IDENTIDADES
Y SUBJETIVIDADES. PLANES Y POLÍTICA
EN
BARRIOS DEL GRAN LA PLATA (1)
Universidad
Nacional de La Plata (Argentina)
mauricioschuttenberg@gmail.com
Introducción
Este artículo propone reflexionar sobre cómo las prácticas ligadas y
generadas desde el Estado a partir de su participación en la implementación de
las políticas sociales, sumadas a la propia historia de los actores y de sus
contextos sociales, reconfiguran sus identidades sociales. Para ello se
analizará uno de los planes sociales provinciales con mayor presupuesto y
cobertura en los últimos años, el Plan alimentario Más Vida, continuación del
Vida creado en 1994.
En los últimos años se ha generado un discurso instalado desde el sentido
común sostenido por analistas y medios de comunicación el cual explica cómo los
partidos políticos en el gobierno se valen de las políticas sociales para
construir, a través de un supuesto “chantaje”, una masa de clientes que le
permiten consolidarse como fuerza hegemónica. Esta visión supone dos aspectos
cuestionables que problematizaremos a partir del análisis de las relaciones
sociales que se despliegan alrededor de la implementación del Plan Más Vida.
Por un lado, aparece la idea de los “punteros” y “manzaneras” como actores cuya
única lógica de acción es la acumulación de capital político a partir del
reparto de bienes y, por otro, subyace la idea de que los habitantes de los
barrios necesitados y beneficiarios de programas sociales serían personas
absolutamente pasivos y calculadores que cambiarían votos por bolsones de
comida.
Numerosos trabajos hacen referencia al clientelismo como una realidad
independiente de los contextos culturales, circunscripta a fenómenos
electorales y, fundamentalmente, como la simple negación de la ciudadanía,
desatendiendo de alguna manera los procesos de sedimentación de la historia en
las vidas y prácticas de los sujetos (Semán, 2006).
Este trabajo pretende entonces problematizar y analizar desde la
perspectiva de los actores que participan del Plan Más Vida, la afirmación que
vincula mecánicamente a éstos con el rol de mediadores clientelares clásicos.
De la misma manera, se propone aprehender las formas de construcción de
identidades a partir de los sentidos que los actores le otorgan a su participación
en el Plan para dar cuenta de la historia construida a partir de sus prácticas
y relaciones sociales.
El trabajo de campo, basado fundamentalmente en
entrevistas en profundidad, se llevó a cabo durante los años 2004, 2005 y 2006.
Se realizaron relevamientos en barrios de
Los lineamientos de la política
social de los 90. El Plan Más Vida
Resulta central para el análisis del Plan Vida, y su continuación el Más
Vida, tener presente las características que asumieron las políticas sociales
en
En nuestro país esta redefinición implicó que el Estado pierde el rol
central como ejecutor de la política social y el mercado aparece como mecanismo
predominante como asignador de recursos y servicios a partir del proceso de
privatizaciones. Otro eje de los programas de ajuste estructural se basó en la
descentralización, a través de la transferencia a la provincia de servicios de
salud y educación, con un fuerte sesgo economicista de ajuste fiscal. En las
provincias, estos procesos se desarrollaron junto a la exigencia de reducir el
déficit fiscal.
En el plano de las políticas sociales la reforma implicó un deterioro de un
sistema de prestaciones universales, reemplazado por políticas focalizadas
dirigidas a los sectores pobres estructurales. Además en la implementación de
las políticas se le otorgó un grado de participación a las organizaciones
sociales. Cardarelli y Rosenfeld (1998) señalan que bajo el paradigma casi
incuestionado de la “autogestión”, se privilegia la idea de que los grupos en
desventaja, solos o con el apoyo de organizaciones privadas y/o públicas, son
capaces de generar recursos físicos, económicos y organizacionales. En este
punto también el Estado se corre de su lugar de prestador dejando un espacio
amplio a organizaciones de la sociedad civil.
En esos años se desarrollaron programas destinados a “gestionar” la
pobreza, no a erradicarla (Ruiz, 2004). El tema de la participación se tradujo
en una progresiva privatización del riesgo social, traslado de la
responsabilidad de la reproducción social de los pobres a instituciones de la
sociedad civil. “Esas políticas y programas apelan a las solidaridades
primarias como estrategia útil para las poblaciones excluidas de la dinámica
del mercado de trabajo y de bienes, fortaleciendo redes de solidaridad
horizontal entre los pobres y presentándolas como formas de aumentar su capital
social” (Ruiz, 2004:153).
En esta misma línea, Cardarelli y Rosenfeld (1998) señalan que en el
escenario estatal del ajuste, parecería que la pobreza y participación de los
pobres en proyectos conforman una política residual. Para los pobres, la
participación puertas adentro de sus comunidades. En este contexto, la
participación desde la orientación y las prácticas propuestas por los programas
sociales sigue siendo reducida dentro de ámbitos territoriales micro, acotando
los temas problemas de los pobres y las ofertas vigentes. Paralelamente
intentan escindir en estas poblaciones la esfera de la satisfacción de sus
necesidades puntuales del campo político de la reivindicación de los derechos.
En este contexto surge el Plan Vida en 1994, bajo la gobernación de Duhalde,
para desarrollarse en las localidades y barrios con elevado porcentaje de
desnutrición y mortalidad infantil. Pronto se constituyó en la política principal
del Consejo Provincial de
El Plan establecía el reparto de alimentos y leche a través de la red de
trabajadoras vecinales; sustentando la implementación en la propia organización
comunitaria, se buscaba consolidar acciones en la población beneficiaria que
promovieran la práctica de la autogestión e interrelación barrial. El objetivo
era que esa red solidaria construida por mujeres de la comunidad se transforme
en un entramado que canalice la llegada de otros programas, agilizando la labor
del Estado. De esta manera, se esperaba que mediante la participación de los
propios destinatarios se adecuaran los recursos a las necesidades reales de la
comunidad, trascendiendo lo asistencial y promoviendo el crecimiento
organizativo del individuo y de la comunidad
(Jefatura de Gabinete - Gobierno de la provincia de Buenos Aires, 2003:
97).
