La generación olímpica a la que boicoteó la dictadura

La generación olímpica a la que boicoteó la dictadura

Por CéSaR ToRReS

La Argentina de la última dictadura militar adhirió al boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 liderado por los Estados Unidos. Fue la única vez que el país faltó a los Juegos Olímpicos desde la creación del Comité Olímpico Argentino (COA) en 1923.

Los deportistas argentinos que se habían clasificado para competir en Moscú no fueron consultados sobre el boicot y vieron sus esfuerzos olímpicos desvanecerse en el fragor de la Guerra Fría. Quizá aún más penoso es que dichos esfuerzos no hayan sido reconocidos adecuadamente y que se los haya mayormente confinados al olvido, inclusive desde el retorno de la democracia en 1983. Los Juegos Olímpicos de Londres presentan otra oportunidad para recordar a la generación olímpica argentina del 80.

Apostando a que no afectaría ni la relación con los Estados Unidos ni los Juegos Olímpicos del año siguiente, la Unión Soviética invadió Afganistán la noche del 24 de diciembre de 1979. Jimmy Carter, el presidente estadounidense, pensando en su reelección como así también en componer su diezmado capital político, concibió un boicot a los Juegos como represalia a la negativa soviética de retirarse de Afganistán. El 4 de enero de 1980 Carter les habló a sus conciudadanos desde la Casa Blanca y sugirió la posibilidad del boicot. Dieciséis días después ultimó infructuosamente a la dirigencia soviética. El 21 de enero la Cámara de Representantes aprobó la propuesta de boicot, pocos días más tarde fue el turno del Senado. En febrero, Carter solicitó al Comité Olímpico Internacional (COI) que trasladase la sede de los Juegos o, si eso era impracticable, que directamente los cancelase. El COI se opuso. A fines de marzo, Carter reunió a un grupo de deportistas en la Casa Blanca para convencerlos de que dejaran de oponerse al boicot, pero tampoco tuvo éxito. Entonces, concentró su presión sobre el Comité Olímpico Estadounidense (COE). El 12 de abril sus miembros votaron boicotear los Juegos de Moscú citando razones de seguridad nacional.

Para entonces, Carter ya había emprendido una campaña internacional pro boicot que tendría resultados dispares. En muchos países, los Comités Olímpicos Nacionales prefirieron contradecir a sus gobiernos y enviar delegaciones a Moscú, como en los casos de Francia, España, Inglaterra e Italia. En América Latina, el boicot también fue rechazado en Brasil, Colombia, Ecuador, México y Venezuela, entre otros países. No obstante, más de sesenta países decidieron no enviar delegaciones a Moscú, entre ellos Argentina.

El COA encaró la participación en los Juegos con suficiente antelación. Desde noviembre de 1979 la Comisión Técnica Deportiva creada a tal efecto se abocó a la conformación de la delegación nacional. En respuesta a requerimientos periodísticos, el 25 de enero, un mes después de la invasión soviética a Afganistán, el COA convocó a una conferencia de prensa. En ella anunció que compartía las declaraciones públicas de los presidentes del COI y del COE, quienes “se oponen al boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, y a la interferencia de la política en el desarrollo del deporte internacional”. Asimismo, el COA consideró que “Una generación de deportistas que hace años se está preparando con grandes sacrificios para participar en los Juegos Olímpicos de Moscú, se puede ver defraudada por motivos totalmente ajenos al quehacer deportivo”. La simpatía por los deportistas era limitada ya que el COA advirtió que “por sobre el interés deportivo, prevalecerá el interés nacional”. En pocas palabras, el sacrificio de los deportistas era prescindible en nombre de un interés nacional indeterminado.

En los meses que siguieron a la conferencia de prensa, el fútbol y el básquetbol se clasificaron para los Juegos en torneos realizados en Colombia y en Puerto Rico en febrero y en abril respectivamente. El caso del básquetbol era especialmente significativo, ya que representaba la primera clasificación olímpica en 28 años. Otros deportistas nacionales se entrenaban ya sea para clasificar o para competir en Moscú. Por ejemplo, a fines de abril, el decatleta Tito Steiner declaró que “no todo está definido. Hay periodistas, atletas y dirigentes que quieren que vayamos a los Juegos, pero creo que el tema se discute a un nivel superior”. Para la misma fecha, el basquetbolista Carlos Romano afirmó entusiasmado después de la clasificación: “Ahora necesitamos más apoyo y más trabajo.”

