NOTAS PARA PENSAR UNA
RELACIÓN ENTRE SUJETO
Y NARRATIVIDAD.
ANÁLISIS DESDE EL CUENTO DEL CUENTO
DE ARTURO ROIG
Universidad
Nacional de Cuyo (Argentina)
Resumen
El presente trabajo se propone mostrar un vínculo posible
entre narratividad y subjetividad. Problematizaremos la relación entre el
conocimiento y la narrativa a partir de la distinción “realidad-objetividad”
desde el trabajo del filósofo mendocino Arturo Roig, El cuento del cuento, y luego esbozaremos una pedagogía que tome en
cuenta esta distinción, y la de una infancia no estereotipada.
Cuando en general se habla de narrativa, suele ésta ser
acotada al ámbito de la literatura culta, a la escritura de ciertos géneros
como novelas y cuentos. Intentaremos ampliar esta noción, vinculándola a los
procesos de subjetivación a través de los cuales nos constituimos en quienes
somos. Desde este punto de vista, la narrativa no está desprovista de elementos
ideológicos, por tanto, los discursos están enmarcados siempre, además de su
contexto espacio-temporal, a un determinado pensamiento que anima determinadas
prácticas sociales. En este sentido, podemos decir que somos lo que, desde los
discursos dominantes, se hace de nosotros, y aquí el lenguaje nos condiciona a
determinados estereotipos. Frente a esto, referiremos también al lenguaje una función liberadora,
en tanto permite poner en cuestión los discursos dominantes.
Palabras clave: narratividad - subjetividad - lenguaje - objetividad - realidad
- cuento
El presente trabajo
se propone mostrar un vínculo posible entre narratividad y subjetividad.
Problematizaremos la relación entre el conocimiento y la narrativa a partir de
la distinción “realidad-objetividad” desde el trabajo del filósofo mendocino
Arturo Roig, El cuento del cuento, y
luego esbozaremos una pedagogía que tome en cuenta esta distinción, y la de una
infancia no estereotipada.
Cuando en general
se habla de narrativa, suele ésta ser acotada al ámbito de la literatura culta,
a la escritura de ciertos géneros como novelas y cuentos. Intentaremos ampliar
esta noción, vinculándola a los procesos de subjetivación a través de los
cuales nos constituimos en quienes somos. Desde este punto de vista, la
narrativa no está desprovista de elementos ideológicos, por tanto, los
discursos están enmarcados siempre, además de su contexto espacio-temporal, a
un determinado pensamiento que anima determinadas prácticas sociales. En este
sentido, podemos decir que somos lo que, desde los discursos dominantes, se
hace de nosotros, y aquí el lenguaje nos condiciona a determinados
estereotipos. Frente a esto, referiremos
también al lenguaje una función liberadora, en tanto permite poner en
cuestión los discursos dominantes.
Arturo Andrés Roig,
en su libro Narrativa y Cotidianidad,
destaca al erudito ruso Vladimir Propp (1) y sus intentos por ampliar esta
noción de narrativa. Roig quiere mostrar cómo el lenguaje es mediación y, en
todo caso, es siempre una construcción de la realidad. Para eso, pone de
manifiesto la labor de Propp de generar instrumentos metodológicos del discurso
que se ocupen de expresiones que deben ser analizadas más allá de su estructura
y pertenencia a un género literario. Se trata de un intento por superar el
formalismo y extender la noción de “narrativa”, dándole una significación más
amplia, referida por ejemplo también a los discursos políticos y
filosófico-políticos.
A partir de aquí
podemos decir que hay un cuestionamiento respecto de la vinculación de los
saberes a una verdad a priori y
universal. El análisis de los discursos, desde un punto de vista meramente
formal, y desprovistos de una hermenéutica que se ocupe de rastrear los
supuestos filosóficos, políticos y éticos del mismo, postula encubiertamente
una adhesión a una verdad absoluta, y una relación de correspondencia entre el
discurso y la realidad. Esta crítica nos lleva a pensar la narrativa no sólo
desde el punto de vista lingüístico, sino antropológico, como un hecho que da
cuenta de las identidades culturales en diferentes tradiciones y de una otra
concepción del sujeto, no ya de aquel sujeto dado previamente, sino de aquel
que se constituye a partir de la narratividad, esto es, del universo discursivo
en el que está inmerso. Para decirlo de otro modo, se trata de un interés por
el quién es el que dice, y no meramente por “lo que” se dice, lo cual escinde el
discurso del sujeto que lo pronuncia.
Por universo
discursivo Roig entiende:
“la
totalidad actual o posible de los discursos correspondientes a un determinado
grupo humano en una época dada (sincrónicamente) o a lo largo de un cierto
período (diacrónicamente) y sobre cuya base se establece, para esa misma
comunidad, el complejo mundo de la intercomunicación” (2).