La red comunitaria se conformó a lo largo de más de una década a través de
la labor de las trabajadoras vecinales y comadres elegidas por la misma
comunidad. Las primeras son las encargadas de recibir las raciones diarias del
Plan en el propio domicilio y de distribuirlo a los beneficiarios, son
conocidas popularmente como “manzaneras”. Además deben registrar información
referida a la situación nutricional y a la asistencia a los controles de salud
y capacitaciones de los destinatarios. Las comadres son vecinas que, en el
marco del subprograma Comadres, detectan a las embarazadas censadas en el Plan
Vida. Este subprograma tiene entre sus objetivos específicos el fortalecimiento
de redes de acompañamiento y contención de las embarazadas y la articulación
entre las organizaciones barriales y las instituciones de salud. Asimismo, los
coordinadores barriales son los encargados de articular los barrios con el
nivel municipal.
Durante el año 2002, en la gobernación de Solá, se reformuló el Plan y en
ese proceso se diseñó el Más Vida que en varias líneas señala objetivos que, en parte, implican una
continuidad con el Plan Vida y, también plantea otros que apuntan a profundizar
y modificar algunas cuestiones en el ámbito comunitario. De esta manera, en la
letra del Plan se advierte un nuevo eje además del nutricional que apunta a la
implementación de una Estrategia Integral de Cuidado Familiar y Mejoramiento de
las Condiciones de Educabilidad (Ministerio de Desarrollo Humano y Trabajo,
2003).
En continuidad con el Plan Vida, el Plan Más Vida no es una política
universal, sino que plantea dos criterios de focalización. Por un lado, un
criterio de focalización geográfica que continúa en los 51 distritos en los que
se desarrolló el Plan Vida (municipios con más de 50.000 habitantes y en
aquellas zonas con mayor porcentaje de población con necesidades básicas
insatisfechas –NBI- como los barrios con alta incidencia de población
desocupada). Por otro lado, para la asignación de alimentos específicos
se establece que son beneficiarias del Plan aquellas familias que entre sus integrantes
comprendan a: mujeres embarazadas, niños hasta los 6 meses de edad (madres en
período de lactancia), niños de
Ahora bien, al momento de pensar las implicancias sociales y políticas de
la participación de la comunidad a través de este Plan observamos resultados
ambiguos.
Podemos analizar que el Plan propone la entrega de alimentos y el
seguimiento de ciertos cuidados de la salud a partir del trabajo voluntario de
una red de mujeres, es decir que el Estado delega a parte de la población -que
a su vez es beneficiaria de dicha política-, la responsabilidad de su
implementación.
Asimismo, se identifica una modalidad participativa de la comunidad en
tanto fuente de consulta e información, ejecución y control de la política,
pero al mismo tiempo es baja o nula en otras dimensiones tales como
planificación, toma de decisiones sobre los recursos a asignar, etc. Algunos
autores denominan a estos procesos como simbólicos o ilusorios (Sirvent, 1999;
Cortazzo, 1996) porque consideran que se parte de la necesidad de legitimar
sistemas políticos compatibles con ciertos intereses o valores
político-económicos, y que en realidad no permiten la participación en
instancias de toma de decisiones.
Los actores barriales pasan a ser los responsables del control del Plan y
de la distribución correcta de los recursos. Esta estrategia se presenta como
una acción tendiente a controlar el clientelismo (las mujeres realizan trabajo
solidario y despolitizado) y como una necesidad de consolidar prácticas que
tiendan a la autogestión con el objetivo de adecuar los recursos a las
necesidades reales de la comunidad, de lograr una política más eficiente en la
asignación de recursos.
Sin dejar de reconocer que en el Plan Más Vida se promueve una
participación acotada en el nivel operativo; es decir en la ejecución del Plan,
se han percibido cambios importantes en el entramado social barrial y en la
subjetividad de las trabajadoras vecinales. En este sentido, el trabajo que
realizan las manzaneras, coordinadoras y comadres legitiman y brindan identidad
social, autoestima y una sensación de pertenencia a un sistema de
reconocimiento social más amplio o a una red de lealtades.
Dos dimensiones de la identidad
La primera aproximación al tema fue a partir del estudio de la
implementación del Plan Más Vida y de abordar las relaciones sociales entre los
distintos actores implicados en la política. A partir del análisis del trabajo
de campo se observó que los motivos por los cuales “las manzaneras”
participaban en el Plan eran diversos y que en algunos casos su participación
en el Plan iba construyendo una subjetividad, un discurso colectivo. Entra las
distintas razones que mencionaban estas mujeres se pudo advertir que la
identidad de las trabajadoras vecinales aparece en sus relatos sobre dos
dimensiones. La primera está ligada a un pasado asociado al trabajo social, en
muchos casos desde la militancia en el peronismo. En estos casos eran mujeres
con una larga trayectoria en ese partido y su participación en el ámbito social
y político estuvo ligada a ese movimiento. En tanto, que la segunda dimensión
se asentaba en la construcción de un colectivo fuerte a partir de la
participación en el Plan, que aparece recurrentemente: “nosotras, las manzaneras”, surge como una expresión que las ayuda a
presentarse e influir tanto frente a “los
de abajo” (gente del barrio) como a los “de
arriba” (los políticos).
