestos al delito en general o al
“bardo”, viene de algún modo a cubrir ese lugar que quedó vacante.
Daniel nos cuenta que a sus hijos siempre…
“…se los acompaña hasta la parada del micro”. “Ahora, hay
tanta inseguridad que tendríamos que ir a buscarlos al colegio, pero con el
tema del laburo… A mí me da miedo realmente que ella tome sola el colectivo o
que venga sola desde la parada hasta la casa. Me da mucho miedo. Pero le
decimos que no suban en auto con gente extraña o que si alguien los quiere
levantar digan que no, que no le den bolilla. Y si le llegan a decir que vienen
de parte de tu papá o tu mamá, que no suban igual. Yo sé que ellos tienen que
llegar a la una o una y media, porque tienen el comedor. La otra vez, la cazqué, porque no venía y no venía, yo
me asusté, y bueno resultó ser que se había ido a la casa de la tía sin avisar,
eran las dos y no venía. Y me pegué un julepe bárbaro”.
Como sugiere Kessler, cuya hipótesis perseguimos también en nuestro trabajo
de campo, “la percepción interna de peligro puede ser analizada como una forma
de regulación de la vida barrial en numerosas zonas urbanas de la Argentina”.
“El temor lleva a la modificación de prácticas, a restringir las salidas,
eventualmente a la mudanza, pero también, de una forma más sutil, a la visión
compartida de una amenaza para toda la población, hombres y mujeres, y
contribuye a la regulación de la vida social, entendida como la producción
social de regularidades que pautan el desarrollo de la vida colectiva. El temor
delimita en el hogar los horarios de salida y entrada al hogar, se transforma
en un tema central de conversación entre vecinos y sirve como criterio de
demarcación y exclusión interna entre los peligros y sus potenciales víctimas.
El miedo puede también dar origen a prácticas colectivas con distinto grado de
formalización, como las distintas formas de ‘vigilancia comunitaria’. En tal
sentido, el temor, la visión de un peligro interno omnipresente, más que un
problema contextual debe ser analizado como un factor importante en la
organización social local ante la implosión generada por la desestabilización
del mundo del trabajo” (Kessler; 1999: 236).
No deberíamos apresurarnos a entender el miedo como la respuesta a un
estímulo, esto es, la sensación que tiene el vecino cuando su vida transcurre
frente al televisor. La explicación de estas conductas debería buscarse en el
vacío producido por el descompromiso del Estado y la desestabilización del
mundo laboral.
Cuando la policía está ausente, pasa de largo o llega demasiado tarde o muy
de vez en cuando, la manera de tomar distancia de la calle, de frecuentar
ciertos lugares a cierta hora del día será teniendo miedo, cultivando este
sentimiento entre los familiares o los vecinos, sobre todo cuando se trata de
los niños.
Se trata de dar rienda suelta a esa sensación muy habitual cuando se vive
en un barrio semejante, de sentirse el blanco de todas las miradas. Sensación
que hay que saber transmitir a los otros miembros de la familia o vecinos.
Porque de eso se trata el miedo: cuando lo hijos tienen que volver solos del
colegio, cuando se mueven también solos por el barrio, cuando la calle es un
lugar de sociabilidad forzoso, porque es la manera de descongestionar la
casilla donde se vive, la manera que tienen los padres de asegurarse la
presencia de sus hijos a determinada hora, que sean puntuales o no se alejen
demasiado, será incubando el miedo. Cuando la policía está ausente, pero
también cuando la mirada de los padres no puede seguir de cerca a los hijos por
todos lados, la manera –paradójica por cierto- que tienen los vecinos para
“volver seguro” su cotidiano, de sentirse tranquilos por sus hijos, será a
través del miedo, transmitiendo miedo.
j. Respetado y conocido: el
paraguas de las redes sociales
Uno de los rasgos que agrava la situación de vulnerabilidad, que vuelve más
desventajosa la vida en el barrio, es el aislamiento. Estar “solo” puede volverse
peligroso. La ausencia de lazos sociales transforma nuestra vida en el barrio
en una pesadilla. Estos vecinos aislados, desprovistos de contactos, se
convierten -o esa es la sensación que tienen- en el centro de las miradas del
barrio, se sienten vigilados, desconfiados y, por tanto, el blanco perfecto
para cualquier atraco.