De acuerdo con
esto, el lenguaje nos permite configurar una realidad que está ligada a su
contexto y a su tiempo, pero también realiza la configuración de la propia
subjetividad, esto es, que por la palabra y a través de ella nos constituimos
en quienes somos, pero también con relación al “otro”, con quien establecemos
una comunicación, así somos seres en relación por la palabra.
Para precisar lo
que estamos diciendo, nos referiremos a la conferencia Cuento del cuento, expuesta por Roig en CRICYT (Centro Regional de
Investigaciones Científicas y Tecnológicas – CONICET), en 1995. En ella, Roig
quiere determinar la naturaleza y función de la narrativa a partir de la
distinción entre “realidad” y “objetividad”.
Por “realidad” hace
mención de aquello que “nos excede en todo momento”, que, desde un punto de
vista cognoscitivo puede tenerse tan sólo una aproximación, pues la realidad es
siempre lo desconocido, algo “que siempre se nos escapa”. Sin embargo, suele
crearse la ilusión de haberla captado en su totalidad, cuando lo que tenemos de
ella no es más que una construcción. A esto denomina Roig “objetividad”.
Mientras la realidad es lo dado, “el mundo”, la objetividad es un constructo que para
nosotros vale en cuanto realidad. La objetividad
intenta reproducir la realidad, ser
espejo, por eso se corre el riesgo de “naturalizarla”, de no percibir que se
trata de una construcción, de crear la ilusión de que aquello que construimos
es “la” realidad.
Esta construcción
de la realidad, podríamos decir, lo
que el mundo es para nosotros, la
construcción del conocimiento de todas las cosas, es posible mediante el
lenguaje. El lenguaje no es otra cosa que un puente, una mediación entre
nosotros y el mundo, que nos permite objetivarlo para organizar nuestro
conocimiento.
Dice en esta
conferencia Roig “Para nosotros existe la realidad en cuanto mediada por el
lenguaje, la realidad no es pues la
realidad, sino nuestra realidad,
o si ustedes prefieren, nuestra aproximación a la realidad…”.
¿Qué es lo que
quiere decir que la realidad está mediada por el lenguaje y que el lenguaje es
mediación? Pues que tenemos una realidad
en la medida en que podemos nombrarla, que las palabras son puentes entre
nosotros y la realidad, que sólo por el lenguaje se nos abre el mundo, podemos
comprenderlo, darle sentido a lo que nos pasa, historizarnos a nosotros mismos.
A partir de esta
problematización de la objetividad del saber, que ya no puede ser planteada sin
tener en cuenta el lenguaje como mediación, el discurso y el sujeto no son
cuestiones separadas, escindidas. Desde esta posición acerca de la narrativa y
el lenguaje, se tiene en cuenta al sujeto que produce los discursos en su
carácter histórico y situado. Así el discurso es el discurso de alguien. De esta manera, la “teoría
crítica de las ideologías” se constituye, dentro de la “teoría general del
discurso”, en poseedora de nuevas herramientas de investigación: el discurso
deja de ser analizado mecanicistamente de modo simple desde el punto de vista
formal, y se vuelca hacia un análisis hermenéutico que lo contextualiza, dentro
de un marco de valores y tradiciones, desentrañando sentidos. El discurso deja
de ser “puro” para dar lugar a su contenido ideológico.
Dice Roig:
“La
función de mediación del lenguaje alcanzaba de este modo una clarificación a la
vez que su naturaleza idioléctrica comenzaba a ser entendida en relación con
las diversas formas de la conciencia social, por lo mismo que el sujeto del discurso, en cuanto emisor
y receptor de un mensaje, no podía ser entendido ya como extraño a un sistema
de códigos y dejaba de ser un sujeto individual, pretendido creador absoluto.
Se había relativizado, pues, la noción de sujeto, mas al tiempo aparecía
revalorada la relación histórica, concreta, que hay siempre entre un discurso y
el sujeto que lo enuncia, relación que se había borrado en el análisis
tradicional de los textos” (3).
El sujeto entonces
aparece aquí en intimidad con el discurso. Se constituye a partir de la
narratividad. En el Cuento del cuento Roig
dice “somos puro cuento”, con lo cual está diciendo, no sólo que el lenguaje
nos permite darnos una realidad posible, ser un puente entre nosotros y el
mundo, y entre nosotros y los otros; sino que por el lenguaje nos constituimos
en lo que somos, nos transformamos en lo que vamos siendo. Somos nuestras
palabras y las palabras que dijeron y dicen nuestra realidad. Somos el cuento
que contamos, y en este sentido, cada vez que otorgamos sentido a nuestras
experiencias, vamos modificando nuestra propia historia, vamos contando nuestro
propio cuento.