De esta forma, intentamos mostrar la relación existente entre estas dos
dimensiones analíticas de la identidad y cómo éstas están en relación con las
formas en las cuales los actores participan y resignifican sus roles en dicha
política social.
Una aproximación al concepto de
identidad
Partimos de la idea de pensar el concepto de
identidad “como el conjunto de prácticas sedimentadas, configuradoras de
sentido que establecen, a través de un mismo proceso de diferenciación externa
y de homogeneización interna, solidaridades estables capaces de definir, a
través de unidades de nominación, orientaciones gregarias de la acción en
relación con la definición de asuntos públicos” (Aboy Carlés, 2001: 54). Es
decir, toda identidad se constituye y transforma en el marco de la doble dimensión
de una competencia entre las alteridades que componen el sistema y de la
tensión con la tradición de la propia unidad de referencia, en donde la
apelación a un sistema temporal en el que la interpretación del pasado y la
construcción del futuro deseado se conjugan para dotar de sentido a la acción
presente.
El autor propone establecer tres dimensiones analíticas de las identidades.
Estas son alteridad, representación y la perspectiva de la tradición. No hay
identidad si no hay límites que la definan, no hay identidad fuera de un
sistema de diferencias, las identidades se constituyen a través del
antagonismo: éste es el exterior constitutivo de toda identidad en un sistema
de conformación de identidades, único ambiente posible de la constitución de
cualquier identidad particular. No hay identidad sin representación de esa
misma identidad y tampoco la podemos pensar sin la refundación constante del
pasado.
En este sentido, otro elemento central que aporta Aboy Carlés (2001) es que
toda identidad se constituye en referencia a un sistema temporal en el que la
interpretación del pasado y la construcción del futuro deseado se conjugan para
dotar de sentido a la acción presente. “Para una sociología de las identidades
políticas la identidad de historia y política queda de manifiesto en el hecho de
que el pasado, siempre abierto, puede ser reconstruido en función de un
presente y un porvenir. Los hechos no hablan por sí mismos, son significantes
flotantes que podrán siempre ser rearticulados conforme al devenir de una
identidad. En la medida en que los conflictos actuales pueden ser concebidos
como la materialización presente de confrontaciones históricas, los actores
políticos pueden asociarse a la figura de un actor imaginario, capaz de
atravesar el tiempo idéntico a sí mismo. De esta forma, no sólo se dota de un
sentido a la acción inmediata sino que se contribuye a cimentar una identidad
colectiva a partir de una herencia común en la reactualización de una tarea”
(Aboy Carlés, 2001: 69).
Ahora bien, a la hora de adentrarnos en la construcción de las tradiciones
e identidades, el concepto de representaciones sociales puede ayudarnos puesto
que estas son parte constitutivas de las mismas. Sirvent (1999) afirma que
tanto el sistema de necesidades como el conjunto de representaciones sociales
compartidas por un grupo social son componentes de la cultura de dicho grupo y
reflejan la internalización de un sistema de valores, normas, creencias, etc.
La autora entiende por representaciones sociales “el conjunto de conceptos,
percepciones, significados y actitudes que los individuos de un grupo comparten
en relación con ellos mismos y a los fenómenos del mundo circundante” (Sirvent,
1999: 120).
Podríamos afirmar que las representaciones sociales son fenómenos culturales
que condicionan el reconocimiento colectivo de necesidades, la selección de
satisfactores y las prácticas culturales de la vida cotidiana de un grupo
social. Una representación social es una construcción en torno a determinados
aspectos del mundo circundante que estructura una amplia gama de percepciones,
prácticas, creencias y actitudes vigentes en un sistema social determinado.
Asimismo, acordamos con De Souza Minayo (1999) en que las representaciones
sociales son una categoría de análisis válida para comprender la conducta de
las personas a través del análisis de sus expresiones. De este modo, las mismas
son las versiones de la realidad que expresan los actores sociales, a través de
los que éstos se organizan y orientan sus comportamientos cotidianos. Para las
autoras, “esto se expresa a través del lenguaje, lo que permite analizar el
discurso de los distintos actores sociales encuadrándolo en su contexto
histórico social y comprender el significado de su comportamiento” (Laplacette
y Sotelo, 2000: 154).
Este concepto al estar vinculado a los intereses de los distintos grupos
sociales refleja, a su vez, componentes de resistencia y transformación en la
forma de concebir la realidad. En este sentido, la visión del mundo de los
diferentes sectores sociales expresan no sólo los acuerdos que hay en una
sociedad sino las contradicciones y conflictos presentes en las condiciones en
que fueron engendradas.
En este sentido, podemos relacionar el concepto de representación social
con el de habitus, puesto que para Bourdieu (1985) el habitus permite articular
lo individual y lo social, las estructuras sociales internas y externas, y
comprender qué tanto éstas como aquéllas, lejos de ser extrañas por naturaleza
y de excluirse recíprocamente son, al contrario, dos estados de la misma
realidad, de la misma historia colectiva que se deposita y se inscribe a la vez
e indisociablemente en los cuerpos y en las cosas.
Bourdieu (1985) define el habitus como los sistemas de disposiciones
durables y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar
como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y
organizadores de prácticas y de representaciones que pueden estar objetivamente
adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines ni el dominio
expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente regladas
y regulares sin ser nada el producto de la obediencia a reglas.
Gutiérrez (1997) afirma que como interiorización de la exterioridad, el
habitus hace posible la producción libre de todos los pensamientos, acciones,
percepciones, expresiones, que están inscriptas en las condiciones particulares
–histórica y socialmente situadas- de su producción.
“Al rescatar las estructuras sociales internas y al considerar al habitus
como principio de estructuración de prácticas (además de la posición que se
ocupa en los diferentes campos) y con ello de la trayectoria del agente social,
esta perspectiva teórica supone análisis diferentes de aquellos que se
sustentan más bien en la libre iniciativa de un actor social cuyas estrategias
estarían sometidas esencialmente a las coerciones de las estructuras externas.