En estos barrios, estar protegido significa tener una cantidad más o menos
significativa de vínculos sociales. Vincularse significa “conectarse”, es
decir, generar los contactos necesarios que lo saquen de ese estado de
anonimato. Para decirlo otra vez con las palabras de Kessler: “En algunos
lugares complicados estás protegido cuando tenés una cantidad más o menos
respetable de vínculos que hacen que seas conocido, puedas negociar, recuperar
lo robado, no vuelvas a ser victimizado (…) No ser visto como parte de las
tramas locales, ser visto como un extraño en el mismo lugar donde se vive, o
como alguien que desprecia los sectores sociales, vulnerabiliza más” (Kessler;
2007 b).
Se trata de volverse “conocido” para ganarse algún tipo de “respeto”. La
respetabilidad se construye a partir de los vínculos que se van tejiendo con
los vecinos del barrio, al interior de otras experiencias percibidas por sus
integrantes como una suerte de paraguas de seguridad.
La manera de acumular capital social, para obtener respetabilidad frente al
otro, será adscribiéndose a una red social que puede asumir diferentes formas.
Puede que se trate de una red política clientelar, pero también una red religiosa,
o a un movimiento social que tiene trabajo territorial en el barrio. Del
trabajo en un comedor barrial, en la copa de leche o una huerta o el ropero, se
derivan una serie de vínculos que aportan respetabilidad, que lo transforman en
un vecino conocido y reconocido. No solo se vuelve visible, sino que la
experiencia de la cual forma parte supone una suerte de “paraguas” a través de
los cuales obtiene alguna dosis de inmunidad, al menos frente a ciertos
actores.
Es lo que le pasa a algunos referentes del barrio. Daniel, por ejemplo, es
muy consciente de esta situación:
“A nosotros los pibes del barrio no nos da inseguridad
porque los conocemos, porque somos vecinos. Pero a la gente que viene de afuera
sí. A mí me pasa que cuando vuelvo del frigorífico de laburar me cruzo con
otras barras de pibes de la otra cuadra o acá a la vuelta, y… te da un poco de
miedo”.
A diferencia de los demás vecinos del barrio, Daniel no siente miedo en el
barrio, un barrio que tiende a acotarlo a las dos cuadras aledañas a su casa.
Daniel tiene miedo por sus hijos cuando van o regresan de la escuela, es decir,
cuando no están en el barrio. Afuera del barrio a Daniel no lo conocen y el
mundo se presenta con toda su incertidumbre, se vuelve inabarcable. Pero en el
barrio, Daniel se siente seguro, lo conocen todos, incluso los pibes que se la
pasan molestando a la gente. Todos saben que en su casa funciona un comedor y
un ropero. Como dice su amigo Miguel:
“…a nosotros nunca nos jodieron. Porque nosotros los
apoyamos”.
“Sí, -agrega Daniel- porque alguna vez vinieron a
decirnos que ‘mirá loco yo ando así y así’, y si no teníamos algo para
ayudarles. Y entonces le dimos mercadería o comida y bueno, te respetan. Todo
bien con ellos. Pero igual nosotros no los dejamos entrar aquí.”
“No se meten con los comedores” –dice Estela-. “Una vez
rondaban y rondaban, y nosotros pensamos que nos la iban a dar, pero resultó
que era para manguearnos. Nosotros siempre le dimos. Ellos saben a quien joder.
Saben que nosotros nos organizamos y que ni les conviene aparecer. Pero hay
gente, como a esta chica que te decía que la agarran de punto y le roban
siempre”.
“¿Tienen miedo?”, le pregunto a Daniel.
“No, acá en el barrio no. Ahora, fuera del barrio, sí. Porque ya te digo,
porque acá nos conocemos todos. Va, entre los vecinos nos conocemos. Nos
cuidamos entre nosotros. A parte los chorritos del barrio se están yendo todos,
a prisión se están yendo. El sobrino de mi hermano por ejemplo”.