Habíamos mencionado
más arriba la tendencia a naturalizar nuestra realidad como “la realidad”. De la misma manera sucede en la
relación entre los seres humanos a partir de lo que el lenguaje fija en esas relaciones. También
construimos con el lenguaje una realidad respecto de los otros que luego
pretendemos hacerles coincidir, se trata de estereotipos fijados desde
prácticas discursivas dominantes, desde las cuales se justifican relaciones
injustas y arbitrarias, naturalizando roles, jerarquías ontológicas, y la
instrumentalización de las relaciones, aquello que Kant denunciaría como
considerar a los otros como medios y no como fines; y a partir de los cuales se
reduce la diferencia. Como ha sucedido con la infancia.
Solemos reducir la
infancia a una edad cronológica, desde un punto de vista evolutivo, y
cargándola valorativamente desde la negatividad. Se la recluye a los confines
de lo informe y de lo absolutamente posible, de la ignorancia, de la debilidad,
de la impotencia. El niño es “el que no sabe, el que no puede, el que no tiene
aún forma”. Los adultos y la pedagogía se encargarán de darle esa forma que
“deben tener”. Se justifican por estas razones formas de dominación y sujeción
a la “superioridad” adulta. ¿No será que queremos ver en los niños lo que
creemos que los niños son? ¿No nos daremos cuenta que los discursos pedagógicos
que sitúan la infancia en este terreno son puros cuentos?
En relación a cómo
construimos la imagen de la infancia, Roig, dice:
“Pero ocupémonos, ya para concluir, del
niño y de los cuentos que les cuentan a los niños. ¿Vamos a continuar
aherrojando al niño –así como se hizo con la mujer y su feminidad– dentro de
una ‘subcultura infantil’ controlada y dirigida en función de una sociedad que
les niega el acceso a lo humano? La ‘sub-cultura infantil’ ¿no está acaso en
manos de un mundo en que todo lleva la mancha de la mercancía? ¿Los cuentos,
las leyendas y las tradiciones, serán reformulados desde la construcción de la
objetividad social en la que rige determinada
moralidad destinada a frenar formas de emergencia social?” (4).
Cabe aquí la pregunta: ¿en qué
medida el lenguaje puede ser liberador de los estereotipos? ¿De qué modo los
cuentos que contamos pueden contar algo nuevo, es decir, algo que no sea la repetición
de una imagen acabada de quienes somos? ¿Qué lenguaje es aquél que nos permite
“decirnos” expresando nuestra singularidad? Valorar y pensar cómo nos determina
el lenguaje en nuestra relación con el mundo y con los otros quizás nos
posicione de otra forma en el momento en que otorgamos sentido y proferimos
palabras a los otros. A partir de estas relaciones se abren diversas
posibilidades de pensar pedagogías menos totalitarias, y relaciones libres
entre maestros y alumnos. Para dar lugar a la diferencia propia de cada niño,
sin pretender reducirlo a “la sabiduría de los contenidos mínimos”. Contemos
nuevos cuentos.
Con este trabajo hemos querido
llamar la atención sobre la necesidad de pensar cómo nos relacionamos al
lenguaje, atendiendo al vínculo entre subjetividad y narratividad para tener
como horizonte una relación otra con el lenguaje y con la infancia. Para
terminar y con palabras de nuestro filósofo:
“Somos seres mediados
y en tal sentido somos ‘puro cuento’, pura mediación. En unos casos para
justificar las relaciones de superioridad, de poder y hasta de explotación; en
otros, para levantarnos desde el cuento y mediante el poder del cuento, en
actitudes de emergencia y de liberación.” (5).
Notas
1- Rusia, 1895-1970,
se dedicó al análisis de los componentes básicos de los cuentos populares rusos
para identificar sus elementos narrativos irreducibles más simples.
2- ROIG,
Arturo. Narrativa y cotidianidad. La obra de Vladimir Propp a la luz de un
cuento ecuatoriano. Quito, Belén, 1984,
p. 5.
3- ROIG,
Arturo. Narrativa y cotidianidad. La obra de Vladimir Propp a la luz de un
cuento ecuatoriano. Quito, Belén, 1984,
p. 11.
4- ROIG, Arturo. “El cuento del cuento”. Conferencia en
CRICYT (Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas –
CONICET), 1995.
5- Ibídem.
Bibliografía
ROIG, Arturo. Narrativa y cotidianidad. La obra de Vladimir Propp a la luz de un
cuento ecuatoriano. Quito, Belén, 1984.
ROIG, Arturo. “El cuento del cuento”. Conferencia en
CRICYT (Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas –
CONICET), 1995.