Hablar de habitus entonces, es también recordar la historicidad del agente, es
plantear que lo individual, lo subjetivo, lo personal, es social, es producto
de la misma historia colectiva que se deposita en los cuerpos y en las cosas”
(Gutiérrez, 1997: 69).
Los conceptos de representaciones sociales y habitus intentan articular las
visiones subjetivas que los actores sociales poseen con el marco más amplio
constituido por lo social y lo histórico a partir del cual los actores
construyen sus identidades. Interesa entonces poner en juego estas dimensiones
en la construcción de identidades políticas, es decir poner en juego la historicidad
del campo y de los propios actores y a la vez recuperar lo subjetivo.
Hablar de la identidad social implica referirse al tema del universo
simbólico compartido. La identidad, para Kuasñosky y Szulik (1996) incluye los
procesos a través de los cuales los sujetos construyen su visión del mundo.
Estos procesos aparecen condicionados por la posición que todo individuo tiene
en el espacio social. La construcción de identidad se consolida a través del
vínculo que los une y que se expresa en un estar juntos comunitario que
encierra un fuerte componente de sentimientos vividos en común en un mismo
territorio “real o simbólico”. En el caso de la identidad política el
territorio simbólico compartido por las trabajadoras vecinales se relaciona con
sus representaciones acerca del peronismo y de sus figuras centrales.
Primera dimensión. La identidad
peronista
Auyero (1997, 2001) a partir de su trabajo de campo sobre el clientelismo
en sectores pobres desarrolla la idea de que las mujeres de los barrios necesitados
que actúan en política aparecen siempre como unas amas de casa barriales por
vocación. Bajo este marco, la idea de este autor es que en general en los
sectores pobres surge una representación casi mística de la figura de Eva
Perón. Las representaciones aparecen asociadas a la idea de que Eva no sabía
nada de política, se acerca por pasión y aplica, como mujer, su instinto
maternal. Cuida de los pobres y se preocupa desde una postura instintiva. De
esta manera, la política vivida desde la mujer tiene un rol marcadamente
distinto al del hombre. Este piensa y actúa racionalmente, la mujer actúa por
sentimiento, por amor a los desposeídos, pero de política no entiende nada.
En el transcurso de nuestro trabajo de campo Eva Perón fue mencionada por
casi todas las mujeres y ellas marcaban cómo su figura fue fundamental a la
hora de decidir su inclusión en la asistencia social.
Yo amo a Eva Perón.
Que me digan lo que me digan. Yo soy yo porque no me identifico con nadie pero
Evita fue maravillosa, a mí me ayudó mucho cuando ella estaba en el gobierno.
Nosotros los pobres teníamos la sidra, el pan dulce para fin de año. Venía el
cartero a tu puerta y decía: ‘¿señora cuántos chicos tiene?’ Y te daban
juguetes, etc. Y además había trabajo, ella venía a ver si te daban lo que ella
había prometido. ¿Vos te pensás que ella se quedaba durmiendo? Por eso murió
tan joven. Ella hizo mucho por el país, fue la única que trabajó (Manzanera).
A mí me gustan Eva y
Chiche. La pareja de Perón era bárbara. Ella me gustaba mucho y él la ayudaba.
Eva le dio una gran mano a los pobres y Chiche tiene firmeza que no muchas
mujeres tienen. Ahora cuando escucho la palabra Eva el corazón me late más
fuerte (se emociona)
es otro el sentido, es algo que me impacta. Lo mismo cuando escucho la marcha
peronista me shockea. Ella fue tan buena con la gente necesitada que nos marcó
un poco a todas (Manzanera).
En este sentido, surge del análisis del discurso de las trabajadoras
vecinales una construcción de Eva Perón anclada en diversas representaciones
sociales, surgidas desde la experiencia de lo cotidiano, compartidas
socialmente por un colectivo.
Svampa y Martucelli (1997), en la misma línea de Auyero, explican que la
evocación de Evita, constante en casi todas las entrevistas de su trabajo, se expresa
estereotipadamente y con una devoción dogmática. Pero a pesar de esta
permanencia, en la actualidad se percibe una variación importante, producto del
desapasionamiento progresivo de la vida política e ilustrado por la
pacificación de los debates o de las actitudes hacia la persona de Evita.
Lo central que marcan estos autores es que en estos tiempos de “desapasionamiento”, las representaciones
sociales en torno a la figura de Eva Perón que en otro momento movilizaban a
los sujetos en una dirección política, ahora son reemplazadas por
representaciones ancladas en el rol maternal de la política.
Ahora bien, esta construcción sobre la imagen de Eva Perón tiene distintas
lecturas. Taylor (1979) describe la visión de Eva como dama benefactora y además aporta otras representaciones
ancladas en la figura de Eva como
revolucionaria presentes en la juventud de los años 70.
Estas representaciones son centrales para comprender las motivaciones y las
lógicas de acción, pues las representaciones sociales acerca de procesos y
figuras históricas van configurando una manera de actuar.
Este punto es destacado por Soprano (2003) que explica que la relación que
establece Auyero entre las redes de clientela política y las redes de
resolución de problemas en los barrios necesitados da cuenta de la “manera peronista” de resolver los
problemas, es decir el conjunto de prácticas materiales y construcciones
simbólicas relacionadas con dirigentes y militantes políticos peronistas.
Según este autor, Auyero (1997, 2001) registró la presentación de las
punteras peronistas y concluye que fundan su actuar en la figura de Eva. Una
mujer peronista en política se comporta de manera maternal con los pobres, hace
trabajo social antes que política (dos categorías antagónicas en el sentido de
los actores) y colabora con el hombre, el político que es quien toma las
decisiones.