Pongamos otro caso, el ejemplo de los jóvenes desocupados del barrio. Esos
jóvenes se sienten inseguros si se mueven solos afuera del barrio, no solo
frente a otra barra de pibes sino sobre todo frente a la policía. Para los
jóvenes de estos barrios, estar en grupo, es estar protegido. Cuando se mueven
en grupo, se sienten protegidos. La policía no suele detener a los pibes cuando
andan en grupo, sino cuando los encuentran solos por la calle. La grupalidad
permite sostener una mirada ante la policía. La grupalidad es un paraguas de
protección.
A grandes rasgos, podemos agregar, que tanto el “bardo” o la cultura de las
“banditas de pibes”, la “ética del aguante”, la militancia religiosa, la cumbia
villera, el rock chabón, la devoción religiosa a ciertos íconos masivos (Gilda,
Rodrigo, Frente Vital, San
Este tipo de estrategias suelen ser paradójicas para los vecinos del
barrio, pues lo que para algunos (pongamos por caso los más jóvenes) constituye
una manera de hacer frente a determinados problemas; para los otros (pongamos
por caso las mujeres mayores o ancianos) constituye la causa de los problemas o
de determinados problemas para los cuales tienen que desarrollar otras
estrategias.
k. El encierro y restricciones de
movimientos
Una estrategia estrechamente vinculada a la ausencia de lazos sociales es
el encierro o las restricciones de los movimientos. Dice Kessler: “En algunos lugares, quienes no tienen
respeto o conocimiento, como estrategia encierran a los hijos” (Kessler:
2007 b). Quienes se encuentran solos en el barrio, ausente de las tramas
locales, tienden a encerrarse en el barrio.
El déficit de integración social, lleva muchas veces a clausurar la vida de
los miembros de una familia al perímetro de su vivienda. Este aislamiento no
solo vuelve más vulnerable la vida de aquellos miembros, sino que puede ser la
causa de una serie de malentendidos. Muchas veces estos malentendidos se
producen como consecuencia de determinados prejuicios alimentados por la vida
solitaria
Pero no basta con encerrarse en su propia casa, a veces tampoco conviene
salir del barrio. Hay que evitar que la noche te sorprenda. No solo porque es
muy difícil encontrar un colectivo que te lleve de regreso, sino porque hay
zonas que se vuelven intransitables por la oscuridad.
Por otro lado, cuando sos joven, salir del barrio significa volverse objeto
de detención por parte de la policía. Casi todos los pibes del barrio no suelen
ir al centro de la ciudad, y si lo hacen siempre es en grupo. Saben que si van
solos o de a dos, la policía los va a detener. Muchos de ellos conocieron el
centro de la ciudad recién cuando se movilizaron con la organización frente al
Ministerio o
“Vos ves como la gente se cruza de vereda o agarra el
bolsa contra el cuerpo”, dice Pablo.
Esa desconfianza y la humillación la experimentan cuando tienen que
acercarse al Banco a cobrar el Plan Trabajar. Dice Gabriel:
“Cada vez que iba al Banco a cobrar me paraba la policía,
por la facha nomás. Y a veces cuando salía también me paraba y arrojaba todo en
el capo del coche y me preguntaban delante de todo el mundo que pasaba por ahí
de dónde había sacado esa plata. Y yo les decía ‘Pero si vengo de cobrá, ¿Qué,
tengo cara de chorro yo? Mirá, acá está el documento.”
5. La construcción social de
estrategias de seguridad: algunas conclusiones provisorias
Dijimos que las estrategias son las prácticas llevadas a cabo por los
grupos desaventajados para configurar “soluciones” a los problemas percibidos
dentro o fuera del marco de las culturas dominantes. Los modos de vida
adoptados por los sectores marginales para encarar un cotidiano contradictorio,
para abordar las situaciones inseguras que tienen que afrontar en la vida
diaria. Esos modos de vida son modos de obrar, sentir y percibir que los
actores del barrio desarrollan durante la interacción con otros actores del
mismo barrio o de fuera del barrio. Todo eso supone aprehender determinados
códigos, es decir, saber utilizar lenguajes, maneras de vestir, el cultivo de
determinadas relaciones (acumulación de contactos). Dicho de otra manera, son
las prácticas más o menos espontáneas que fueron desplegando, sobre la base de
repertorios y experiencias previas, propias o ajenas, para hacer frente a la
dinámica que genera la exclusión social.
