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Jóvenes
Cada
vez más evidente y compleja se nos hace la trama
de la juventud en la cultura. Una situación que,
en el caso de la ciudad de La Plata, conjuga la vida universitaria
con el dramatismo de la pobreza y la miseria. Un mapa sin
referencias demasiado fijas, donde la juventud carga con
los lastres de una estructura tremendamente injusta y con
los rastros de otras identificaciones, como lo son las se-xuales,
las de género, las religiosas, las mediáticas,
las del mercado, las políticas... Pero reducir la
trama de las culturas juveniles a aquellas descripciones
etnográficas que suelen celebrar sus prácticas
y sus oposiciones, puede resultar una peligrosa trampa para
los estudios culturales de comunicación.
El problema no debe reducirse a determinar (entusiasta e
ingenuamente) los espacios y los procesos de comunicación
que constituyen la juventud: las novedosas formas de socialidad,
los lazos creados en la esquina o en la calle, las configuraciones
mediáticas y tecnológicas de las prácticas,
las sensibilidades que las atraviesan, los códigos
y las modalidades de presentación, o de irrupción,
en los espacios públicos. Desde una perspectiva de
los estudios culturales críticos, se trata, acaso,
de pesar/pensar en qué medida los jóvenes
están siendo “leídos” y “hablados”
por lenguajes hegemónicos y están siendo “escritas”
sus experiencias por nuevas formas de la moral dominante.
Lo que implica interrogarnos, como contracara de la fascinación,
por el carácter político de las culturas juveniles.
Vale recordarlo: la palabra “juventud” tiene
como raíz jus, término del cual también
proviene “justicia”. La juventud, como la justicia,
es algo que irrumpe en el juego normal y regular de la vida
social. Más que una “etapa” o una “edad”
de la vida, es lo que imprime la vital imprevisibilidad
que hace que la vida pueda ser vivida, superando las condiciones
que limitan y atentan contra las formas de la vida humana.
La juventud encarna, acaso, un movimiento de ruptura de
lo invisibilizado, de lo que no se quiere ver; y en ese
sentido, un movimiento que irrumpe como condición
de lo político.
Tal vez la politicidad de la juventud no tenga tanto que
ver, sin embargo, con lo novedoso y original, o con lo meramente
alternativo y lo transgresor, como si fuera posible, en
una formación hegemónica, “leer y escribir”
la experiencia, la vida y el mundo desde supuestas (e idealistas)
plataformas extralingüísticas. No es posible
imaginar, sino sólo en el orden ideal, una comunidad
transparente de comunicación o una producción
totalmente autónoma de los sujetos. Conviene evocar
que, lamentablemente para las posiciones celebratorias de
lo alternativo, el sujeto se constituye por medio de un
reconocimiento falso; que el traumatismo constitutivo del
antagonismo social es imposible de integrar y disolver.
La juventud nunca es el ejemplo de lo original, carente
de historicidad y de memoria. En las prácticas y
representaciones la comunidad es hablada; pero, a la vez,
la comunidad habla en las culturas juveniles. La cultura
juvenal no está aislada: es una experiencia dialógica
pero conflictiva, con referencias sociales e históricas
ante los cuales, incesantemente, la juventud quiere irrumpir.
Las tramas de las culturas juveniles cargan los rastros
de memorias acalladas y resignifica memorias de luchas y
proyectos. Pero las culturas juveniles también articulan
las memorias instaladas a la fuerza por la perversa trampa
del mercado y sus dispositivos de saqueo y por la máquina
de fascinación neoliberal. Allí la memoria
se hace marca en los cuerpos: las modalidades del ajuste
estructural están determinando formas dominadas de
las culturas juveniles, modos atravesados por la injusticia
y el desempleo. En ellas, los jóvenes devienen sólo
un objeto de “pánico moral” para los
imperativos hegemónicos.
El desafío, como en otros campos de los estudios
culturales de comunicación, consiste en reconectar
el gran orden económico-cultural de producción
hegemónica con la producción y construcción
de significados de los sujetos. De manera de poder no sólo
apreciar, sino alentar la salida del conformismo y la construcción
(incesantemente imprevisible) de prácticas y proyectos
de transformación y de resistencia.