Soprano (2003) critica esta mirada y afirma que “performar” a Eva no es la
única alternativa que tienen las mujeres peronistas de hacer política con
éxito. Según su mirada, el análisis de Auyero se apega demasiado a la
perspectiva que el actor (en el caso que analizamos podríamos pensar en las
trabajadoras vecinales) le representa en cierto escenario.
La acción de estas mujeres no podría explicarse sólo desde esta mirada.
Estas mujeres no sólo son mediadoras sino que lideran redes que se conectan con
otras redes, muchas de ellas compiten políticamente y luchan por campos de
poder dentro de la propia estructura barrial e incluso dentro del propio
partido justicialista.
Asimismo, la construcción de las identidades y el posicionamiento de las
manzaneras también son influidos por las representaciones de las entrevistadas
sobre el lugar del investigador y de lo que suponen que “la sociedad” espera de ellas: mujeres desinteresadas
políticamente, que trabajan por el bien del prójimo y del barrio, con una
actitud maternal (2). Esta visión deviene del discurso gubernamental que
reivindica la apoliticidad de la red
En palabras de Masson (2004) “las manzaneras son un ejemplo de cómo una
determinada imagen de mujer, producida desde la legitimidad de la ley, la
burocracia estatal y la propaganda política encuentra su implementación
concreta y su reinterpretación práctica (…) pero sí fue la primera vez que las
mujeres se incorporaron en forma masiva a la implementación de políticas
sociales del gobierno, tuvieron un reconocimiento social explicito a través de
la construcción de una identidad femenina legítima de participación” (p: 134).
Unos párrafos antes se expusieron algunos de los tantos testimonios en los
que las manzaneras se presentaron ante mí de la misma manera que aparecen en
casi todas las etnografías sobre mujeres peronistas. Ahora bien, y siguiendo el
análisis de Soprano (2003), estos testimonios eran una presentación ante un “periodista, historiador o politólogo”,
pero ahondando en sus prácticas sociales en otros contextos su accionar no se
basaba solamente en esas máximas por ellas expuestas.
Más allá de las representaciones estereotipadas y de las formas de
presentación social “canonizadas” de lo que se espera diga una mujer peronista
en los contextos de pobreza en relación con lo político, algunas manzaneras y
coordinadoras disputaban espacios dentro de la estructura del partido
justicialista, reunían personas para asistir a actos políticos y también
establecían fuertes liderazgos a niveles barriales con los cuales “negociaban” en las internas partidarias.
Una de las coordinadoras es una antigua militante peronista. Desde siempre
estuvo ligada al partido y al trabajo social y político en el barrio. Su marido
fue varias veces concejal por el mismo partido y ella siempre continuó con la
labor social. Hace unos años fue “recompensada”
por su labor con una coordinación de uno de los barrios más importantes. Este
rol, a pesar de no ser rentado, le da la posibilidad de establecer fronteras de
delimitación política con otros punteros. Permite a su vez ser, para la gente
del barrio, la persona con poder de conseguir recursos y con ello consolidar
una relación con los beneficiarios.
El puesto de
coordinadora es un puesto político, no pago pero la mayoría son personas que
llevan el trabajo político en el barrio, es un pago político, no remunerativo
sino un reconocimiento. Te abre muchas puertas porque tenés posibilidad de
conocer la gente del barrio porque si sos militante por ahí conocés a la gente
de dos o tres manzanas, en cambio con el plan Vida tenés acceso a todo el
barrio, es como que ampliás tu radio porque con cada manzanera que vos tenés te
trae los problemas de la gente de ese barrio y tenés cómo buscarle solución y
te abre diferentes puertas y la gente te va conociendo más (Coordinadora de manzaneras).
El Plan Más Vida en este caso representa el acceso a un grupo importante de
beneficiarios y de vecinos lo que otorga valor al rol de coordinación puesto
que de su capacidad de conseguir ayuda podrá construir un lugar de importancia
en el barrio y “ascender” en una escala jerárquica.
La coordinadora se reúne con un grupo de manzaneras de confianza que
monitorean constantemente los barrios estableciendo una relación cercana con
toda la población. Es en esa relación donde se asienta el apoyo político y no
solamente en la entrega de bienes. Esto es central para entender las relaciones
que se van tejiendo en torno al acceso y reparto de bienes a través del Plan
Más Vida.
Sin embargo, las figuras míticas del peronismo histórico aparecen
constantemente en los relatos y dan sentido a su actuación, les marcan el
rumbo, es decir que su conducta está influenciada por esa historia política y
barrial.
En este punto es importante recuperar el concepto de habitus puesto que “no
sólo es importante considerar las estructuras sociales externas a los agentes.
Es decir, no basta solamente con construir el sistema de relaciones objetivas
en el que se inserta la práctica que se pretende explicar: lo social, la
historia, se deposita a la vez, en las cosas y en los cuerpos. Por ello es
necesario también rescatar las estructuras sociales incorporadas por el agente
que produce las prácticas; es decir los habitus, en tanto principios de
generación y estructuración, de percepción y apreciación de dichas prácticas”
(Gutiérrez, 1997: 95).
En este sentido, Svampa y Martucelli (1997) retoman la idea de estructuras
del sentir de Raymond Williams que alude sobre todo a la manera en que los
significados son vividos y sentidos activamente en términos personales. Las
relaciones entre estas estructuras del sentir y las formas fijas son muy
variables pudiendo ir desde una identificación hasta un distanciamiento extremo,
donde se combinan de manera aleatoria las creencias seleccionadas y las
experiencias efectuadas.
Los autores intentan interpretar la vigencia de ese sentimiento a pesar de
las transformaciones operadas en el peronismo en tanto estructura del sentir.