Estas estrategias, como pudimos ver, si bien son contradictorias no son
excluyentes entre sí. Los vecinos del barrio alternan unas y otras según el
caso. Depende la situación en la que se encuentran, esto es, la hora o el
lugar, si están solos o acompañados, pondrán en juego determinadas estrategias.
No es lo mismo andar sólo por la calle que venir acompañado de un amigo o andar
con los hijos. O estar cerca o lejos de la casa, de día o de noche.
Las estrategias son múltiples. Hay estrategias reactivas, que despliegan
preventivamente, antes de que se suscite la situación problemática; y hay
estrategias pro-activas, que se despliegan una vez acontecida la situación
problemática. Entre las primeras habría que nombrar el miedo, la estigmatización,
el evitamiento o el distanciamiento forzado, la seducción, la sumisión, la
vigilancia solidaria, o el uso de los perros. En las segundas se pueden contar
al escrache y al linchamiento, auténticas formas de justicia popular que forman
parte de las costumbres en común de estos sectores (9).
Habría también que tener presente los padrinazgos que suelen desarrollarse
entre los actores y punteros del barrio o policías de la zona a la hora de
hacer frente a dichas situaciones. En efecto, también la red de resoluciones de
problemas (el clientelismo político) constituye un espacio para plantear las
situaciones problemáticas y aventurar alguna solución a partir de los contactos
que puedan tener los respectivos mediadores (o punteros) con la policía o autoridades
judiciales o municipales. Lo mismo puede decirse de las organizaciones
religiosas o sociales del barrio, constituyen un ámbito para debatir las
situaciones problemáticas de que son objeto diario, procurando buscar y
desarrollar estrategias colectivas en algunos casos, para hacer frente a dichas
situaciones.
Por eso mismo, estas estrategias son individuales pero también colectivas,
en la medida que pueden involucrar o arrastrar al barrio entero o parte del barrio,
como por ejemplo en las acciones de linchamiento; o cuando intervienen las
organizaciones sociales o políticas del barrio a partir del requerimiento de
sus integrantes. Esas estrategias varían según estemos ante hombres o mujeres y
adultos o jóvenes, incluso en cada uno de estos grupos las prácticas varían
también.
Las estrategias constituyen un proceso que se desarrolla a lo largo de la
vida, donde las decisiones pasadas pueden influir en las presentes y anticipan
las futuras. Los actores incorporan recursos que son las experiencias pasadas
y, más específicamente, como sugirió Bourdieu, la historia de la acumulación
del capital hecho cuerpo. Pensar en las estrategias es tener en cuenta las
condiciones objetivas incorporadas en forma de hábitus, esquemas de percepción, de apreciación y de acción, que
constituyen sistemas de disposición a pensar, a percibir y a actuar, ligadas a
una definición práctica de lo posible y de lo imposible, de lo pensable y de lo
impensable (10).
Las estrategias consisten en la movilización de capital social (contactos)
y cultural (información, experiencias previas) para hacer frente a los
conflictos, imprimiéndoles certidumbre a las relaciones sociales, asegurando,
por añadidura, su cotidiano familiar. La organización de los recursos en
función de ciertos objetivos o proyectos; objetivos no necesariamente
explícitos; ni recursos necesariamente calculados, pero que están siempre
presentes. Lo que no significa que estemos ante prácticas espontáneas. Si bien
el despliegue de este tipo de estrategias no requiere necesariamente –es decir
tampoco excluye- que los actores movilicen una determinada racionalidad en lo
que respecta a la consecución de ciertos fines y la instrumentación de
determinados medios, lo cierto es que están presentes en las conversaciones
diarias al interior del grupo, entre los vecinos del barrio.
Estamos ante estrategias que ni siquiera serán percibidas como estrategias,
prácticas que se encuentran tan afincadas en la vida diaria que difícilmente
puedan ser reconocidas o identificadas por sus protagonistas como
“estrategias”, sino como pautas de comportamientos compartidas, la manera
correcta o segura de habitar el barrio, o de moverse afuera del barrio.