Parafraseando a Steiner, todo se definió menos de dos semanas más tarde. El 8 de mayo el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto anunció en un comunicado que el gobierno argentino “decidió no participar en los Juegos”. Empero, pocas horas después del anuncio, aclaró que “el Gobierno Nacional resolvió recomendar la no concurrencia de los atletas argentinos a los Juegos Olímpicos de verano en Moscú”. La dictadura militar tenía como objetivo evitar que la presencia de los deportistas argentinos en los Juegos “sea interpretada como una demostración de apoyo político a la intervención soviética en Afganistán”. Era claro que las autoridades olímpicas argentinas debían considerar seriamente dicho objetivo. El anuncio se produjo pocos días después de que José Alfredo Martínez de Hoz, Ministro de Economía de la dictadura militar, se reuniera en Washington con Lloyd Cutler, quien supervisaba la campaña pro boicot estadounidense. Inclusive el mismo día del anuncio, la Casa Blanca manifestó “profunda satisfacción” por la decisión argentina. Si bien el COA aún no había tomado ninguna resolución al respecto, el 16 de mayo la Casa Blanca informó que éste se había sumado al boicot. Tres días antes, El Gráfico había juzgado la “determinación” de la dictadura militar como “correcta” y se había adherido a la misma “fervientemente”. Es más, para esta revista los “deportistas argentinos deberán entender que la decisión oficial –evaluada y meditada con profundidad– obedece a intereses superiores que nos ponen del lado al que pertenecemos, del lado de un mundo libre, occidental y cristiano”. La retórica de la Guerra Fría no podría haber sido más inequívoca. El 21 de mayo, el COA, “considerando atendible dicha recomendación debidamente fundada en el interés nacional”, resolvió formalmente no participar en los Juegos. Obviamente, dicha decisión ya había sido tomada por la dictadura militar.

El COA, que había preparado una lista con la potencial delegación olímpica a los Juegos con cuatro categorías, “Seguros”, “Probables”, “Menos Probables” e “Improbables”, resolvió entregar una medalla y un diploma recordatorios a los deportistas incluidos en las dos primeras categorías. A pesar de ello, sólo las medallas fueron confeccionadas, “las que por intermedio de los Presidentes de Federaciones Nacionales y Consejeros de este Comité Olímpico Nacional, fueron entregadas a los deportistas seleccionados y calificados como Seguros y Probables.” Lamentablemente, en sus documentos, el COA no específica los detalles de dicha entrega.

El nadador Alejandro Lecot y el esgrimista Fernando Lupiz recuerdan haber recibido la medalla. Sin embargo, los basquetbolistas Carlos Raffaelli, Eduardo Cadillac y Miguel Cortijo afirman no haberla recibido. Por alguna inexplicada razón, algunos de los deportistas argentinos clasificados a los Juegos no fueron reconocidos por sus logros tal como había resuelto el COA. La falta de información en la prensa sobre la entrega de las medallas y la omisión de la que fueron objeto, por los menos, los basquetbolistas, indica que la cuestión no suscitó mayor atención. Por el contrario, la fallida delegación olímpica estadounidense fue homenajeada en julio de 1980 con una serie de festejos organizados por el COE que duraron cuatro días. El punto culminante fue la entrega de una medalla de oro que el Congreso estadounidense autorizó acuñar. Carter estuvo presente en la ceremonia, realizada en el Capitolio; a posteriori los deportistas fueron invitados a una cena en la Casa Blanca. Nada de esto mitigó sustancialmente la decepción, e incluso resentimiento, de los deportistas, pero tanto Carter como el COE asumieron la decisión que habían tomado frente a ellos.

Como es sabido el boicot no surtió ningún efecto político: la Unión Soviética recién se retiró de Afganistán en febrero de 1989. Mientras Argentina se sumaba al mismo, la dictadura militar exportaba grandes cantidades de granos a la Unión Soviética, en oposición al embargo internacional a la exportación de granos promovido por Carter desde enero de 1980. Asimismo, el COA informó que entre octubre de 1980 y marzo de 1981 dos entrenadores de atletismo argentinos fueron becados para participar de un curso de perfeccionamiento en Moscú. Obviamente, estas actividades no fueron interpretadas como una demostración de apoyo a la intervención soviética en Afganistán. Los deportistas argentinos fueron sacrificados para demostrar lealtad a los Estados Unidos. Para Cadillac, el boicot argentino fue “una desazón que quedó como una espina en nuestras vidas deportivas”. Gustavo Aguirre, otro integrante del equipo de basquetbol, dijo: “No podía creer cuando los militares decidieron boicotear los Juegos.” Antes de que Argentina se plegara al boicot, Steiner aseveró que de tener la oportunidad de producir un milagro elegiría “que se hagan los Juegos Olímpicos sin ningún tipo de problema político o racial”.

En Argentina, los olímpicos de 1980 fueron rápidamente olvidados. Inclusive en democracia no recibieron un reconocimiento adecuado por su clasificación a los Juegos y por la frustración que representó el boicot. En un país que sigue trabajosamente recuperando su memoria reciente esta circunstancia es llamativa. Si bien fue formalmente el COA el que decidió boicotear los Juegos, fue la presión de la dictadura militar la base de la interrupción de la participación olímpica argentina. Entonces, quizá le corresponda no sólo al COA y a las Federaciones Deportivas Nacionales sino también al Estado argentino conmemorar a la generación olímpica del 80 por sus logros y por la privación deportiva a la que fue sometida. Además de servir como ejercicio de reparación histórica, el recordatorio podría servir como un puente entre el pasado y el presente que genere un diálogo profundo acerca de la realidad deportiva nacional.

* Doctor en filosofía e historia del deporte. Docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport).

Publicado en http://www.11wsports.com - 19 de Julio de 2012