Desde muchos puntos de vista la situación actual es muy diferente de la del
peronismo en sus orígenes. La fórmula del peronismo debió su éxito a la
capacidad de dotar de un sentimiento de protagonismo social y político a las
clases trabajadoras, al asociarlas entre otras, a la representación de una
Argentina industrial.
“Entre los sectores populares, el peronismo aparece en primer lugar como un
conjunto de referentes que estructuran la memoria y que insertan la identidad
personal dentro de una colectividad. Esto es, el peronismo es indisociablemente
una memoria y una identidad: doble realidad que hacen de él una `comunidad
afectiva´ en la cual se combinan una carga emocional, una dimensión simbólica y
una afirmación identitaria” (Svampa y Martucelli, 1997: 319).
A continuación se exponen algunos fragmentos de entrevistas que dan cuenta
de cómo sus recuerdos familiares y las representaciones sociales en torno a
estas figuras las impulsaron a la militancia y al trabajo social y cómo
significan lo que deberían ser estas actividades.
Mirá yo lo vivo como
una cosa natural como una obligación moral para con los demás. Yo concibo la
política como el manjar para los demás ¿Para mí? No, para mí nada todo para los
demás. Pensá que yo recibí mi primer juguete en el año 48 cuando funcionaba
Yo siempre me
identifiqué con Eva Perón. Desde siempre fuimos peronistas, recuerdo en mi
infancia en Berisso había muchas personas del partido comunista y estaba mi
familia que siempre fue peronista. Nos marcó muy a fuego toda la acción de Eva
en esa época, pensá que millones de chicos conocieron los juguetes gracias a
ella, había un gran amor y preocupación por los demás (Comadre).
Mi mamá era dirigente
gremial en el año 40, era docente rural, quedó viuda y se vino a trabajar a una
fábrica textil, trabajó de operaria y se hizo dirigente gremial y mi abuelo
tuvo que venir corriendo desde Chascomús porque la habían metido presa por comunista.
Entonces mi madre funda con otros compañeros
No, mi familia no se
ocupaba de política, yo vivía en Los Hornos y tenía un vecino que cuando
cumplías los 18 te traía la ficha de afiliación y él siempre nos hablaba de
Perón y como yo por respeto lo escuchaba me trajo libros de Perón, después mi
suegra me regaló “
Históricamente Perón,
yo lo sé por mi mamá que tiene ahora 83 años, yo me crié oyendo hablar de Perón
y Evita, lo que hicieron por los chicos que fue un gobierno bueno. Esa imagen
me llevó a militar en el PJ. Eva Perón por su trabajo fue la mejor, no seremos
Eva pero llevamos las banderas de ella (Manzanera).
Los testimonios anteriores marcan la historia personal y barrial ligada al
peronismo, que, actualizada en las prácticas cotidianas, constituye su
identidad. Esta identidad tiene que ver entonces con una historia en la cual
los sujetos se socializan, con los aprendizajes que fueron realizando a través
de sus biografías y, estos, están ligados, en muchos casos, con el peronismo.
El criterio de
selección de las manzaneras más que nada con la historia de ellas, que la
comunidad la identificara como referente y realmente, desde la experiencia que
viví, en la gran mayoría de los casos, lo político, no sé..., por supuesto que
lo político se colaba, y no está mal que se colara. Pero esto de que las
manzaneras eran las punteras no es tan así, podía serlo la coordinadora, pero
esto de la puntera, es lógico que era la mujer que más tiempo tenía en el
barrio de trabajo comunal, social. Y convengamos que el trabajo social en los
barrios populares, los hizo el peronismo históricamente, entonces que fuera
punteras peronistas no era nuevo, era lógico que sucediera de esa manera, no
había de
Segunda dimensión. El trabajo
comunitario como afirmación de la identidad
Sin embargo, la identidad de estas trabajadoras vecinales también está asentada
en la construcción de un colectivo fuerte, que aparece recurrentemente en los
relatos: “nosotras, las manzaneras”,
surge como una expresión que las ayuda a presentarse e influir tanto frente a “los de abajo” (gente del barrio) como a
los “de arriba” (los políticos).
A partir de los programas sociales se consolida una identidad social, y se
generan valores y creencias. La identidad social se manifiesta en el sentido de
pertenencia y de apego a la comunidad, así como de estilos de acción
influenciados por la cultura local. Montero (2003) destaca la construcción de
narrativas comunes como producto y como factor de fortalecimiento (3). Estas
manifestaciones constituyen la expresión de transformaciones en sus
identidades, tanto individuales como comunitarias.
En un contexto de transformaciones sociales y económicas, de retirada del
Estado, de pérdida del lugar del mundo del
trabajo, las grandes mediaciones con anclajes de clase y de carácter
político-partidario son reemplazadas por acciones colectivas de base
territorial o temática. En este sentido, Merklen (2005) analiza la
territorialización de las movilizaciones sociales y el lugar que recobra lo
barrial como espacio de socialización política y como fuente de identificación
de los sectores populares.
Soy comadre y
coordinadora de la zona del barrio X. Este es un puesto para mejorar el trabajo
en el barrio (…) El barrio es nuestra casa (Coordinadora
de Berisso).
Tratamos de cambiar la
realidad del barrio (…) yo no quiero llegar allá arriba yo me conformo con
tener un lugar acá donde pueda trabajar la problemática social del barrio (Manzanera de Berisso).
Hay además, una fuerte identificación con las problemáticas de los barrios.
En este sentido, las mujeres se afirman como las que mejor conocen las vicisitudes
por las que deben atravesar los vecinos puesto que ellas mismas las han
experimentado.