El desdibujamiento del Estado y la doble vida de la policía, llevará a los
sectores vulnerables a poner en práctica estrategias para hacer frente a las
distintas situaciones problemáticas que se les presentan todos los días. Se
trata de gestionar formas locales de reconstrucción de la previsibilidad
social. Prácticas destinadas a regular relaciones microsociales carentes de
principios de certidumbre, desprovistas de la atención estatal.
A través de estas estrategias los sectores desaventajados encaran los
conflictos o se anticipan a ellos para evitarlos, a pesar de las restricciones
que les impone el contexto en el que se encuentran. Estamos haciendo referencia
a un conjunto de actividades desarrolladas para obtener seguridad e imprimir
alguna certidumbre a la vida cotidiana haciendo frente a las presiones del medio.
Estrategias para la reproducción de la sociabilidad. Prácticas implementadas,
entonces, por los individuos o grupos de individuos que ocupan las posiciones
más bajas del espacio social para preservar la vida y sus bienes.
Estas estrategias no son más que manifestaciones de una transformación más
profunda de sus tejidos socioeconómicos e institucionales; a veces, un
indicador de la fragmentación social y el desmantelamiento del Estado social, y
otras veces, la expresión de nuevas prácticas de solidaridad que, por muy
precarias o efímeras puedan ser, dan cuenta de las hábitos en común que
despliegan para hacer frente una serie de situaciones problemáticas que no son
incorporadas en la agenda del Estado o lo son pero de manera secundaria y
subordinada a otros ítems de aquella agenda.
Notas
(*) El presente
trabajo forma parte de una investigación colectiva denominada “Acceso a la
justicia. Las estrategias de los pobres frente a los conflictos en barrios de
(1) Según Gabriel Kessler (Sociología del delito amateur, Paidós,
Bs. As., 2004) “datos oficiales de 1997 ubicaban al 50 por ciento de las
víctimas como pertenecientes a la clase baja y sectores con necesidades básicas
insatisfechas; un 15 por ciento eran considerados de clase alta, media alta y
profesionales independientes, y un 35 por ciento, de clase media baja” (p.
25/6).
(2) Nuestro punto de partida son los grupos desaventajados, es decir,
aquellos grupos de personas que, por las particulares circunstancias en las que
se encuentran en la estructura social, por la posición que tienen en las
relaciones de producción, no pueden hacer frente a determinados problemas
cotidianos a través de los canales formales que prevé el Estado. Grupos de
personas formales o informales que se encuentran en una situación de desventaja
respecto de otros grupos sociales, que no tienen las mismas oportunidades, que
no cuentan con los mismos recursos (económicos, sociales y culturales) para
manifestar sus problemas e intentar resolverlos de acuerdo con los mecanismos
institucionales previstos por el Estado alguna vez. Como señala el
constitucionalista Roberto Gargarella, las voces de estos grupos “resultan sistemáticamente ausentes de
la discusión pública (es decir, muchos grupos de inmigrantes); grupos que siempre
aparecen alienados dentro de minorías muy reducidas (es decir, ciertos grupos
de aborígenes); grupos sobre los cuales se ciernen persistentes amenazas que,
por alguna razón, el poder judicial se resiste a reconocer (es decir, los más
pobres)” (Gargarella; 1999: 17). De esa manera, la utilización de esta
categoría nos permite concentrar no solo en los grupos marginales, sino pensar
su relación con el Estado, es decir, nos lleva a prestar atención a la relación
desigual y muchas veces contradictoria que mantiene con las distintas agencias
que componen el Estado y a las trayectorias que se diagraman a partir de la
manera que se hace presente el Estado en los barrios donde residen estos grupos
desaventajados.
(3) Las situaciones problemáticas
no son circunstancias objetivas e identificables, sino el resultado de procesos
de definiciones colectivas de la situación no nueva. De allí que consideremos a
las situaciones problemáticas como situaciones etiquetadas o definidas por los
actores involucrados en un universo social determinado como problemáticas. Es
preciso que una situación sea definida como problemática para desarrollar
estrategias (individuales o colectivas) para encararlas. Las situaciones
problemáticas de las que nos ocuparemos son aquellas que versan sobre la
inseguridad. Las situaciones problemáticas de inseguridad son construcciones
sociales y simbólicas que se van modelando en función de la vida cotidiana con
la que tienen que medirse los actores. Como ha dicho Pierre Bourdieu, el
movimiento social es un movimiento simbólico. Cuando los actores entran en
relación lo hacen poniendo en juego una serie de símbolos que fueron
aprendiendo, decidiendo, en su propia experimentación con el campo junto con
otros y/o contra otros actores. De modo que las situaciones problemáticas no
constituyen necesariamente situaciones concretas. Pueden ser problemas
potenciales, es decir, representaciones subjetivas sobre la inseguridad. Ahora
bien, el hecho de que sean subjetivas no significa que sean menos ingenuas. Desde
el momento que estas representaciones subjetivas son empleadas para percibir y
nombrar el mundo, para interactuar con los otros, ya están produciendo efectos
de realidad.
(4) Aquí retomamos la distinción que plantea Alberto Binder entre las
dimensiones objetivas y subjetivas de la inseguridad. La dimensión objetiva de
la inseguridad consiste en “la cantidad de hechos de violencia, robos,
secuestros, etc., que se producen en un espacio determinado (una ciudad, un
pueblo, un barrio) y en el número y calidad de respuestas institucionales a
esos hechos (si son investigados, castigados, permitidos o incluso asentados).
Todo esto se puede medir y estudiar sobre la base de datos objetivos, tanto de
los fenómenos ocurridos como de las respuestas institucionales a cada uno de
ellos; siempre debemos considerar ambas variables en conjunto”. Por el
contrario, la dimensión subjetiva de la inseguridad o la “sensación de
inseguridad” consiste “en el temor, la incertidumbre, el miedo al otro o el
sentimiento de fragilidad que producen tanto los hechos reales como otros
múltiples factores difíciles de mensurar” (Binder; 2004: 15). Tener presente
esta distinción, nos permite decir que la dimensión subjetiva no es el reflejo
exacto de la dimensión objetiva, que la dimensión subjetiva nos está informando
no solo de las experiencias vividas directa o indirectamente sino también de
los rumores del barrio, rumores que se construyen en función de las
representaciones que los medios de comunicación masiva hacen de la problemática
en cuestión. Muchas veces la inseguridad subjetiva deriva de la inseguridad
objetiva, pero en otras oportunidades, el sentimiento de inseguridad se va
componiendo con otros insumos que remiten a la vida precaria, a la agenda de
los mass medias y también al descreimiento de la sociedad en general con las
instituciones.
(5) Malinowski sostenía que dar sentido a un término es definirlo a través
del análisis y de los múltiples contextos que lo animan. Detalles que están al
servicio del punto de vista teórico que intentamos defender. Las estrategias
adquieren sentido en la medida en que seamos capaces de describir los contextos
en que es vivido, en que son experimentados por sus propios protagonistas.
Partimos del supuesto de que el sentido no está disociado de la forma, de que
aquello que se dice no puede ser separado de lo que se hace. La palabra busca
estar ligada al contexto de situación en que fue producida. De allí que para
dar cuenta de los contextos de situación habremos de tener en cuenta el punto
de vista de los actores involucrados. Recuperar el punto de vista de los
actores involucrados, como sugiere Clifford Geertz (1997), implica situarnos en
la posición y en el conjunto de relaciones desde las cuales las prácticas, las
evaluaciones y las creencias sobre la resolución de problemas son construidas e
intentar entenderlas desde el punto de vista de esta ubicación.