Sé lo que es que mi hijo pase hambre, sé las puertas que tuve que golpear,
entonces es por eso que me gusta tanto la parte social porque yo ya la pasé;
una persona que no pasó hambre, no tuvo que llorar con su hijo porque no tenía
un pedazo de pan para darle esto no te lo entiende; sin embargo yo de chica
pasé hambre, no tener qué ponerme, no tener calzado para ir a la escuela, no
tener una goma, una hoja o un triste papelito así en blanco para llevar a la
escuela, no tuve ¿entendés? porque mi madre se sacrificaba. Como también lo
pasé como madre saber que mi hijo no tuviera un pedazo de pan duro para
desayunar, también la pasé. Sé lo que es ir a la escuela con un cuaderno viejo,
sacarle las hojas usadas y mandarlo con eso; también sé lo que es ir a golpear
a una iglesia, golpear una puerta para pedir pan para darle a mi hijo, lo sé y
por eso entiendo. Si yo toda la vida hubiera tenido de sobra esto no lo
entendería o no me importaría. Saber que vos te levantás a la mañana y decís
ahora qué hago, mi hijo se despierta y cómo le decís a una criatura hoy no hay
para comer, ellos no te entienden (Manzanera).
Siempre trabajo con
las manzaneras en el barrio, no hago política lo mío es ayudar al otro. No me
identifico como política sino más bien como una representante barrial
preocupada por los demás (Comadre).
Las anteriores citas marcan que las trabajadoras vecinales se presentan
como las representantes de la gente del barrio por tener los mismos problemas y
haber pasado las mismas privaciones. Esto último las posiciona, si las pensamos
como mediadoras entre la población y los niveles políticos más altos, como
mucho más cercanas a la población del barrio y tratando, con las dificultades
del contexto, de representar y beneficiar a los propios vecinos.
Acevedo, Rotondi y Aquín (2001) destacan que juntamente con el crecimiento
de la pobreza se percibió una participación creciente de las mujeres en
organizaciones barriales ligadas a la lucha por la defensa y mejoramiento de
sus condiciones de vida. Según las autoras, la importancia de la experiencia
adquirida en el trabajo colectivo e individual, la posibilidad de articulación
con actores diferentes, la adquisición de nuevas capacidades para designar sus
problemas y realizar demandas, son los aprendizajes centrales. La incorporación
de un nuevo modo de nombrar los fenómenos y las cosas, permite otra
representación sobre sí mismas y los otros, y nuevas disposiciones para el
quehacer colectivo. Cuando grupalmente se visualiza la consecución de ciertos
logros que individualmente no se alcanzaban, se instala una fuerte sensación de
aprendizaje y crecimiento.
Hay también otra instancia que se vincula con la interlocución directa con
el Estado para el reclamo de sus derechos y el de los beneficiarios. Por lo
tanto, el “ser manzanera” implica ocupar un lugar en el espacio de mediación
entre el Estado y la gente (Fournier y Soldano, 2001).
En algunos casos la participación de las trabajadoras vecinales implicó una
interpelación a los poderes y autoridades municipales reclamando diversos
bienes y servicios.
Antes del Plan Vida mi
recorrido era alrededor de mi casa y hasta la parada del micro nada más y
cuando empecé con el plan Vida tuve que salir y llegar hasta el fondo de mi
cuadra que yo nunca había ido y te encontrás con realidades que te golpean
fuerte, yo estaba en mi casa y era todo, pero saber que hay tantas necesidades
que te impulsan a ayudar, al principio me desmoronaba, lloraba de ver cómo
vivía la gente, me ayudaron las capacitaciones porque hay que salir a hablar
con las madres, hacer que se acerquen al centro de salud para cambiar la
situación y no quedarte con la lástima, si te cierran la puerta en la nariz
tenés que insistir, no quedarte con la negativa, tratar de revertir la
situación (Manzanera).
Tuvimos que pelear
constantemente, sabíamos que los recursos estaban, que se habían comprado los
alimentos que se tenían que entregar de acuerdo con el programa y no aparecían
y así fueron apareciendo estas instituciones como la mía, que comenzó en la
coyuntura. Veíamos con la médica del barrio que los chiquitos se venían abajo.
Esto comienza porque se cae el programa Vida, mirá lo que te digo. Éramos un
grupo de mujeres manzaneras que nos reunimos para darles una merienda reforzada
a los chicos del Vida o del barrio a los que venían. Claro, entre las mujeres
que nos reuníamos y nos enterábamos qué es lo que les estaba pasando a cada
cual en su manzana y la médica de la unidad sanitaria que nos decía de los
problemas de los chicos, empezamos así en la coyuntura, nunca a mí se me
hubiese ocurrido hacer una cosa de estas porque no era necesario. A este lugar
discutimos lo que vamos realizando (Coordinadora).
Acevedo, Rotondi y Aquín (2001) plantean que la identidad colectiva se
constituye generalmente desde una doble dimensión: identidad sectorial e
identidad genérica. Las mujeres que participan se sienten parte de un colectivo
y a la vez sienten que forman parte no de cualquier sector, sino de un sector
particular: las mujeres pobres. Detrás de esto subyace la aparición de un
fuerte sentimiento de pertenencia acompañado de la creación de identidad,
seguridad y autoestima. La participación en experiencias colectivas, brinda la
potencialidad de operar como espacios de contención afectiva y social -en
términos de clase o sectores de clase- como un lugar en el que referenciarse.
Esta situación se pudo percibir claramente en las entrevistas realizadas
durante el trabajo de campo. Pertenecer a ese colectivo les daba también una
sensación de seguridad reforzada en el hecho del apoyo mutuo que la red se
dispensa no sólo entre sí sino ampliada al resto de la familia. Los testimonios
abundaban en ejemplos de mujeres que habían perdido algún hijo, problemas
familiares, separaciones, etc. todas eran circunstancias en las cuales las
mujeres recurrían a esa contención de sus compañeras.
Esto no implica la ausencia de diferencias de estilos y conflictos entre
ellas, éstos parecen resolverse ‘para adentro’ estipulándose cierta división de
tareas a partir de los distintos temperamentos. Asimismo, el ‘ser manzanera’
involucra una serie de elementos polisémicos y hasta contradictorios (honestas,
realistas, boconas, ejemplificadoras, trabajadoras, quejosas, brujas,
solidarias, justas, peleadoras, esforzadas, intermediarias, entrometidas, pragmáticas, pícaras) cuya
combinatoria resulta de un juego relacional con otros actores (receptores,
otros agentes del espacio de mediación, funcionarios del Plan Vida, políticos
del municipio)” (Fournier y Soldano, 2001: 18).
La interpretación que los actores realizan de la ayuda social, del rol
femenino y de la forma en que luchan contra el contexto de pobreza, se
manifiestan en decenas de actos cotidianos donde se ponen en juego los
aprendizajes y la historia sedimentada.
Reflexiones finales
Los modelos de participación que se despliegan en esferas barriales, como
una red de solidaridades próximas, pueden resultar positivos, no sólo en el
plano de la satisfacción de ciertas demandas y necesidades (alimentos,
vestimenta, etc.), sino también en el de la construcción de identidades
individuales y colectivas. Asimismo, en algunas ocasiones, y a pesar de que los
objetivos explícitos de la política no se orienten a ello, las modalidades de
participación pueden resignificarse y transformarse en acciones colectivas con
mayor capacidad de agregar intereses.
De este modo, las lógicas de acción estatal en el campo de las políticas
sociales se entremezclan juntamente con los intereses de los distintos actores
que participan. Es en este contexto, donde los actores barriales vuelcan su
cultura política aprendida históricamente dando lugar a resignificaciones de la
política social y a nuevas formas de relaciones sociales.
En este sentido, Martínez Nogueira (2004) afirma
que los contenidos de la política son abiertos y están sometidos a
reinterpretaciones múltiples. De esta forma, las decisiones y acciones no
siempre se operacionalizan en correspondencia con lo planificado. “Los
programas más complejos, las políticas más ambiciosas están en manos del
personal de ventanilla, que debe resolver, en cada caso concreto, los defectos
de formulación de la política, la vaguedad de los objetivos y las imprecisiones
y rigideces del diseño de la implantación de acuerdo a sus propias capacidades
y valores y a su comprensión de los fines y metas de la política pública”
(Tamayo Sáez, 1997: 305).
Debemos pensar la política social como un proceso
social complejo en el que intervienen distintos sectores estatales y de la
sociedad y que en su actuar configuran campos de relaciones sociales
(relaciones de poder, que implican relaciones de fuerza en la producción
instrumental y simbólica). Asimismo, en el análisis de la implementación de las
políticas es importante tener en cuenta los condicionantes históricos, las
determinaciones institucionales y el poder fragmentado que operan sobre los
escenarios de acción y sobre los actores cuyos intereses, capacidades y racionalidades
difieren entre sí (Díaz, 1998).
Los casos analizados marcan la resignificación de roles, interviniendo en
ello la historia del barrio, la de los propios actores y el contexto en el que
se desarrolla la política social. El Plan Más Vida genera e institucionaliza
una red de intercambios materiales y simbólicos que se articula con otras redes
ya existentes y pasan a formar parte de las estrategias de reproducción social
que disponen las familias pobres. Como bien marcan Cardarelli y Rosenfeld
(1998) el poder es otorgado a líderes locales, mujeres promotoras o
asociaciones a las que se les transfieren recursos y se les asignan papeles en
el esquema de reparto. En el trabajo de campo se ha observado que estas
atribuciones legitiman y brindan a grupos y personas (manzaneras,
coordinadoras, etc.) identidad social, autoestima y una sensación de
pertenencia a un sistema de reconocimiento social más amplio y a una red de
lealtades.
Como cierre es interesante remarcar además, que si bien las actividades que
desarrollan las mujeres responden al “rol tradicional femenino” según las
categorías de género vigentes, la participación en el Plan ha contribuido a que
las mujeres asuman una postura crítica ante sus condiciones de vida, rompiendo
su posición dentro del hogar y la docilidad históricamente asociada a la condición
femenina. La participación rompió con la rutina del cotidiano femenino, en la
medida que liberó a las mujeres de una vida ligada a las cuestiones domésticas.
El papel de las manzaneras y comadres tiene límites impuestos por los roles
tradicionales, pero pone en marcha un proceso de transformación de su
subjetividad y de incorporación de nuevas formas de accionar.
Para muchos de estos mediadores las actividades que realizan forman parte
de “una forma de vida”, de una “visión del mundo y de su lugar en él”, “de un
proyecto político ideológico” que vienen construyendo a lo largo de sus
trayectorias biográficas, no reductibles a la racionalidad instrumental de
agentes maximizadores.
Notas
(1) El presente artículo es una adaptación de un capítulo de la tesis de
Maestría en Ciencia Política de
(2) Esta misma
visión se refleja en los discursos de los funcionarios y documentos oficiales.
No obstante, el caso más paradigmático consiste en la poesía
(3) La autora define el fortalecimiento desde la perspectiva comunitaria
como “el proceso mediante el cual los miembros de una comunidad (individuos
interesados y grupos organizados) desarrollan conjuntamente capacidades y
recursos para controlar su situación de vida, actuando de manera comprometida,
consiente y crítica, para lograr la transformación del entorno según sus
necesidades y aspiraciones, transformándose al mismo tiempo a sí mismos”
(Montero, 2003: 72)
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