(6) Para pensar en aquellas estratégicas nos valdremos de las dimensiones
propuestas por el modelo elaborado por Charles Tilly para pensar la acción
colectiva de protesta. Nosotros diremos que aquellas prácticas son también
“interacciones estratégicas entre múltiples actores dentro de un marco de
repertorio de acción específico” (Tilly; 1990: 195). Pensar en términos de
interacción estratégica supone considerar los lazos sociales, especialmente los
que se dan entre las partes antagonistas, como un lugar de comunicación y
negociación más o menos continua que siguen una lógica estratégica o racional
cuyas consecuencias transforma la estructura y el contenido de esos lazos. Por
otro lado, supone considerar a los actores involucrados con una cantidad
específica de información y un tipo de información sobre las identidades, las
acciones y los intereses de los otros. Como sugiere Tilly, este modelo requiere
especificaciones sobre los actores, sus intereses, las reglas de decisión
adoptadas por cada actor, los valores corrientes presentes en esas reglas, pero
también los costes y beneficios probables de las distintas secuencias de acción
disponibles para cada actor. En segundo lugar, el modelo de interacción
estratégica hace pensar en los repertorios, es decir, en las formas estables de
interacción, en las acciones rutinarias que tienden a repetirlas para
comunicarse y negociar. Analizar las estrategias supone identificar las
regularidades, un conjunto limitado de rutinas que no son espontáneas sino que
fueron aprendidas, compartidas y ejercitadas mediante un proceso de selección
relativamente deliberado. Es decir, los repertorios son creaciones culturales
aprendidas que emergen de las interacciones entre los distintos actores que
pugnan en el cotidiano. Como se puede ver la noción de repertorio ubica a la
cultura en el centro de nuestras preocupaciones y nos lleva a hacer foco en los
hábitos adoptados por los distintos actores y en las formas que toman esas
interacciones como resultados de las expectativas compartidas e improvisaciones
aprendidas. Ello supone aprehender determinados códigos, es decir, saber
utilizar lenguajes, maneras de vestir, el cultivo de determinadas relaciones
(acumulación de contactos). Dicho de otra manera, son las prácticas más o menos
espontáneas que fueron desarrollando, sobre la base de repertorios y
experiencias previas, propias o ajenas, para hacer frente a la dinámica que genera
la exclusión social.
(7) Otro arroyo que atraviesa la localidad de Romero, definiendo una franja inmediata de
terrenos anegables, es el arroyo Rodríguez.
(8) Las entrevistas fueron realizadas a vecinos del barrio vinculados a
distintas organizaciones sociales. Todavía quedan por realizar las entrevistas
a los agentes policiales y a los jóvenes que forma parte de las denominadas
“barritas de la esquina”. Nos parecen fundamentales estas entrevistas, toda vez
que se trata de analizar las estrategias que se van modelando en las
interacciones sociales entre los distintos actores. De allí que las
conclusiones de este trabajo siguen siendo provisorias.
(9) Este tema, que ya lo hemos detectado en las entrevistas que realizamos,
todavía no lo hemos analizado.
(10) Por otro lado, como dice Alicia Gutiérrez, “es el hábitus el que
posibilita explicar y comprender que gente que ocupa la misma posición actual,
actúe, sin embargo, de manera diferente, a partir de la diferenciación del
mismo pasado objetivado como recurso externo y como recurso incorporado,
fundante de sentidos prácticos específicos que son resultado de historias de
acumulación específica” (Gutiérrez; 2004: 400).
Bibliografía
Binder, Alberto; Policías y ladrones.
La inseguridad en cuestión. Bs. As., Capital Intelectual, 2004.
Bonelli, Laurent; “Obsesión securitaria e ilegalismos
populares en Francia, desde principios de
Clifford, Geertz, La
interpretación de la cultura. Barcelona, Gedisa, 1997.
Gargarella, Roberto; Derecho y grupos
desaventajados. Barcelona, Editorial Gedisa, 1999.
Gutiérrez, Alicia; Pobre’, como siempre… Estrategias de reproducción social en la pobreza.
Un estudio de caso. Córdoba, Ferreira Editor, 2004.
Kessler, Gabriel; “Miedo al crimen.
Representaciones colectivas, comportamientos individuales y acciones públicas”
en En los márgenes de la ley. Inseguridad
y violencia en el Cono Sur (Alejandro Isla, Comp.). Bs. As., Paidós,
Kessler, Gabriel; “Sociología del miedo”, entrevista
de Cristian Alarcón, publicada en el diario Página/12, Bs. As., 2007 b.
Kessler, Gabriel; Sociología del
delito amateur. Bs. As., Paidós, 2004.
Tilly, Charles; “Modelos
y realidades de la acción colectiva popular.” Revista Zona Abierta, Nº
54/55, Madrid, 1990, p. 167/195.